LA COLUMNA

Cazar y Conservar

SALVADOR CALVO

La que se organizó con el vídeo de marras. No los ecolatristas recalcitrantes, que de esos ya se sabe lo que podemos esperar; sino por parte de la demás gente, la que ni esto ni lo otro, y que no sabe de caza la misa la media. La molestia fue general. Los dañados en su sensibilidad por el espectáculo, y los que conocemos el percal por la soberana estupidez de poner al alcance de todos las susodichas imágenes. Siempre escampa. Se les ha explicado de mil formas que la caza, aparte actividad crudelísima por parte de los que la practicamos, es industria, trabajo, economía y. conservación. Sí señores, conservación. Se lo oí decir en lo 70 en Cáceres a mi querido amigo Don Miguel Delibes: «El primer interesado en que haya vida en el monte soy yo, porque si no, no puedo salir a cazar los domingos». Es que es eso, precisamente. ¿Habéis visto la cara triste del cazador que se pasa la mañana pateando umbrías y solanas sin ver un dichoso rabo ni una pluma? De modo que entre vacas, malationes y «progreso» hemos dado al traste con ella. «Todo progreso, para la vida silvestre implica retroceso», lo decía él mismo en su discurso de ingreso en la RAE. Hace no sé cuántos años había censados un número de avutardas en la región. Se prohibió su caza controlada ¿Cuántas hay? La mitad. Mi amigo Paco propuso caza controlada de ejemplares viejos. No tardaron un minuto en alzar su voz airada los ecolatristas pertinaces. Así nos va. Por cazar un barbón hay quien daría el oro y el moro. Pecunio que se invertiría en guardas, censos, y medio ambiente para que la avutarda se recuperase. Pues nada. Tira «palante».

 

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