Dos novillos de nota de Sánchez Herrero

Daniel Menés durante la faena a uno de los dos novillos de Sánchez Herrero que le cayeron en suerte. / PLAZA1
Daniel Menés durante la faena a uno de los dos novillos de Sánchez Herrero que le cayeron en suerte. / PLAZA1

Los dos, en el lote de un bullidor Daniel Menés. El catalán Abel Robles reapareció con desigual forturna. Miguel Maestro salió ileso de una cogida muy aparatosa

BARQUERITO MADRID.

En el tercero de los tres festejos previos a la Corrida de Inauguración en Madrid se jugó una seria y pareja novillada de Sánchez Herrero. Impecable la presentación, con un quinto descarado y afiladísimo. Serias las hechuras propias de su encaste, la línea Raboso-Fonseca, que da talla y volumen, cabos finos, hondura. Y seria la conducta de todos sin excepción. Juntos en el mismo lote, dos novillos de alta nota, tercero y sexto, prontos, nobles, de mucha entrega, descolgados desde el primer viaje; codiciosos otros dos, segundo y quinto; bravo y encastado pero sin las calidades de los dos sobresalientes un cuarto con cuajo de cuatreño; de menos interés un primero que, pegajoso, cabeceó y se rebrincó. El hierro de los hermanos Sánchez Herrero tuvo un feliz estreno en Las Ventas hace ahora ocho años. El nivel se ha mantenido a lo largo del tiempo. Alto el pabellón.

Nutrida afición catalana

Fue tarde fría y desapacible. No llovió recio pero no paró de lloviznar. Agua mansa que puso a prueba la calidad del piso de la plaza. Arena permeable. Una alfombra. Muy poca gente. En el tendido de capotes, los bajos de sol y sombra del 8, nutrida representación de la embajada catalana de aficionados nómadas, irreductibles. Toreaba un novillero del país, Abel Robles, de Olot, el penúltimo bastión del toreo en Cataluña.

Solo hace siete meses Abel sufrió un ictus cerebral ya superado. Un mes antes del accidente, había matado más que dignamente una novillada de Dolores Aguirre en Madrid. A los irreductibles brindó Abel la muerte del novillo de la reaparición. Con el anduvo animoso y acelerado, más firme que templado, bien colocado, valiente, desbordado cuando el novillo apretó y muy desafortunado con la espada, pues una estocada tendida y atravesada, cobrada al tercer viaje y sin muerte, acabó haciendo sonar un tercer aviso, que siempre tiene algo de infamia.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis novillos de Hermanos Sánchez Herrero.
Toreros
Miguel Maestro, palmas y silencio tras aviso. Abel Robles, silencio tras tres avisos y silencio tras aviso. Daniel Menés, silencio y palmas. Alejandro Lalana, arrollado por el sexto a la salida del caballo, pasó por su pie a la enfermería con un puntazo en el muslo.
Plaza
Madrid. Tercer festejo de temporada. Frío, llovizna de principio a fin. 3.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función.

A la infamia supo sobreponerse Abel, que no volvió la cara con el quinto, ofensivo y muy astifino, sino que lo aguantó en cites a la distancia y en sus repeticiones, tragó paquete sin descomponerse a pesar de no ir el toro gobernado y ahora sí, al segundo intento, dejó una estocada trasera. Estocada de muerte resistidísima y lenta al abrigo de las tablas, pero sin apoyarse en ellas. Sonó un aviso, Recostado contra la boca de un burladero, acabó rodando sin puntilla el toro. En el haber de Abel, un buen quite por gaoneras al novillo que partió plaza.

Sin sufrir

Con los dos novillos de nota anduvo muy bullidor Daniel Menés. Registros con el capote que retratan a los alumnos de una escuela taurina tan atenta en ese punto como la de Madrid: faroles, la verónica ligera, la chicuelina perfilera, la media en recorte, la serpentina, una interpretación confusa del lance de El Calesero. Y, luego, dos faenas de un rigor mecánico favorecido por la inercia de embestidas ricas, justas de ambición porque no hubo tanda que pasara del cuarto muletazo cuando más los pedía cada uno de sus toros, formal postura y encaje relativo en el toreo a pies juntos, algún logro no menor -una tanda de ayudados con la izquierda, dos pases de pecho obligados-, reuniones despegadas. Sin sufrir.

Veterano, treinta y cuatro años cumplidos, Miguel Maestro resolvió la papeleta del celoso primer novillo -fácil, serena compostura- y superó con admirable entereza una situación dramática: el cuarto novillo lo empaló feamente en el arranque de una tercera tanda en casi los medios, lo encampanó y vapuleó con mucha violencia y salió Miguel del trance sin dolerse. «Sin mirarse», decían los clásicos. Detalle caro, solo que disuelto en mitad de un trasteo desigual. Después de la cogida, se descompuso el toro. O se distrajo.