Tres toros sobresalientes de Victoriano del Río

El extremeño Antonio Ferrera durante la lidia a su segundo toro de la tarde. :: efe/
El extremeño Antonio Ferrera durante la lidia a su segundo toro de la tarde. :: efe

Ferrera, a su antojo con uno, y El Juli, con otro. Un primero de corrida de soberbias hechuras y estilo particular. Pablo Aguado se estrena en Pamplona en son menor

BARQUERITO

La corrida de Victoriano del Río, 530 kilos de promedio, la más liviana de cuanto va de feria, fue la que más y mejor se movió. No ha habido día de sanfermines sin que saltara un toro de 600 kilos -solo dos de Jandilla se plantaron en los 590- y a esa cota llegó el que partió plaza y desigualó una corrida bastante pareja. La expresión grave y el serio cuajo del sexto fueron excepción a esa regla. El toro de los 600, castaño lombardo, carifosco de rubia diadema, muy lustroso, fue espléndido. Monumental. Con sus carnes, su alzada y su cuerna apaisada. Y su gesto de bonanza.

Elástico y codicioso, fijo en los engaños, se abrió tanto que pareció hasta querer soltarse. Lidiado a la defensiva, y, por eso, querencia indefinida, apretó en banderillas y tardó en romper más de lo previsto. Después de hacerlo con claro estilo, estuvo por recular, pero sin dejar de darse y tomar engaño. Había derribado en un primer puyazo. El segundo, duro, se tomó por venganza. Fue este toro de fortuna para Ferrera, que no se decidió a sacarlo fuera de las rayas. Acomodado y seguro, templado por la mano diestra, pausado, dejó sentir su autoridad. Si la querencia del toro era de tablas, con ella pudo Ferrera suficiente pero sin contrariarlas. En la suerte contraria, y al encuentro, una estocada sin muerte. Tres descabellos. Como la faena estuvo salpicada de pausas, un aviso. Para toro y torero sonaron las palmas con ganas.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Victoriano del Río.
Toreros
Antonio Ferrera, saludos tras un aviso y vuelta. El Juli, silencio y oreja tras un aviso. Pablo Aguado, saludos y silencio.
Cuadrilla
Pares muy notables de Fernando Sánchez e Iván García.
Plaza
Pamplona. 7ª de San Fermín. Calor. Lleno. 19.600 almas. Dos horas y cinco minutos de función.

Los toros jugados de impares fueron cinqueños. No solo el hermosísimo castaño. También un tercero de cabos y pitones muy finos, bien cortado, y un quinto sacudido de carnes, aparatoso por remangado. Fueron de diferente condición. Nada que ver con el buen primero, ni el uno con el otro. Con el tercero hizo su debut en Pamplona Pablo Aguado, que, en crudo y antes de varas, se estiró en el saludo. Remató con media en el mismo platillo. Toro de genio en el caballo, escupido del segundo puyazo y sangrado a modo en un tercero cobrado en la puerta cuando huía de la quema. Esperó en banderillas. Toro incierto. Aguado sorprendió con un suave trato sencillo. Medicina inesperada. No bastó. Receloso, el toro respiró por la edad y se vendió caro. Por el asiento y por los apuntes de toreo de compás, linda faena. Una estocada trasera. Las peñas de sol, en tarde potentísima, no se dieron por enteradas.

El otro cinqueño, el quinto, no paró de correr sin freno, como si estuviera rastreando la pista del cabestraje que lo había conducido por la mañana en el encierro. El toro se empleó en el caballo, atacó en banderillas, vino franco a engaño y El Juli no se hizo esperar ni un segundo. Brindis al público y, en el mismo punto donde la montera, un molinete de rodillas para abrir boca. Bastó el molinete para que entrara en razón el toro, que fue de ritmo y entrega sobresalientes.

Ferrera había estado a su antojo con el excelente cuarto, casi jugando con él como un gato con una madeja de lana, había dibujado, ligado y cosido por las dos manos, despacito se había explayado y hasta la gente del sol se rindió. La Pamplonesa acompañó la faena con una versión virtuosa del Eduardo Gómez Gallo, pasodoble de extraordinaria sonoridad con las tubas protagonistas. La música y la inercia del toro derivaron en una faena cadenciosa. Los muletazos al desmayo fueron una delicia. Un metisaca en los bajos arruinó el invento.

La faena de Ferrera fue un reto para El Juli. Y, réplica o no, Julián le dio respuesta. No por el mismo palo. Ni en parecido terreno. Ferrera, cerrado de rayas adentro; El Juli, en los medios. Igual de reposado por las dos manos, exagerada y forzada la postura en las aperturas de tanda, de una precisión insuperable los toques, y los tiempos de un trasteo larguísimo, salpicado de guiños al sol -circulares cambiados en cadena, miradas cómplices- y con la joya secreta de dos o tres pases de costadillo muy airosos. Una estocada trasera sin muerte, un aviso, dos descabellos.

El segundo de corrida se dejó los riñones en un primer puyazo de bravo, se descaderó ligeramente y no contó. Abrevió El Juli. A Pablo Aguado le pesarían las dos exhibiciones que precedieron a la salida del sexto toro, que se le soltó del capote en un frustrante intento de brega. No tomó vuelo una faena desigual pero fiel al canon del dibujo compuesto de alta escuela. Sin prisa.