Pablo Aguado, la confirmación

Pablo Aguado remata un derechazo al toro con el que ayer confirmó que es el torero revelación de la temporada. :: efe/
Pablo Aguado remata un derechazo al toro con el que ayer confirmó que es el torero revelación de la temporada. :: efe

El extremeño Ginés Marín corta al primero de su lote la única oreja de la tarde con una faena decidida Una semana después de su consagración en Sevilla, provoca un indescriptible delirio en Madrid

BARQUERITO MADRID.

Para ver al Pablo Aguado consagrado hace siete días en Sevilla, ya revelación indisimulable, hubo que esperar poquito. En su turno con el segundo toro de Montalvo, el mejor de la corrida, se dejó ver, sentir y querer en un quite de tres verónicas dibujadas a cámara lenta -la segunda, extraordinaria-, las tres en un puñadito y a capote mecido, y un remate improvisado, un lance recortado de acento distinto. La ovación fue cerrada, y compartida por separado con Óscar Bernal, que, jugando con el caballo, le había pegado al toro dos puyazos soberbios, de vara larga y medidos, arriba los dos. Cuando Aguado ya estaba fuera de escena, todavía batían las palmas por el gran piquero salmantino.

El quite de Pablo no fue de acabar con el cuadro, pero lo que se vio de toreo de capa después no contó. Ni el empeño de Luis David, que replicó por lances del Zapopán a las tres verónicas del quite, ni las burbujas de un quite por chicuelinas de Ginés Marín en el tercero y no el sexto toro, que fue el de la confirmación en Madrid de todo lo visto en Sevilla la pasada semana. No todo. Solo una parte del todo, pero con ella, y en ese sexto toro, bastó para quedar Pablo proclamado por lo que es y por lo que representa: la reinvención del toreo aprendido de las fuentes de la llamada escuela sevillana. El toreo de Sevilla. No el repertorio entero -sí la sensibilidad, el asiento, los brazos, la idea- pero es que ni el sexto de Montalvo, con su bondad pero su menguado poder, ni mucho menos el destartalado sobrero de Algarra jugado de tercero bis se acercaron a las calidades o el ritmo de los dos de Jandilla de la consagración del 10 de mayo.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Cinco toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero) y un sobrero -3º bis- de Luis Algarra.
uToreros
Ginés Marín, oreja tras aviso y silencio tras aviso. Luis David Adame, vuelta y silencio. Pablo Aguado, silencio y gran ovación.
uSubalternos
Óscar Bernal picó con excelencia al segundo y fue muy ovacionado. Completo con banderillas y capa Miguel Martín.
uPlaza
Madrid. 5ª de San Isidro. Primaveral, algo ventoso. 21.150 almas. Dos horas y media de función.

Para ver a Aguado en plenitud hubo que esperar mucho más de lo deseado. Y no solo por ser tercero de terna, ni porque el sexto, un toro Tapado de casi 600 kilos, se soltara a las nueve y cuarto de la tarde noche, más de dos horas de función para entonces. Es que el viento descubrió tanto a Pablo cuando quiso estirarse con el tercero de sorteo, un cinqueño negro y playero de fea traza, que hubo de desistir. Toro de frágiles apoyos, tambaleante, pero encelado en el caballo de pica. Una bronca protesta contra el toro provocó el pañuelo verde y la salida del sobrero de Algarra, que estuvo a punto de arruinar la fiesta y de cargarse al protagonista de la obra en el primer acto.

Muy descarado, cabalgadas sueltas, el toro, sin fijar ni ver todavía, tomó el capote de Aguado de rayas afuera y en el dibujo del cuarto lance se vino al cuerpo y empaló al torero por la corva derecha y, tras voltereta tremenda, lo piso en el suelo. Se temió una cornada. Solo el batacazo -un esguince leve en la rodilla derecha, según parte médico- y contusiones en frente y mano, un puntazo en el glúteo. No importó. Tocó pasar la prueba del valor, y fue con ese sobrero, que adelantó por las dos manos, por las dos se coló y volvió a coger a Pablo y a levantarle los pies y echárselo a los lomos solo en la tercera tanda de un trasteo ya sellado por el primor. Después de la cogida, Pablo toreó a compás por la izquierda. Dos tandas suaves y tragonas. Hubo clamor, que un pinchazo bajo y una estocada en los blandos apagaron casi en seco.

Hasta que llegó la hora barruntada. La última hora. El sexto Montalvo se abrió pero se soltó mucho de salida, y no hubo lances de dibujo, correteó sin galopas, se empleó en varas y en banderillas y apuntó el noble son de después. Algo de viento, Aguado se fue al terreno donde se torea en las Ventas con viento: tercio, rayas o tablas del sol del 5 y el 6. Ahí fue, tras brindis al público, el acontecimiento. Una faena exquisita por todo: los tiempos, las tomas, el ritmo, el compás, la calma absolutamente extraordinario, el imposible torear más despacio y más para dentro, el ligar sin perder ni un mero pasito, el medir los viajes del toro como si los acariciara y el saber decirlo todo en veinte frases, veinte muletazos. Dos últimas tandas con la izquierda fueron apoteósicas. No hubo muletazo que no tuviera por subrayado un olé rugido. Formidable. Pero no entró la espada. O entró pero atravesada y asomando. Y dos pinchazos. Y, agotado de vaciarse, Pablo tuvo que sentarse en el estribo después de arrastrado el toro.

El color del resto empalideció de golpe. El decidido y ajustado trabajito de Ginés Marín con el primer Montalvo, que cambió para bien en banderillas y tuvo por la izquierda estilo bueno; ni el afán de Luis David con el notable segundo, al que pegó tandas templadas y valerosas pero de eco desigual; ni muchos menos el desconcierto de Ginés con un hondo y encastado cuarto con el que no se entendió ni la falta de recursos de Luis David con un quinto parado de los de ir y venir.