Preciosa corrida de La Quinta

Javier Cortés da un paso de muleta. :: efe/
Javier Cortés da un paso de muleta. :: efe

Cinqueña y armada, complace a los toristas. Cuatro aplaudidos en el arrastre. Javier Cortés, hermosos momentos. Competente Rubén Pinar, muy valiente Thomas Dufau

BARQUERITO MADRID.

La corrida de La Quinta, toda cinqueña, dio un promedio de 590 kilos. En una ganadería de base Buendía la cifra fue una exageración. Y, sin embargo, pudieron con los kilos los seis. El sexto, el más visiblemente atacado de peso, fue de muy pastueño son y por eso pareció costarle algo más que a los cinco restantes. Fue corrida bien armada y muy astifina. En eso se llevó la palma un quinto de aire y porte agresivos. Por ser el más descarado y también el de más trapío fue ovacionado de salida. Para ese quinto y para tres más -segundo, tercero y cuarto- sonaron también las palmas en el arrastre.

Dieron buen juego, salvo el primero, que se volvió de salida, acabó doblando justo en el mismo umbral de toriles donde había vuelto pasos y, rebrincado, se revolvió, recortó y echó la cara arriba. Ni sencillos ni de regalar embestidas, los seis tuvieron fijeza, incluso un encastado tercero, de pinta y traza distintas a las de los demás que, algo mirón, se resolvió en embestidas punzantes, con un primer viaje muy batido en la muleta y, a cambio, repeticiones templadas y descolgadas. Sin ser incierto, pudo parecerlo.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi).
uToreros
Rubén Pinar, silencio y saludos. Javier Cortés, saludos y silencio tras aviso. Thomas Dufau, silencio tras aviso y palmas. Buenos puyazos a cuarto y quinto de Puchano y Juan Francisco Peña, que fue ovacionado. Pares de mérito de Abraham Neiro.
uPlaza
Madrid. 1ª de San Isidro. Primaveral. 14.000 almas. Dos horas y cuarto de función.

Más de público que de toreros

Fue, en fin, corrida más de público que de toreros. Eso se dejó sentir en las protestas por el abuso de los puyazos traseros, que castigaron en exceso a los tres primeros de corrida, pero no a los tres últimos, que fueron de mejor nota en el caballo, no se sabe si por mejor tratados o porque esa era su condición. El sector torista de las Ventas se empeñó en convertir el tercio de varas del quinto en una prueba de tentadero por todo inapropiada. El toro, que le había entrado por los ojos a todo el mundo por la belleza de su lámina, derribó en el primer encuentro con el caballo, a cuyo reclamo acudió como un cohete. La manera de encampanarse en cuanto veía al caballo parecía augurar un tercio formidable o un ejercicio de suprema bravura. No fue así.

Javier Cortés atendió las intenciones de los que quisieron ver puyazos históricos y pecó de dejar de largo al toro no solo en la primera vara sino en los sucesivos intentos, cargados de tiempos muertos. El toro, que escarbó de fiero, volvió grupas en busca del caballo de puerta. Pronto en la muleta, ese quinto fue el más brioso de todos, y se vino de largo pero no humilló. Sí lo hizo el bondadoso sexto y, tapado, lo acabó haciendo el cuarto también. El segundo tendió a salirse de suerte suelto. El tercero aprendió y, a la hora de la igualada, apretó para los adentros.

Anduvieron serenos, firmes y dispuestos los tres de terna. Cada uno de ellos, en su circunstancia y en función de sus lotes. Javier Cortés logró los momentos más redondos y felices de la corrida con el quinto toro y con la mano izquierda. No solo eso: su aplomo en todas las bazas, su diligencia y seguridad. Su manera de embraguetarse con el segundo antes de que dos enganchones sucesivos cortaran el fluido. Una manera de pisar propia del torero seguro de sí mismo.

Rubén Pinar, que cobró con el cuarto la estocada de la tarde, le halló el cómo al cuarto, que en sus templadas manos llegó a parecer hasta dócil -porque la faena, de ricos recursos, fue también de autoridad- y resolvió sin apuros los problemas del primero, solo que, precipitado, lo mató de estocada muy delantera.

Thomas Dufau estuvo muy valiente. No solo el detalle de recibir al tercero de rodillas a porta gayola, sino, sobre todo, su firmeza irreprochable: ni un paso atrás cuando los ataques del tercero llevaban carga de mucho voltaje y, además, cuando el son apacible del sexto pidió colocación. Es decir, ponerse en eso que entre taurinos se llama «el sitio». Con la espada, certero y bravo, arriesgó sin duelo. Pecaron de largas o por exceso las faenas, salvo las dos de Cortés. Más breves y el espectáculo habría latido de otra manera.