El airador ecolatrista

salvador calvo
SALVADOR CALVO

En cuanto nos ven con la del doce en las manos se ponen de los nervios y no leen con calma. Escribía un servidor sobre el inefable sopor que produce en el ánimo del cazador la interminable veda y añadía la añoranza de las jornadas en las que andamos por el monte. No matar por matar, que no es eso ¡córcholis! sino la tierra, los arbustos, los regatos, el viento, la llovizna, la lumbre. y los mil motivos que nos embeben en el otoño y el invierno, cuando vamos por ahí a dar a la caza alcance, como dijo el frailecillo poeta. Añadía que cuando las «cortezas» se podían cazar, había hecho una vez una carambola (dos de un tiro) y que había rememorado aquel lance al sentir, recién, el vuelo de unas gangas. Ni por asomo animaba este cazador a nadie a disparar sobre gangas en estos tiempos que corren. ¡Oh, sarcasmo! Desde que están protegidas, y el agro está como está, disminuye el número de gangas, de ortegas, de sisones y de avutardas. El conservacionista, proteccionista, ecologista o ecolatrista se molestó y casi montó en cólera leyendo mi artículo. Le prometo que no voy a disparar más que a piezas autorizadas y cuyo abatimiento no influya en el justo equilibrio natural. Aunque no me crea, el primer interesado en que haya vida en el campo soy yo. Si no hubiera vida silvestre no cazaría ni Cristo que lo fundó. ¿Sabe quién decía eso? Sí, Miguel Delibes. Dicho lo cual, acabo con una cita suya: «A mis amigos cazadores, que por descontado no son gentecilla de poco más o menos.etc».