UNA CANASTA DESDE EL CIELO

El entrenador verdinegro recuerda la figura de su padre, Teddy Blanco, quien ya le ha emocionado en alguna rueda de prensa

ROBERTO BLANCO/TÉCNICO DEL CÁCERES

Carácter, temperamento, humildad, un ejemplo de constancia y sacrificio. Teodoro Blanco González (Teddy), el mayor de nueve hermanos, pronto tuvo que dejar los estudios primarios para ponerse a trabajar. Quizás de ahí adquirió esa disciplina que le caracterizaba. Fue sin duda un verdadero amante del baloncesto que marcó la vida de muchas generaciones y de pequeños proyectos de jugadores. Mi padre consiguió que cientos de jóvenes se enamoraran profundamente del deporte de la canasta, pero ante todo construyó una gran familia en torno al baloncesto.

Siempre me recordaba cómo con tan solo 14 años se levantaba a las 6 de la mañana para jugar antes de ir a trabajar, en el campo de tierra del colegio de La Salle, a poco más de 200 metros de su casa, el antiguo matadero regentado por mi abuela, al lado del antiguo coliseo.

Ni la lluvia ni el granizo impedían que este niño con figura desgarbada y con los pelos largos de la época saltara junto a su equipo del Centro Juventud a una cancha en la que a día de hoy sería inimaginable ver a un chico jugar, cuanto menos a un equipo. Un equipo que llegó a jugar en la entonces llamada Tercera División, con viajes a ciudades como Sevilla, Madrid, Zamora o Valladolid.

Siempre me contaron que era un jugador rudo, que nunca eludía un contacto, de esos a quienes les gusta la brega, la pelea bajo el tablero pero siempre con nobleza. Gran defensor y reboteador, no exento de un tirito corto al tablero que siempre echó de menos en el baloncesto moderno. En nuestras discusiones -y ahora con mis andanzas en el mundo profesional y con estadísticas en mano-, él nunca llegó a entender cómo un jugador de élite podía fallar un tiro libre. Se le venían los demonios cada vez que nuestro Cáceres Ciudad del Baloncesto tenía bajos porcentajes de libres. Y si en ocasiones perdíamos, era porque no le habíamos echado suficientes 'huevos'.

Este carácter lo trasladó a la que sería nuestra casa, la de mi hermana Sandra y los fines de semana también la de mi madre: el Pabellón Escuela Deportiva de La Data. Él, un trabajador de la construcción, donde los riesgos laborales son mayores a lo que hay hoy en día, se subía a andamios de más de 30 metros de altura, se bajaba de ellos, preparaba su bolsa de entrenamiento y metía unas zapatillas que ni mucho menos eran unas Nike. Se iba a cumplir con una de sus pasiones: jugar a baloncesto.

Él, y otros tantos como él, generaron una ilusión, un compromiso para con este deporte en nuestra ciudad, que poco a poco fue ganando más adeptos. Estas inquietudes le llevaron a dar un paso más y convertirse en entrenador.

'El Látigo' le llamaban. Dentro y fuera de la pista mi padre mostraba su carácter. Incluso, llegó a recibir una técnica estando en la grada. Con su figura espigada dirigía con dotes de mando militar cada entrenamiento y mantenía firmes a aquellos chicos.

A pesar de lo que les pueda parecer a cada uno de ellos, entre los cuales en algún momento de nuestra historia me encontré yo mismo, esos chicos siempre quisieron estar a su lado. Aquello era nuestra familia. Entre grito y grito de 'DE-FEN-SA' siempre había una idea intrínseca de unión, de equipo, de compromiso, de llevar la ilusión del baloncesto al límite de la emoción.

Los domingos en el pabellón pasaron a ser cita obligada para muchos de nosotros. Llegando a la calle del cercano Instituto del Gabriel y Galán, ya escuchábamos los ecos de los tambores y la gente animando a nuestro Ambroz.

Aquello era la liturgia de cada domingo. Partido de baloncesto, niños correteando por el pasillo, el verde y el negro de nuestra equipación y Teddy Blanco en el banquillo. Esos recuerdos son imborrables. El verde del Pabellón de La Data y el amarillo de sus barandillas daban paso a muchas alegrías y algunas decepciones que continuaban al cruzar la calle, en el bar Pulido, donde empezaba nuestro particular partido.

Los pequeños imitábamos acciones del partido; los mayores discutían, cerveza en mano, los devenires de la jornada. De vez en cuando una voz se alzaba entre todas diciendo «hay que defender más, cojones!». Ese no podía ser otro que 'El Látigo'. Recuerdo cómo en más de una ocasión me preguntaba del porqué del enfado de mi padre si a final de cuentas habíamos ganado. No lo entendería hasta que me hice entrenador. Ahí lo vi todo más claro.

Aquella era nuestra vida, en torno a un deporte, a un pabellón: el pabellón de La Data, la casa del CB Ambroz. A pesar de su carácter férreo, muchas generaciones pasaron por sus manos, incluidos sus propios hermanos -mis tíos-, a los cuales les exigía aún más. Y como era el mayor, había que hacerle caso. La constancia llevó al club al ascenso, empezando a cobrar una forma más profesional, y se empezaron a recoger los frutos de un gran trabajo e ilusión.

Pero los logros deportivos quedan en un segundo plano cuando recordamos a una persona exigente y perfeccionista, autodidacta y de carácter, pero también de palabra. Ha sido un buen hijo, excelente hermano, mejor padre, gran amigo y sin duda un referente del baloncesto en nuestra ciudad, en Plasencia.