Una variada corrida de Adolfo Martín

El diestro Daniel Luque durante la faena a su primer toro. :: efe/
El diestro Daniel Luque durante la faena a su primer toro. :: efe

Tres cinqueños de dispar condición y un quinto cuatreño de bravo estilo. Apagada nobleza general, sobrado Daniel Luque y una gran estocada de Manuel Escribano

BARQUERITOZARAGOZA.

Abiertos en lotes distintos, los tres cinqueños de la corrida de Adolfo Martín se jugaron de pares. Casi playero, ofensivo, el segundo, desangrado después de varas, sacó de partida el gateo felino propio de los albaserradas. Fue de apagada nobleza, pero, cuando no vino empapado, se revolvió. Contados, tuvo diez viajes de los de ir y venir a su aire. Le pidieron que abreviara a Escribano cuando pretendió insistir.

De preciosa lámina, cárdeno clarito y gargantillo, caribello, un cromo la cara, no tanto la lámina por flaco, el cuarto salió en el aire de los toros digamos mexicanos que ya no son rareza en la ganadería de Adolfo Martín sino parte de la despensa habitual. Embestidas al ralentí, incluso pastueñas, ni atisbos de fiereza, docilidad al toque, muy peculiar nobleza. Alberto Álvarez se embarcó en largo trasteo confiado en la inercia del toro. Sin adelantar la muleta salvo en los cambiados por alto que remataron tandas de relativo alivio. Pese a la falta de motor, este cuarto fue toro pronto y, en corrida de estilos varios, el de más original personalidad. Se llamaba Bonito. Por la belleza y no por el rey del mar de Cantabria.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Adolfo Martín.
uToreros
Alberto Álvarez, saludos en los dos. Manuel Escribano, silencio y dos vueltas tras un aviso. Daniel Luque, silencio y ovación.
uCuadrilla
Juan Francisco Peña y El Patilla picaron con acierto a segundo y sexto. Buena brega de Venturita. Notables en banderillas Juan Contreras y Jesús Arruga, que prendió dos excelentes pares de tercero.
uPlaza
Zaragoza. 5ª del Pilar. Estival. Desplegada pero no cerrada la capota de teflón. 5.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función.

El sexto, de muy antigua reata en la ganadería, de nombre Aviador, negro zaino, el trapío más que preciso -bizco, aparatoso-, armónicas hechuras, asomó acalambrado y renco, cobró en el caballo muy lo justo, estuvo escarbando lo indecible hasta después de banderillas y dejó de repente de hacerlo. Sería la escarbadura del escozor tan solo. En la muleta fue de fijeza sobresaliente y al toque vino sin recelo, sin romperse tampoco, como si las embestidas fueran a pulso, y todas en un solo mismo terreno, entre las dos rayas y frente al burladero de capotes. Ahí fue donde gobernó a placer el asunto Daniel Luque, que dispuso distancia, la corta, e impuso y fijó terrenos. La faena toda, que no fue ni corta ni larga, en un ladrillo.

En relajo absoluto y no impostado, con atorrante suficiencia, ni un pisotón ni un solo tirón tampoco. El pulso, apenas quebrado en dos muletazos con la zurda, salió de las muñecas de Daniel y no de las manos ni el son tan suavecito del toro. Se celebró la faena, pero sin demasiado calor. Se pagó el precio del toreo geométrico, que cala menos que los otros.

Cuando Daniel empezó a faenar, se llevaban dos horas y pico de corrida. Media hora se había pasado Manuel Escribano en escena con el quinto de la tarde, que fue el toro de la corrida. Lo fue por todo un poco. Descarado, cornipaso y vuelto, el único del envío con el motor a punto, encastada movilidad, más pronto y guerrero que ninguno. Toro de público, de ganadero y de torero también.

Escribano lo esperó frente a toriles hincado de rodillas. El toro salió disparado de lo que quiso ser y no fue una larga, se disparó antes de varas en carreras sin freno y se estrelló contra tablas, se enceló en el caballo de pica, persiguió de bravo en banderillas. El tercio de banderillas, a cargo de Escribano, fue interminable. Entre el segundo y el tercer par, dos minutos y medio de reloj. El último par, prendido al cabo de tan larga espera, por los adentros en ataque sorpresa, fue de mucho vibrar y caldeó los ánimos.

En la estela de la ovación Escribano se fue a los medios, brindó y arrancó faena con una tirada de cambiados por la espalda con sus intercalados propios: el del desdén hizo efecto. Ese fue el arranque de una prolija faena deshilvanada, no solo por el exceso de metraje y la sobrecarga de pausas, sino porque a Escribano le costó acomodarse al temperamento mutante el toro. Las mutaciones de la sangre Saltillo: embestidas a cámara lenta por la mano izquierda, aire pegajoso cuando no vino gobernado, un par de revueltas tobilleras entonces.

El toro vino siempre a la carga y, entero hasta el final, no dejó a Escribano cuadrar. La igualada fue tan farragosa que sonó un aviso antes de montar Escribano la espada. Lo hizo tras recorrer mucha plaza. La estocada, enterrada en un golpe de sorpresa -salida a querencia del toro en arreón-, hasta los gavilanes y sin puntilla. Hubo petición suficiente, pero el palco se enrocó. Y entonces se vivieron las escenas de guiñol propias del caso: público enfurecido, miradas desafiantes de los banderilleros, dos vueltas al ruedo, una bronca a la presidenta. Y a otra cosa: al toro de la jota, que fue el de la faena de Luque que pareció un minué.

El primero, uno de los tres cuatreños, fue plácido y bondadoso. Le anduvo con decoro y despego Alberto Álvarez, que torea poco pero tiene recursos. El torero de Ejea salió como suele muy bien vestido, de azul marino y oro, mucho oro, y franja de seda dorada muy vistosa. Esa primera faena pecó de fría. Y de acompañarse Alberto de demasiadas voces. El tercero, largo, alto y feo, destartaladote, cabezón, no metió los riñones ni una sola vez, desparramó la mirada retuso y ajeno, se frenó. A todos esos problemas encontró solución Luque en un sencillo ten con ten. Ni un apuro. Coser y cantar.