San Román y Collado, distinguidos y heridos

Percance de Diego San Román al entrar a matar al primero de su lote de El Parralejo. :: Juan Carlos Cárdenas/
Percance de Diego San Román al entrar a matar al primero de su lote de El Parralejo. :: Juan Carlos Cárdenas

El novillero de Querétaro impresiona por su valor. El de Torrent sorprende por su rico sentido, su calma, su entrega y sus despejadas ideas

BARQUERITO

valencia. Larga, desigual y accidentada, la segunda de las dos novilladas falleras dio pie a episodios muy vibrantes, solo que se saldó con dos novilleros heridos: el mexicano -de Querétaro- Diego San Román y el valenciano -de Torrent- Borja Collado, que hizo su debut en Valencia. En el saldo sangriento hubo tanto de infortunio como de arrojo y mérito.

El más bravo de los seis novillos de El Parralejo fue el primero, colorado ojo de perdiz, rechonchito y muy en el aire de los jandillas de caramelo, como dejó probado al descolgar en los primeros galopes y al salir de un primer puyazo cobrado con entrega. El tranco rítmico del novillo en banderillas no hizo presagiar que en la muleta fuera a venirse tan arriba como lo hizo. La agresividad de la bravura, alentada, además, por la manera de ponerse Diego San Román sin duelo. Sin trampa ni cartón. Encendidamente.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis novillos de El Parralejo (José R. Moya)
Toreros
Diego San Román, ovación tras un aviso. Herido al faenar de muleta y atendido de una cornada de dos trayectorias de 7 y 9 centímetros en el gemelo derecho. Miguel Senent 'Miguelito', vuelta, silencio tras aviso y ovación. Borja Collado, silencio y una oreja. Cogido por el quinto al entrar a matar, cobró una cornada interna en la zona inguinal. Operado en la enfermería de la plaza.
Plaza
Valencia, 4ª de abono. Fresco, soleado. 3.500 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Por percance de San Román, se corrieron los turnos de la segunda mitad y el cuarto de sorteo cerró festejo.

Ya había dejado claras su huella e intenciones en un saludo de recibo capote a la espalda de llamativa firmeza, y su garbo serio en dos largas revoladas que tuvieron acento de arrebato pero formidable firmeza. Después de un medido segundo puyazo trasero, quitó en su turno el debutante Miguelito Senent y replicó Diego en gesto que volvió a retratarlo: tafalleras acompasadas, dos revoleras y la brionesa de broche. La apertura de faena, de rodillas por alto y en tablas, consintiendo, y dos de pecho, carísimo el segundo de ellos, conmovió a la gente. No solo por la temeridad. Fue por el riesgo tomado, pues ya se había declarado el fuego del toro, sus embestidas a carbón batiente.

Se abrió al tercio el torero queretano y cuajó, tomando de largo el viaje primero, una tanda de cinco con la zurda muy embraguetada, y el de pecho tirado con apuros porque el toro apretó de qué manera. Por eso se cambiaría Diego de mano. En el mismo terreno, una tanda en redondo ajustada más que templada, y rehilada más que ligada porque el celo del toro no daba tregua. En la segunda tanda en redondo, acelerado el novillo, llegó la cogida y con ella la cornada en el gemelo. Se alarmaron las cuadrillas. Cojeando, Diego volvió entero y por las dos manos se puso en otras tantas tandas previas a la igualada. Soltando el engaño cobró cuatro pinchazos previos a la estocada, sonó un aviso, una ovación cerrada -compartida con la del arrastre del toro- mientras enfilaba la senda de la enfermería. Ya no salió.

Al entrar a matar

El percance del joven Borja Collado sobrevino en la reunión con la espada y en el quinto novillo de los seis jugados, un torote cabezón y corto de cuello, el más feo de los sorteados, uno de los dos de la corrida que derribaron en varas. De buena nota en el caballo fue casi toda la novillada de El Parralejo, pero este quinto -la cara alta, algo encogido, sin el golpe de riñón que tuvieron casi todos los demás- acabó resultando el menos propicio. No imposible.

Lo toreó Collado con firmeza notoria, sueltos los brazos, claras las ideas, listeza para armar una faena aplomada y ordenada, entre risueña y severa, y con la gracia propia del novillero todavía en agraz, pero despejado, decidido, valeroso. La prueba del valor fue doble en el remate de esa faena tan prometedora: una tanda de sedicentes manoletinas frontales -tres, tragando paquete- y, sobre todo, una estocada a morir, de echarse encima sin medir que el toro, abierto de manos, estaba con él y no con el engaño. Entró la espada en el chaleco, pero Borja salió feísimamente prendido y encampanado por la entrepierna. Rodado el toro, dio la vuelta al ruedo con la oreja tan bien ganada. Caló en los tendidos. El proyecto de torero tiene consistencia. Estaban buscando en Valencia un novillero con ganas y apareció por fin uno. Con el destino cruzado, porque el novillo de su debut, de excelente estilo, se rompió la mano izquierda en solo el tercer muletazo y solo cupo despenarlo. En los quites, propios o de turno, llamó la atención el capote de Borja: variedad, repertorio y compás.

En el duelo de valencianos contó solo lo justo el otro debutante, Miguelito Senent, del barrio de Campanar, tan fallero, extramuros de la capital. Una peña de cincuenta convecinos en un tendido de sombra no paró de apoyar, aplaudir y celebrar. Ortodoxo sin contar la serie de hasta tres largas cambiadas de rodillas en el recibo del sexto, amigo de torear al hilo del pitón y despegadillo aunque no sin asiento, un punto teatral, no supo Miguel acoplarse a un lote de tres y no dos novillos que, de calidades desiguales, fueron de interés.