La dura lección de Herreruela

La dura lección de Herreruela
ISRAEL HERNÁNDEZ TABERNERO

El 25 de diciembre de 2006 la revista Time publicaba una portada en la que consideraba que todos nosotros éramos el personaje del año. Lo hacía con un enorme «Tú» en el centro de su famoso marco rojo y un texto que decía: «Sí, tú. Tú controlas la era de la información. Bienvenido a tu mundo». Era el anuncio de la llegada de algo que ni siquiera se estudiaba en las facultades de Periodismo, y que estaba a punto de cambiarlo todo: la 'Comunicación 2.0'.

Han pasado ya ocho meses desde que un cazador grabase con su móvil las tristes imágenes de un agarre en el que varios perros y un ciervo caían por un acantilado cuando un rehalero se aproximaba a terminar el lance en una finca de Herreruela (Cáceres). Sin duda, se trata del fenómeno cinegético más viral que hemos vivido en nuestro país. Lo fue por la vertiginosa velocidad con la que se difundió el vídeo y por el alcance internacional que tuvo. Cientos de medios comunicación de todo el planeta se hicieron eco de aquellas imágenes que fueron utilizadas para mostrar «la crueldad de la caza con todos los animales». En Francia, se convirtieron en munición de los grupos animalistas para atacar a Macron, que en esos momentos se encontraba negociando una serie de importantes avances para los cazadores galos. Fue, sin duda, uno de los mayores desastres vividos por la caza en términos de comunicación. Y lo seguirá siendo: las veremos de nuevo cada vez que la caza salte al escenario público.

De nada sirvió que su autor, destrozado, enviase un Whatsapp a las pocas horas diciendo que lo sentía mucho, que «sólo lo compartió en un grupo de seis personas». Poco importó que sólo un perro resultara herido y que se recuperase tras ser operado gracias a las aportaciones económicas de los cazadores, o que la Fiscalía y la Guardia Civil concluyesen que había sido sólo un desafortunado accidente. Nada de eso viralizó. En la mente de los ciudadanos sólo quedan 12 perros y un ciervo cayendo al vacío por un acantilado. Uno a uno. En un goteo agónico e insoportable de ver. Y para muchos, eso es caza.

Los que nos dedicamos a la comunicación cinegética llevábamos tiempo advirtiendo de que esto podía pasar. Y es la prueba de que aquella portada profética de la revista Time tenía razón.

La irrupción de las redes sociales ha sido un fenómeno que ha cambiado el mundo a todos los niveles. Y entre esos cambios, ha dinamitado el tradicional esquema de comunicación emisor-mensaje-receptor en el que el único papel de la audiencia -el receptor-, era decidir si quería recibir el mensaje o no. Ahora, cualquiera puede ser productor de información. Cualquiera puede crear un mensaje y lanzarlo a través de las redes sociales. Si es lo suficientemente bueno, será distribuido y llegará. Esta aparente 'democratización' de la comunicación -digo aparente porque no deja de estar sometida a la censura aplicada por los algoritmos informáticos- tiene innegables ventajas para la sociedad. Pero también nuevos y desconocidos peligros.

Compartir un mensaje en caliente, sin ningún tipo de filtro ni control, puede ser fatal. Aunque no sea propia y «sólo me la hayan enviado». El simple hecho de difurndirla tiene sus riesgos. Por desgracia lo vemos con demasiada y dolorosa frecuencia. No solo en la caza: hace unas semanas una mujer joven y con hijos se quitaba la vida después de que un vídeo sexual suyo empezara a circular en su empresa. En el plano cinegético, los que nos dedicamos a la comunicación llevamos años advirtiendo de la necesidad de ser prudentes a la hora de compartir imágenes o vídeos. Porque las redes sociales son un medio de comunicación generalista, al alcance de cualquiera. La caza es tan natural como la vida o como la muerte, y en una sociedad alejada de la realidad de esta última e hiper-maquillada por el marketing, muchas personas no están preparadas para ver determinadas escenas. Por muchos 'likes' que nos pueda dejar.

Debemos ser conscientes de este nuevo entorno de comunicación en el que vivimos inmersos: cualquier foto o vídeo de cualquier cazador puede llegar a todo el planeta en cuestión de horas y ser utilizado para atacar ese estilo de vida que tanto amamos. Por eso, debemos reflexionar siempre antes de compartir una imagen -ya sea porque la hemos hecho o porque otro nos la ha enviado-, y respondernos a una pregunta ¿Esta foto o video podría mostrarse en un medio generalista? Si la respuesta es afirmativa, comparte. Si por el contrario crees que puede ser utilizada para atacar a la caza, no lo hagas. Dentro de la gravedad del caso de Herreruela, podemos encontrar consuelo al constatar que, después de él, prácticamente han desaparecido las imágenes y vídeos desagradables de los grupos de cazadores y que ahora hay una legión de usuarios vigilando y negándose a compartir determinados mensajes. Pero ha sido una lección muy dura de aprender.