SE FUE JUANCHO VIOLA

SE FUE JUANCHO VIOLA

SALVADOR CALVO MUÑOZ Escritor y cazador

Servidor tuvo un hermano mayor hijo de mis padres, y tuvo otro hermano mayor, que no era hijo de mis padres: Juancho Viola. Hace la friolera de cuarenta y dos años, sus hijos Mané, Enrique o Luis, que eran alumnos míos, me pusieron en contacto con su padre, que también era cazador. Hasta antes de ayer, como el que dice, que me envió un guasap diciéndome «Salva, ando algo malato». Fui esta mañana a verlo al Hospital, pero nada. Luego el móvil sonó: «Juancho ha muerto».

Una película de imágenes aceleradas se proyectó en el cine ese que hay en no sé qué rincón de la memoria.Primer Congreso Internacional de la Caza en Cáceres. Allá andaba él dirigiendo y nosotros, Plácido Clarita, Manolo Villalón, MªTeresa Maestre, etc, de acá para allá. Fuimos de caza a 'La Escobosa' varias veces, perdices como misiles, liebres, venados y cochinos, y chuletillas de cordero que asaba Antonio Barra.

A él lo que le molaba era tirar algún patito, ahí en las charcas arenales de 'El Majón'. Y luego el perdigón. Cuando las piernas empezaron a flojear se tornó cuquillero de postín. Tenía diez o doce pájaros y en febrero al aguardo, por esos andurriales de 'Papancho'. Más de dos veces me senté a su lado en el aguardo a ver qué tal salía el pájaro aquella tarde.

Hace cientos de años me dijo una noche: «Mañana a Helechosa de los Montes. Te recojo a las 6». Y por allí, donde Cristo dio las tres voces, nos dieron un puesto de montería. Iba con nosotros 'Doña Rita', la primera teckel que le conocí. «Tira tú», me dijo, y con su exprés paralelo le arreé un plomazo a un cochinato que asomó la jeta. Fue el primero de mi vida.

La caza, la caza. Para nosotros, Juancho, la caza ha sido la vida. Pero bien sabías tú que la caza era un pretexto, ineludible por cierto, pero pretexto: Lo que siempre nos ha fascinado es el monte. Una tortilla de espárragos trigueros o un arroz con liebre, pero el monte.

Ambos de pueblo, él más que yo; porque él era del campo, de una finca que hay/había en la raya de Portugal, 'Monte Oscuro', del término de Alburquerque. Allí pasó la infancia, entre ganados, perros, gentes de labor, lobos, el alcabor de la lumbre o las migas maternas. «Tú y yo sabemos lo que pasa, Salva» me decía. Se refería a esa urdimbre misteriosa que tiene Madre Naturaleza y a la que apenas rozamos con los dedos, cuando andamos por ahí con la escopeta al hombro.

Fuimos a mil reuniones con el mundo de la caza y cuando una vez los ecolatristas me quisieron empapelar, dijo Juancho «¡Alto ahí!», y se acabó el carbón. Cómo olvidarlo. Cada vez que camine entre los templos y palacios de la Parte Antigua, irá Juancho a mi lado para mirar con melancolía las estribaciones lejanas de la Sierra o el pálpito de los llanos de Cáceres.

¿Y los libros? Lo que aprendí de libros de caza había pasado por su tamiz. Él me presentó a Alfonso Onceno, a Juan Mateos, a don Juan Manuel de Arellano y a don Antonio Covarsí, por mentar a algunos. Y lo curioso es que él con quien se deleitaba era con las fantásticas narraciones gallegas de Álvaro Cunqueiro, amén, claro está de todo lo de nuestro querido amigo Delibes, con cuyos hijos, sobre todo con Juan, tuvo una relación muy cordial.

Luego bajaré con 'Ari' a dar un garbeo por el Parque del Príncipe y creo que, inexorablemente, se me romperá el corazón porque ya no me lo encontraré, como tantos días, con un periódico en las manos y`Drake', su último teckel, trotando a su lado.

Jamás te diré adiós Juancho, amigo. Te veré cuando pase por la Sierra de San Pedro; estarás en el perfil de 'Papancho' mirando el mar de Alconétar; cuando vaya a Guadalupe cuenta con que le diré a tu Virgen amada que interceda por ambos y cuando caces en el Elíseo no te vayas muy lejos, espérame para que demos unas manos a ver cómo se da la caza en esos pagos celestiales. Tu hermano chico, que te echará de menos siempre.