Un soberbio toro del Puerto y una vibrante faena de Ureña

Paco Ureña con su segundo toro, al que cortó una oreja. :: efe/
Paco Ureña con su segundo toro, al que cortó una oreja. :: efe

Con ambiente a favor, y con lote propicio, el torero de Lorca se entrega y cuaja con la izquierda el toro de premio, pero no pasa con la espada

BARQUERITO MADRID.

En la corrida de El Puerto vinieron dos toros de muy buena nota. Un segundo extraordinario que no solo planeó, sino que hizo por la mano izquierda el surco, que es el ideal del ganadero sabio; y un tercero, cinqueño, de fijeza, codicia y son muy particulares. La embestida murubeña del tercero tan en la línea Lisardo Sánchez de la ganadería; y la clase fuera de serie del segundo, que, acapachado, muy astifino, hondísimo, casi 600 kilos, fue de formidable pero armónico trapío. Un toro de una pieza. Se llamaba Cuba.

Frío de salida, oliscó, escarbó y apuntó sin disparar. Hasta que tomó engaño. El capote de Paco Ureña en lances ajustados y lineales, despatarrados, tirados sin duelo. La respuesta del toro, en tromba, fue indicio inequívoco de bravura. Apretó en un duro primer puyazo trasero y se fue suelto de un segundo todavía más trasero. Con los dos lanzazos pudo alegremente. Pronto en banderillas, no se hizo esperar. En un alarde, citando de largo, Ureña abrió faena en los medios. Vino el toro galopando y repitió, y siguió embistiendo. No frágil, pero no consintió dos leves tirones saldados con dos amagos de claudicar. Una claudicación en una segunda tanda en la distancia también.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Puertos de San Lorenzo (Lorenzo Martín).
uToreros
El Fandi, silencio en los dos. Paco Ureña, saludos tras un aviso y una oreja. López Simón, silencio tras un aviso en los dos.
uCuadrilla
Tito Sandoval probó su maestría en dos puyazos muy distintos al sexto, perfectos los dos. Pares notables de Vicente Osuna y Jesús Arruga. Saludaron los dos.
uPlaza
Madrid. 8ª de San Isidro. 22.800 almas. Primaveral, algo ventoso. Dos horas y cuarto de función.

Tal vez no fuera feliz la idea de irse Ureña tan largo. En solo la tercera tanda, y puesto Ureña por la izquierda y en distancia razonable, rompió el toro a lo grande. No se esperaba menos. Las tres tandas de naturales, el toro haciendo el surco en todos los viajes, pusieron la plaza a reventar. Muletazos de impecable ajuste, traídos por delante, bien volados, ligados, el remate de pecho airoso en las tres tandas. El grano severo del toreo grave y largo vino servido por una compostura exagerada. No abierto el compás, que ayuda a templarse, sino que Ureña se despatarró hasta donde dieron de sí las piernas. Varios muletazos mirando al tendido, pausas cortas pero un punto teatrales. Por ellas, y después de las tres tandas grandes, se perdió no poco el hilo. Al intentar retomarlo, muletazos frontales a pies juntos menos logrados que los del gran jaleo, Ureña sufrió un desarme, resuelto con un desplante. Sangre del toro llevaba el torero de Lorca en la taleguilla blanca y oro.

La sangre prestaba un acento dramático innecesario. La gente estaba más entregada que el propio toro, apenas visto por la mano diestra. No pasó Paco con la espada. Cuatro pinchazos, el toro suelto y dejado, un descabello. Gestos de Ureña por el mal logro final. Había runrún de dos orejas. Un aviso. Ovación para el toro en el arrastre. La más sonada de la feria para un toro.

El eco de la faena duró tanto que se celebró a lo grande el trabajo de Paco con el quinto, toro sin misterio, noblón y bondadoso, de ir y volver descolgado. Un trabajito sin la tensión del otro. Sin abandono tampoco. El remate por sedicentes manoletinas comunes se celebró todavía más que la faena. Y más que la faena una estocada a morir. De la reunión salió Ureña prendido y volteado. Se tuvo una pésima impresión primera. Solo fue la voltereta. Dobló el toro. Con su nota agónica, un triunfo legítimo y de compensación.

Sacar pecho, torear y embestir después de lo vivido en el segundo toro no fue sencillo. López Simón recorrió mucha plaza y abusó del toreo rehilado con el exquisito tercer toro del Puerto, que concilió sus cinco años y sus casi 600 kilos con una elasticidad sorprendente. Y una manera de humillar nada común. El hueso de la corrida fue un cuarto badanudo, cinqueño y lomillano, larguísimo, que buscó tablas una y otra vez, y tal vez chiqueros. El Fandi lo banderilleó con seriedad, rigor precisión -dos pares muy difíciles de dentro afuera- y lo manejó con la suavidad segura que da el oficio. Mal librado en el sorteo -los dos únicos toros de mala nota-, El Fandi anduvo sereno con el primero, muy mugidor, rebrincado a cabezazos, áspero y geniudo. A los dos toros los mató por arriba sin aliviarse. El segundo par de banderillas del primer toro fue un portento.

A tarde vencida, López Simón estuvo a punto de acoplarse con el bondadoso sexto, que fue toro de más a menos porque había enterrado en varas dos veces pitones. Una de ellas, en volatín. Era la tarde obligada de los isidros en las Ventas. El día del santo patrón, Durante la faena del sexto empezaron a pegarle vivas a todo. Mala señal. Los vivas a destiempo hacen daño a quien sea.

 

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