Manuel reabre el telón de un escenario de Primera para Almendralejo

Reencuentro. Manuel y Pedro José, en el banquillo azulgrana el pasado domingo. / J. M. ROMERO
Reencuentro. Manuel y Pedro José, en el banquillo azulgrana el pasado domingo. / J. M. ROMERO

Un gol del actual técnico azulgrana en la ida permitió al CF Extremadura ir con ventaja a Albacete, donde se materializó el ascenso en 1996

MANUEL Gª GARRIDO BADAJOZ.

Aquella tarde del 30 de mayo de 1996 una fuerte tormenta sacudía Almendralejo. Las torretas de luz de 'el Paquito' colapsaron en varias fases aunque sin eclipsar el resplandor de 5.000 gargantas alumbrando el camino del ascenso del extinto CF Extremadura a Primera División. Allí se gestó la hazaña. La pincelada más firme de aquella sublimación del fútbol modesto la puso Manuel Mosquera (A Coruña, 10/08/1968), un escurridizo ratón de área que, en el minuto 55, cazó un rechace para provocar el delirio de 28.000 almas que se contagió a toda una región. «Acomodé el cuerpo, no le di bien, porque la cogí en el aire, pero terminó entrando», destaca Manuel de su maniobra.

Era la ida de la promoción, con un Albacete que se jugaba la permanencia en la élite y un Extremadura que ansiaba lograr un «hito histórico mundial», tal y como lo definió el autor intelectual de aquella proeza, Josu Ortuondo. Antes del tanto de Manuel, el meta Amador santificó su puerta dejándola libre de mácula e Ito guió a los suyos hacia la tierra prometida de manera magistral. La providencia hizo el resto, desviando al larguero un trallazo de Zalazar. «Ahí fuimos conscientes de que podíamos hacer algo grande». Estaba escrito que los irreductibles azulgranas llegarían al olimpo futbolístico. Y así fue. Resistieron otros 90 minutos intensos en tierras manchegas. «Aquel fue el partido más largo del mundo. Sufrimos mucho, nos atacaron por todos lados y sacamos un gol en la línea. Ellos eran superiores, pero no consiguieron ganarnos», rememora. En el descuento, José Tirado barnizaba aquel sueño con un trallazo a la escuadra indeleble en los anhelos nostálgicos de los extremeños. «Es algo que siempre estará para nosotros en letras mayúsculas». Mañana regresa al Carlos Belmonte, el escenario en el que se obró el milagro, a los mandos del Extremadura UD y con otros retos muy diferentes a los de entonces.

Un indisimulado ribete de emoción serpentea las palabras de Manuel al recordar cómo tardaron dos horas en recorrer la distancia entre Mérida y Almendralejo por la marea humana que se agolpaba en los márgenes de la carretera durante 25 kilómetros. Rescata de la memoria el momento en el que hicieron escala en Torremejía para recoger a Pedro José, leyenda viva de aquella plantilla del Extremadura y actual mano derecha del preparador gallego en el cuerpo técnico. «Bajó del autobús y la gente se lo llevaba en volandas, era una locura, maravilloso».

«Aquello era un sentimiento único para un objetivo. Éramos una piña sin fisuras»

Fue algo inusitado. El objetivo era la permanencia tras pasar apuros el curso anterior. De tapados pasaron a rival complicado; los resultados acompañaban, pero ni siquiera salvados aspirar a algo más era un pensamiento al que daban pábulo. «Teníamos cerca al Toledo, al Badajoz y al Leganés, pero en la última jornada falló el Alavés y nos metimos. No lo vimos como una posibilidad hasta que quedaban dos meses de competición».

Manuel no titubea y su respuesta es casi un resorte automático en relación a lo que llevó a un equipo humilde a desafiar las leyes de la lógica en un fútbol que vivía los albores de su mutación moderna con la celebérrima 'Liga de las estrellas'. «Era un sentimiento único para un objetivo. Éramos una piña sin fisuras. Había problemas paralelos de sueldos y cobros, pero el grupo es el que hizo la fuerza». El núcleo duro de ese bloque, además, era extremeño. Tres de esos jugadores nacieron en Almendralejo: Ito, Cortés y Diego; el capitán, Padro José, oriundo de Torremejía; Félix, de Olivenza, y José Luis, de Badajoz. Con la mayoría de los compañeros de aquella época gloriosa, Manuel conserva una amistad cuyo lazo se forjó hace dos décadas en las catacumbas de un vestuario irrepetible. Llamadas telefónicas y grupos de Whatsapp mantienen vivo aquel vínculo.

Crónica del HOY del ascenso.

Manuel Mosquera no disfrutó del debut azulgrana en Primera. Sus 19 goles no pasaron desapercibidos para el Compostela, que le hizo una propuesta irrechazable para la siguiente campaña. Fue un periplo de transición corto con billete de vuelta abierto. Un año y medio después regresó para convertirse en toda una institución firmando 483 partidos con la casaca azulgrana y anotando 109 goles en doce campañas y media, erigiéndose en el máximo artillero del fútbol almendralejense. Contribuyó a devolver al Extremadura a la máxima categoría y esta vez sí pudo vivir esa experiencia en la 1998/99. El maestro de ceremonias entonces era un tal Rafa Benítez que daba sus primeros pasos en los banquillos, pero que ya patentaba una idea de fútbol remozada. «Nos preparó mejor física y tácticamente para un deporte que estaba cambiando. Aprendí muchísimos aspectos que no estaban en mi juego. Muchas cosas que tengo como entrenador las he sacado de él».

En la punta de lanza estuvo rodeado de mucha competencia, pero Manuel siempre terminaba siendo un recurso ineludible para sus entrenadores. «Llegaron grandes delanteros como Duré, Antonio o Gluscevic, y terminé jugando con ellos alternando posiciones».

Ahora mora en el entorno más odiado por un futbolista en activo, el banquillo. Han pasado algo menos de quince años desde que se enfundó la elástica almendralejense por última vez. Sus mocasines circulan por un área mucho más acotada que aquella por donde sus certeras botas sembraban el terror de las defensas. A su lado, escoltándolo, como en los viejos tiempos, Pedro José. «Una de mis mayores alegrías es tenerlo a él a mi lado. Hablamos el mismo idioma y me refuerza mucho que esté ahí».

Manuel fue el autor del gol que encarriló la eliminatoria ante el Albacete.
Manuel fue el autor del gol que encarriló la eliminatoria ante el Albacete. / HOY

Manuel goza de un privilegio poco común entre los entrenadores recién llegados, especialmente en una situación difícil como la que atraviesa el Extremadura: el beneplácito de la afición. La honda huella es recíproca para este gallego que se confiesa enamorado de la región a primera vista. «Almendralejo no es mi segunda casa, es mi hogar», se apresura a corregir si se le interpela sobre su apego a la localidad pacense.

Coautor de los renglones más lustrosos de la historia azulgrana desde el verde, ahora carga su pluma con argumentos tácticos para escribir con pulso firme y caligrafía excelsa otro capítulo, esta vez desde el atril que sostiene la pizarra.