Pablo Mora, triunfador del Certamen de Novilleros 2018

El novillero extremeño Alejandro Fermín, durante la final del concurso madrileño. :: PLAZA de las ventas/
El novillero extremeño Alejandro Fermín, durante la final del concurso madrileño. :: PLAZA de las ventas

El torero de Moralzarzal hace méritos sobrados y gana con ventaja el goloso concurso de Madrid, en el que el extremeño Alejandro Fermín fue finalista

BARQUERITO MADRID.

El Espartaco ganadero llevaba seis años sin lidiar una novillada completa en Madrid. La de 2012 salió seria, brava y buena. Y, luego, nunca más se supo. Poco más se supo de Alberto Durán, un novillero zamorano -de Villamor de los Escuderos, en La Guareña- muy capaz y preparado que encabezó la terna de aquella novillada y convenció. Una brillante alternativa en Zamora y al pozo de la marginación casi de golpe. Volverán los novillos de Espartaco antes o después, porque este regreso a las Ventas quedó marcado por la variedad, el buen juego y el serio empleo de casi todos los novillos de banderillas en adelante. Quedará por satisfacer la curiosidad de una corrida de toros en regla. De las dos líneas de la ganadería: la mixta de Torrestrella y la de Los Guateles de ascendencia pura de Juan Pedro Domecq. Las dos líneas embisten, las dos tienen plaza y cara. En tipo las dos, presentes en esta traca final.

Lo seguro es que, en la novillada de la próxima feria de Otoño de las Ventas, el viernes 28 de septiembre, estará de vuelta Pablo Mora. Para el triunfador del Certamen de verano está reservado uno de los tres puestos. Un jurado anónimo de especialistas -con el añadido de un voto decantado procedentes de las redes sociales- declaró al novillero de Moralzarzal triunfador por unanimidad. Lo fue en las urnas, en el voto especializado y, con ventaja, lo fue en el ruedo también.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis novillos de Juan Antonio Ruiz Román (Espartaco).
Toreros
Alejandro Fermín, silencio tras aviso en los dos. Rafael González, silencio tras aviso y vuelta muy protestada. Pablo Mora, silencio y vuelta tras un aviso. Buenos puyazos de Tito Sandoval. Miguel Martín y Raúl Ruiz cumplieron en brega y banderillas con su facilidad y buen sentido de siempre.
Plaza
Madrid. 51º festejo de temporada. Final del Certamen de novilleros. 8.200 almas. Calor sofocante. Dos horas y veinticinco minutos de función. Pablo Mora, declarado por unanimidad triunfador del Certamen.

No se sabe si bendecido de la fortuna, pues el primero de lote -tercero de corrida y sorteo-, muy astifino, fue toro distraído, deslumbrado e incierto y, vista la corrida entera, el único de los seis, o siete si se cuenta el sobrero, con problemas para torero novel. Los muletazos con los que Pablo Mora dejó cuadrado el toro fueron sorpresa por primorosos. La estocada, notable.

Arrastrado ese tercero, a mitad de festejo, flotaba la posibilidad de que el concurso pudiera declararse desierto, pues el cacereño Alejandro Fermín, firme y resuelto, no terminó de entenderse con un primero un punto mansito, pero de embestidas descolgadas y pastueñas por la mano derecha, y el toledano Rafael González, que venía en papel de favorito, todo desparpajo y asiento, impostada teatralidad, muchos paseos gratitos, muy pendiente de los tendidos, tampoco redondeó con el segundo de la noche, uno de los tres de nota del envío. Fermín no pasó con la espada. La estocada de Rafael, muy trasera, necesito el refrendo del descabello y sonó un aviso, que en Madrid suele ser fatal. Señal pésima.

Faena valerosa de Fermín

Como estaba por dilucidarse el concurso, los tres últimos novillos parecieron los cartuchos definitivos. El cuarto, muy armado -acodado, astifino-, salió con muchos pies y, sin gobernar en el engaño, llegó a descomponerse al cabo de una faena de Alejandro Fermín valerosa pero temeraria, acelerada, salpicada de soluciones desangeladas -los cambiados intercalados por la espalda del repertorio Roca Rey, las sedicentes bernadinas- y rematada sin fortuna con la espada: un pinchazo hondo, nueve descabellos. La cosa había empezado con cuatro largas cambiadas de rodillas en tablas y un reto en quites con Rafael González más atrevido que logrado por las dos partes: saltilleras, los rizos de El Calesero, los lances del Zapopán.

El quinto, engatillado, muy bien rematado, fue el mejor de todos, el que mejor cumplió en varas, el de más fijeza y mejor son. Con él vino una versión de Rafael González bastante más segura que la primera, pero con dos pecados visibles: el exceso de pausas y paseos -raudas salidas marciales y gesticuladas de la cara del toro- y el caro error de torear muy encima, por fuera, y al toque y no con los vuelos. La nobleza del novillo consintió. Los cabales, no tanto. Una estocada cobrada con fe, un descabello y una vuelta al ruedo por libre que provocó la bronca de la velada. No se recuerda una vuelta al ruedo tan protestada en las Ventas. Le tomaron a Rafael el número de la matrícula.

El todo o nada quedó para los postres, que fueron dos: un sexto novillo de hechuras y elasticidad sobresalientes, que se lastimó en un puyazo trasero y fue devuelto no se sabe sin con precipitación, y un hondo sobrero con cuajo de cuatreño que se peleó con genio en el caballo -picó muy bien Tito Sandoval, lidió con preciso mimo Raúl Ruiz- y que, aunque justo de celo y gas en la muleta, descolgó y se entregó, y repitió despacito. Y ese fue el toro de la faena de la noche y del certamen todo. Sobre todo, cuando Pablo Mora dio con el terreno, la distancia, la mano y el cómo: la muleta por delante, el toro embarcado, el muletazo a la cadera, sorprendente cadencia, la figura vertical, suave el encaje, pulso sereno, naturalidad, pases de pecho preciosos ligados con el natural. Porque fue toro de izquierdas. Media estocada atravesada y un aviso. Pero ya estaba el botín cobrado y limpiamente ganado.

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