Un día de caza con rehalas

Perros de rehala. :: CARLOS MUÑOZ MARTÍN/
Perros de rehala. :: CARLOS MUÑOZ MARTÍN

Ángel Hurtado Nogales | Ingeniero de Montes

El sábado acompañé a un gran amigo rehalero en una jornada de caza. Es un chaval que todavía no alcanza la treintena, pero a pesar de la diferencia de edad es de esas personas que siempre quieres tener cerca, de los que forman parte de la familia que se elige.

El día comenzó temprano, como siempre que vamos al campo a disfrutar de nuestra afición, pero esta vez de una forma distinta, ya que acompañar a un perrero a recoger sus canes antes de una cacería es una experiencia única. Cuando sienten el ruido del motor acercándose a la perrera sus ladridos comienzan a sonar con un timbre especial que no te deja indiferente.

Montarlos en el carro es todo un ritual, y más en días como el pasado sábado en el que iban de estreno. Mi compañero no paraba de darme explicaciones sobre cada uno de los compartimentos que había estado preparando hasta bien entrada la noche, pero su cara de cansancio cambió rápidamente cuando sus compañeros de faena comienzan a subir; unos saltan solos al segundo piso, otros se hacen los remolones y se arriman a su pierna para que los suban. Cada uno tiene su propia rutina, como una familia cuando se sienta a la mesa.Los viajes hasta las fincas siempre son lentos en un vehículo que transporta animales, ya sea un camión o un todoterreno que arrastre un remolque. Por suerte para nosotros esto se convirtió en una oportunidad para ponernos al día de todos los temas que teníamos pendiente, ya que no nos vemos con la frecuencia que nos gustaría.

Eran las doce de la mañana cuando soltamos a los podencos que, a pesar de formar una sola rehala, superaban la treintena (muchos deberían tomar nota.). En estos tiempos que corren en los que cualquier sonido se transforma en un politono para la alarma del teléfono, alguien debería grabar la suelta de estos maravillosos animales. ¡Seguro que nos levantaríamos con más energía!Tras casi cuatro horas de caza, en las que las ladras se sucedieron sin descanso, tomamos camino de regreso. Hizo demasiado calor para mediados de noviembre. A pesar de que los perros llevaban más de 15 días de caza en esta temporada, les costó mantener el nivel todo el tiempo.

Creo que en ese momento empieza la parte más dura de la jornada de un rehalero; en ese instante aprecias algo que los cazadores de puesto fijo no solemos sufrir; la incertidumbre, el malestar por no tener controlados a todos tus compañeros de faena. Unos que no han llegado, otros que se pueden haber quedado en algún agarre con un jabalí, el que se despista y te obliga a buscarlo por todas las sueltas de la finca. No se descansa hasta que no están todos subidos al carro.

Pero tampoco en ese momento bajan la guardia, ahora tocaba ayudar a los compañeros. En el mundo de la rehala todavía sigue viva esa hermandad entre cazadores que respetan al perro por encima de todo y que ponen los medios a su alcance para ayudar a los demás, sabiendo lo mal que se pasa cuando eres tú el que sufre la pérdida. Se localizan los perros de los compañeros, se les avisa por las emisoras si no los puedes coger, y se ayuda a trasladar a las personas que incansablemente recorren la mancha caracola en mano hasta que el último perro está a buen recaudo.

Durante el transcurso de la tarde, cuando el monte te deja coger cobertura y conectar con el mundo que hay ahí fuera, recibimos desde distintos grupos de Whatsapp un vídeo que no nos dejó indiferentes. El famoso vídeo que lleva toda la semana copando minutos en informativos de televisión, radio, prensa y sobre todo en las redes sociales.

Mi compañero tuvo que apartar la mirada en varias ocasiones y le costó verlo completo. Rápidamente comprendimos la desgracia que había sufrido el conductor de la rehala, y comentamos la que se nos vendría encima con semejantes imágenes. Las estremecedoras imágenes de los perros cayendo al vacío siguen dando vueltas en mi cabeza, y de algún modo han dejado un sabor agridulce a una jornada inolvidable.

Pero no debemos olvidar que, a diferencia del perro de presa, el perro de caza no ha sido entrenado para perseguir y dar caza a su presa. Se trata de un instinto primario que ha conservado desde los tiempos previos a su domesticación, algo que conservan todas las razas en mayor o menor medida y que debemos respetar y conservar como parte de nuestra cultura.

Es muy triste ver cómo ciertos grupos animalistas y medios de comunicación sin escrúpulos han tratado de criminalizar tanto al propietario de los perros como al propio sector cinegético partiendo del pleno desconocimiento de la montería, del carácter combativo de estos animales y del amor que les profesan las personas que dedican su vida a la rehala.

Sin embargo, no debemos sentir vergüenza por todo lo ocurrido. El sector debe mostrarse más unido que nunca y de este desafortunado accidente aprender lecciones que nos ayuden a mejorar nuestra forma de mostrarnos ante la sociedad. Debemos actuar como esos podencos que cada jornada salen de nuevo del camión, con la misma fuerza, ilusión y ganas de demostrar que la caza no solo es nuestra pasión sino una parte muy importante de nuestra vida.

 

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