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El diestro Cayetano, al quite del primero de El Juli. :: EFE / José manuel vidal/
El diestro Cayetano, al quite del primero de El Juli. :: EFE / José manuel vidal

En tarde ventosa y espesa no se acopla con toros de su ganadería de cámara. Cayetano, firme y digno. Ventura crea con su cuadra un espectáculo de gran intensidad

BARQUERITO SEVILLA.

El cuajo de los dos toros de Los Espartales despuntados para el rejoneo fue tremendo. Ninguno de ellos se avino al tipo acarnerado propio del encaste -la línea Urquijo de Murube- pero los dos galoparon, los galopes se fueron acompasando a medida que Diego Ventura fue prendiendo hierros y los dos terminaron en los medios. Más a la espera que peleando, pero sin defenderse. Dieron excelente juego.

Se supone que el toro de rejones tiende a pararse cuando no va encelado, pero aquí se vivió la excepción a la regla. Diego Ventura puso de su parte todo y más. La exhibición de doma y cuadra fue formidable. El primero de corrida, abanto de partida como buen murube, no tardó en rendirse y atender a templados galopes de costado, aire y suerte en los que se prodigó Ventura en sus dos turnos. Los méritos fueron muy parecidos pero distinto el celo de los toros. Más agresivo el cuarto, más pastueño el primero.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Dos toros despuntados -1º y 4º- de Los Espartales y cuatro en puntas de Domingo Hernández.
Toreros
Diego Ventura, saludos en los dos. El Juli, silencio tras un aviso y silencio. Cayetano, vuelta al ruedo en los dos.
Plaza
Sevilla. 8ª de feria. Nublado, ventoso. Lleno. 12.500 almas. Dos horas y veinticinco minuto de función.

Los galopes de costado, cosidos con soluciones a dos pistas y con el toro empapado en la grupa como si la grupa fuera muleta de lastre, provocaron general delirio. El sentido del toreo, también, pero de otra manera. Los alardes fueron unos cuantos: un farpa reunida tras espera de Ventura aculado en tablas y librada la reunión muy por mínimos; dos pares de banderillas a dos manos sobre una montura despojada de cabezal; un cuarteo con clavada al violín; cites medio arrodillando Diego al caballo; toreo calmoso con la bandera; intentos casi logrados de toreo al pitón contrario; entradas y salidas por terrenos inverosímiles.

Aplausos para los caballos

El hilo continuado de las faenas sin gestos gratuitos, el impagable acompañamiento de la banda de música y la gracia de aires de recreo -una levada perfecta y sostenida, piafés, paso españo- contaron mucho más que errores menores en las clavadas y el infortunio de no acertar a tiempo con el rejón de muerte en ninguna de las dos bazas. Diez caballos trajo Ventura para trabajar y torear con él y los diez acabaron saliendo a pista para regalo de la inmensa mayoría. Para todos hubo aplausos de reconocimiento cuando volvían a la cuadra. Para el toro más importante de Los Espartales, el cuarto, una gran ovación en el arrastre.

En calidades compitieron los dos toros despuntados y los cuatro en puntas del hierro de Domingo Hernández que se sortearon a mediodía. Cuatro toros distintos. Un segundo de lindo remate, astifino pero cornicorto y justo de trapío; un tercero chorreado en verdugo con menos carnes pero más plaza que el recién jugado; un quinto negro -el único de esa pinta en envío de mayoría colorada- con todo en orden; y un sexto de mucha culata pero mejor hecho que los demás. Los tres colorados fueron muy nobles; al negro, que acusó un volatín demoledor, le costó pasar más que a los demás. Pasar, descolgar y repetir, que fue lo que hicieron los dos de lote de Cayetano y el primero de El Juli, que derribó a Barroso en el primer puyazo y metió de bravo los riñones en el segundo.

Apareció el viento

Es probable que ese toro de El Juli fuera el de mejor nota, pero hizo su aparición el viento y El Juli, impaciente, pecó de precipitado, no salió limpia ninguna de las tres primeras tandas, hubo que cambiar de muleta y a la hora de meterse en honduras tocó rectificar, perder pasitos y, detalle nervioso, pegarle Julián al toro muchas voces. La precipitación se reprodujo cuando hubo que descabellar. Los papeles que son en tardes de viento la aguja de marear estaban en tablas junto a la puerta del Príncipe pero El Juli se enredó con el quinto en el tercio opuesto, al pie de los músicos. El enredo fue una faena larga, empeñosa y farragosa, gritona. Una tarde, por tanto, espesa.

Los dos toros de Cayetano salieron buenos, solo que el tercero se soltó mucho antes de banderillas y adelantó por las dos manos; el sexto enterró pitones dos veces a comienzo de faena pero se sostuvo de sobra, y fue y vino con notable ritmo. Cayetano estuvo firme, sereno y entregado en las dos bazas. Más templado y encajado que ajustado con el toro que casi gazapeaba; roto y valiente con el sexto, al que consintió en el mismo platillo y con el que dibujó los muletazos más redondos de toda la tarde. Medios o enteros, de buen compás, tirados a tiempo, hilvanados. Cuando se arrancó la banda, se oyeron protestas menores. Las dos estocadas fueron a morir. Letales las dos.