Badajoz recoge el guante y aprende béisbol

Wagner Portes. :: pakopíVarios de los niños durante el entrenamiento del pasado martes. :: pakopí

El dominicano Wagner Portes promociona este deporte para «devolverle algo a esta tierra que me ha dado tanto» | Una veintena de niños entrenan en un campo habilitado por la AP Santa Isabel tras recibir varios portazos del Consistorio para contar con un terreno en condiciones óptimas

MANUEL Gª GARRIDO BADAJOZ.

Abraham y su hermano son los más puntuales. Llegan a las 16.43 acompañados por su madre: «Hoy vienen de la prensa a haceros un reportaje», les repite en dos ocasiones. Apenas se inmutan y siguen brincando. Abstraídos, juguetean alrededor de la curvada y oxidada valla metálica que custodia las instalaciones. Ansiosos, perfeccionan el 'swing' (movimiento de golpeo) simulando que sostienen un bate. Se lanzan piedrecitas para practicar la puntería subidos en el saliente de un foso abierto, poco profundo, pero peligroso, rodeado de basura y broza. El entrenamiento está a punto de empezar.

Desde el pasado mes de enero, los martes y jueves, de 17.00 a 18.30 horas, se juega al béisbol en Badajoz. Ya son una veintena de niños seducidos por esta disciplina desconocida en la región. El padre del proyecto es Wagner Portes, un dominicano afincado en España desde 2009. «Me siento uno más aquí y quería devolverle algo a esta tierra que me ha dado tanto». Sin ayudas y habiendo recibido reiterados portazos de las administraciones, creó el Club de Béisbol y Sóftbol de Badajoz y se enfundó su macuto para recorrer los colegios pacenses cargado con el material pagado de su bolsillo. «Soy un friki del béisbol». Gracias a esa desinteresada labor ha evangelizado a un nutrido grupo de jóvenes discípulos.

Wagner llega a la sesión junto a sus dos ayudantes, Gabriel (su primo) y Raudel (cubano al que conoció aquí), y los dos hijos de este. Retiran la intrincada y gruesa cadena de la verja que abre paso a un secarral abrupto, irregular y pedregoso con mínimos retazos de césped. «Solo nos ha ayudado la Agrupación Polideportiva Santa Isabel dejándonos el campo. El Ayuntamiento no ha estado por la labor. Directamente ni se interesan». El club de San Fernando, harto de excusas municipales, habilitó hace unos meses un antiguo terreno de juego en la avenida Federico Mayor Zaragoza, junto a la residencia San Juan Bautista. Ha sido la tabla de salvación de esta iniciativa. «Queríamos haber empezado en septiembre, pero no encontramos ninguna facilidad». Su intención es dar un paso más y en seis meses sacar grupos de distintas edades como en otras escuelas deportivas. «Me alegra tanto verlos. Míralos». Wagner interrumpe su discurso para señalar con emoción al grupo de chavales colocados en corro. Aspira a sembrar ese germen en otras zonas como Mérida o Cáceres, para que se creen otros clubes. «Extremadura es una de las pocas comunidades en España en la que no se juega al béisbol».

Iniciar el calentamiento no es tarea fácil. Unos corretean sin rumbo, otros se cuelgan del travesaño de una portería, a uno de los pequeños le atan los cordones y pocos atienden a las indicaciones. «Una, dos... ¡Dije a la de tres!». Puro nervio y rebeldía, inician los sprints antes de tiempo y otros, rezagados al distraerse, se quedan descolgados. Las carcajadas se suceden entre respiraciones aceleradas por la adrenalina y el incipiente sol primaveral. El caos se apacigua cuando es el turno del reparto de guantes y bates, así como de la asignación de roles. Los más pequeños (6 a 8 años) ocupan una zona apartada realizando ejercicios más básicos, mientras que los mayores (de 10 a 13 años) entrenan en un espacio delimitado. La reglamentación dicta que a esas edades jueguen a sóftbol, cuya principal variante con el béisbol consiste en que es obligatorio que los jugadores estén pisando la base antes de que el lanzador suelte la bola. En adultos, existen más matices entre ambas disciplinas, como el tipo de lanzamiento. «Pero lo importante es que aprendan las reglas y que se diviertan», puntualiza Wagner.

Abraham, el cácher

No falta detalle. Abraham ejercerá hoy de cácher. «Casi no me puedo mover», se apresura a quejarse. Le colocan el casco, la careta, un peto para el torso y protectores en las piernas. «Pareces Robocop», se escucha. Imposible recibir daño alguno por un impacto. «Es importante para que pierdan miedo a la bola, la busquen y se posicionen», explica Raudel mientras fija la indumentaria. En cuclillas, detrás de la 'home' (donde se completa una carrera), es el encargado de capturar los lanzamientos del pitcher en dirección al bateador. «¡No cierres los ojos y ve a por ella!», le espeta tras el primer intento. Abraham asume su cargo provisional aunque reconoce que su posición preferida es la de bateador. A diferencia de para la mayoría de sus compañeros, el béisbol no es una novedad. Lo practica desde hace una década, cuando apenas tenía tres años. «Jugaba yo solo contra la pared. Tengo un bate de hierro en casa y me iba con mi padre a un campo abierto. Me lo pasaba muy bien».

El procedimiento es simple. Todos van rotando y reciben apreciaciones técnicas que deben interiorizar. Algunos esperan su turno de manera más productiva, colaborando en la búsqueda de bolas que se pierden por el espeso follaje de los vértices. Al 'pichar' (lanzar la pelota) cuando rasea, la pelota serpentea por una alfombra de montículos dificultando darle caza. Otros se entretienen golpeando una de las múltiples piedras con las que se topan: «Los vais a estropear», les regaña un padre desde la banda.

Otro de los chicos, Gabriel, toma el testigo como bateador; se coloca, arquea el cuerpo y la pelota sale despedida con fuerza. «Un intento me ha hecho falta», fanfarronea ante sus amigos. Es un grupo heterogéneo, aunque la inocencia y la nobleza es el denominador común. Álvaro es tímido; Adrián, un torbellino de apenas seis años imposible de frenar; César no negocia el tipo de bate que va a usar, porque le gusta el rojo... Todos ellos son, sin saberlo, los pilares de un anhelo convertido en proyecto con vocación de continuidad.

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