GP de Austria

Verstappen y Leclerc, el duelo que necesita (pero no merece) la Fórmula 1

Charles Leclerc mira a Max Verstappen tras la carrera en Austria./EP
Charles Leclerc mira a Max Verstappen tras la carrera en Austria. / EP

La carrera del Red Bull Ring fue la última en la que estos dos pilotos, rivales desde siempre, se batieron el cobre en la pista

DAVID SÁNCHEZ DE CASTROMadrid

La Fórmula 1 no pasa por muchos días para presumir. El campeonato se ha convertido en el cortijo particular de Mercedes, algo que por otro lado no es más que la certificación de que han sido los mejores en entender cómo sacar el mayor rendimiento a la actual normativa. Pero el problema de base no es que haya un equipo claramente dominador, o no al menos el único fallo. La falta de emoción de muchos Grandes Premios tiene su raíz en el excesivo protagonismo de los neumáticos, cuyo comportamiento hace subir o bajar la adrenalina de los espectadores. A Pirellis más estables, carreras menos movidas y viceversa: cuanto más fallen, más salseo en pista.

Quizá por eso, la duelo que determinó el resultado final del GP de Austria fue la medicina que necesitaba el campeonato a estas alturas de campaña. Max Verstappen, desde que entró en el 'gran circo', es el ingrediente que convierte una anodina salsa de tomate en un tabasco sólo apto para paladares dispuestos a soportarlo. Agresivo, prepotente, malhablado y muy seguro de sus capacidades, rara es la carrera en la que no pone al servicio del espectáculo todo su innegable talento al volante.

Como todo héroe (o villano), necesitaba su némesis. Verstappen requería un rival a su altura y, sobre todo, de su generación. Desde siempre ha habido un nombre que le ha perseguido en todos los circuitos que ha pisado. Charles Leclerc se encaminó hacia lo más alto del automovilismo por el camino de Ferrari, y no como un diamante fichado por Red Bull en una subasta. Talento innato desde muy pequeño, su agresividad no va a la zaga de la del neerlandés, como llevan comprobando mutuamente desde tiempos del karting. Las redes sociales sacaron a relucir este domingo un viejo duelo de ambos cuando apenas levantaban metro y medio del suelo en el que el derrotado de Austria había sido el verdugo del vencedor. «Me ha echado de pista, no tenía hueco», es la frase que entonaba un cariacontecido Verstappen de apenas doce años. Irónico.

Leclerc es un reflejo de Verstappen y viceversa. El Cristiano de Messi, el Thanos de Iron Man o el Larry Bird de Magic Johnson. No se puede entender la carrera deportiva de uno sin compararla con el otro. Pero si el neerlandés es un toro al que se ve venir desde que sale del burladero, el monegasco es más parecido a un insecto o un pequeño reptil que pica antes de que haya tiempo de reacción. Leclerc es una lagartijilla, una culebrilla o un perenquén chiquitito que ya ha inoculado su veneno a un Vettel noqueado por el recién llegado a Maranello.

«Déjenles correr»

La Fórmula 1 debe estar a la altura de sus pilotos, y eso es algo que se pide tanto dentro como fuera del 'paddock'. Cuando se anunció la investigación de ese polémico adelantamiento con el que Verstappen se hizo con su sexta victoria en F1, todo el mundo se posicionó de un lado o de otro. Muchos pedían la sanción inmediata al de Red Bull, mientras otros tantos decían que así son las carreras y que si Leclerc no podía aguantar el primer puesto, no merecía ganar.

En lo que todo el mundo estaba de acuerdo fue en criticar la investigación en sí. Todos los pilotos, incluidos los que son víctimas de acciones potencialmente peligrosas, saben que un día pueden ser echados del asfalto y a la carrera siguiente ser ellos los que empujan. Vettel lo analizaba desde ambos puntos de vista: «No puede ser que decidan unos señores que están viendo una televisión. Deberían dejárselo a los pilotos». Posiblemente lleve razón, y eso que a él le castigaron en Canadá por un incidente con ciertas similitudes.

Marcus Ericsson, expiloto de F1 actualmente en la IndyCar, se mojaba con la acción. El sueco analizaba el toque de Verstappen con Leclerc como un incidente de carrera, del que ambos salieron indemnes y que, sobre todo, hizo rugir a la grada del Red Bull Ring como nunca antes este año. «Déjenles correr», finalizaba el piloto, contundente. Damon Hill, campeón del mundo en 1996, Karun Chandhok, Pedro de la Rosa… Todos ellos pidieron de manera pública manga ancha a los jueces, entre los que estaba toda una institución del automovilismo como Tom Kristensen, nueve veces ganador de las 24 horas de Le Mans.

La FIA y la F1 tienen que buscar el equilibrio entre garantizar la seguridad de los pilotos y propiciar la lucha en pista. No es sencillo, especialmente en acciones con tantos matices como la de Verstappen y Leclerc o la de Vettel y Hamilton unas semanas antes. Pero si quieren sobrevivir como deporte de masas, la solución está clara: más últimas vueltas del GP de Austria y menos horas de interminable VAR de los comisarios.

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