La cena de los idiotas

La cena de los idiotas

No pasa una sola semana en la que no me sienta un auténtico idiota. Intento esforzarme, pero nada, no lo consigo; me toman el pelo, muy a mi pesar. Supongo que no será cosa mía, que si todos nos esforzamos en ver mas allá de nuestras narices veremos que muchos de nosotros somos el idiota invitado. No hace falta que sea una invitación explícita, hoy en día somos invitados de honor en una pequeña pantalla de dispositivo móvil, donde solo tenemos que pasar, sentarnos a la mesa y esperar a que se rían de nosotros.

En 1998 se estrenaba la película francesa «La cena de los idiotas»: una panda de acomodados ricachones que mantienen una especie de competición para ver qué invitado es el mayor idiota. Esta comedia tan cruel debería hacernos reflexionar sobre el papel que muchas veces jugamos, pararnos a pensar y hacernos una pregunta: ¿qué hago yo en esta «cena»?

Hace unas semanas veía en la red una publicación de una conocida entidad ecologista: una catástrofe medioambiental se cernía sobre nosotros: «La ONU lo confirma, 1 millón de especies se encuentran amenazadas de extinción». Parece ser que a la ONU se le queda pequeño eso de la paz mundial, el terrorismo, o las emergencias humanitarias, y que lanzar estas alertas le puede salir más rentable. François Pignon, el enternecedor idiota empleado de Hacienda, echaría las cuentas rápidamente: Según los datos del biólogo colombiano Camilo Mora, profesor de la Universidad de Hawaii, en Estados Unidos, se calcula en 8,7 millones el número de especies del planeta, pero sólo se han identificado 1,3 millones, lo que significa que aproximadamente el 86% de las especies terrestres y el 91% de las marinas aún no se han descubierto. ¿Quiere decir esto que se van a extinguir especies que ni siquiera conocemos? ¿Cómo sabemos que se van a extinguir si no las conocemos? Si no las conocemos y no sabemos nada de ellas, ¿cómo podemos predecir su comportamiento ante el cambio climático?

Estas cenas de idiotas se están poniendo más de moda que nunca. ¡Saquemos pecho y sintámonos orgullosos! ¡Salvemos el planeta! Y el Parlamento Europeo aprueba la prohibición de los plásticos de un solo uso a partir de 2021, ¡menos mal! Está claro que el trabajo y la inversión de los ecologistas han dado sus frutos. Este fruto no es otro que campañas multimillonarias por las que los ecologistas obtienen mucho más de lo que invierten, y por las que se les paga por mucho más de lo que consiguen. Esta prohibición es un absurdo más de las políticas prohibicionistas de políticos y ecologistas. El plástico en nuestros océanos es un grave problema sobre el que no se debería frivolizar, pero solo el 0,28% del plástico que llega a los océanos a través de ríos proviene de Europa (Lebreton et al. 2017) ¿Qué sentido tiene entonces esta prohibición? Los activistas contra la contaminación deberían centrar su atención y sus esfuerzos en Asia, ya que de sus ríos proviene el 86% del plástico hallado en el mar. Seguramente sea menos rentable para ellos y haya que trabajar más, pero estas políticas de prohibición suelen ser un fracaso más del mundo poli-eco (politiqueo ecologista). Solo hace falta poner un dato encima de la mesa tras la prohibición de las bolsas de plástico en grandes supermercados: la venta de bolsas de basura pequeñas subieron más del 120%, según un estudio de la Universidad de Sydney.

La cantidad de veladas a las que estamos invitados son infinitas, una pena que no den más de sí estas páginas, pero no podíamos terminar sin la última cena a la que nos han invitado desde la Comisión Europea y los ecologistas. Esta no es otra que la intención de que se prohíba la caza de la tórtola, dicen ellos, por no haber hecho lo suficiente respecto a los hábitats y a la gestión cinegética. Campaña perfectamente orquestada y financiada por los ecologistas.

Es curioso que al país y a la región que mayor índice de biodiversidad aportan a la Unión Europea, con la mayor extensión de superficie protegida, donde cría el mayor porcentaje de tórtola de toda Europa, vengan a decirle que prohíba su caza y por lo tanto se abandone su gestión. Quizás piensen que somos tan idiotas como para seguir gestionándola sin que se cace. O quizás quieran realizar esa gestión los ecologistas y recuperar su población, como desacertada e infructuosamente han hecho con el sisón, el alcaraván, la ganga ortega, la ganga ibérica, el aguilucho cenizo... todos en franca regresión. En cambio en Extremadura, desde el sector cinegético se ha conseguido estabilizar las capturas de tórtolas en el último lustro, se han reducido cupos, días y horas, y se han emprendido un plan de recuperación pionero en Europa. Ahora solo queda que nuestra Administración se dé cuenta de que el idiota merece un respeto y su máxima defensa.

Es obvio el impacto del ser humano en el planeta, y no se puede banalizar sobre ello, pero es precisamente eso lo que debería hacernos pedir a toda esta gente que nos invita a su mesa de catastrofista documentación, que se tomen estos asuntos con rigor. Cuidar del planeta no debiera suponer la firma de una hoja en blanco por parte de nadie.

«En algunos momentos tengo la impresión de que me toma por un idiota» (François Pignon).

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