Notable Octavio Chacón, herido grave Juan Leal

Chacón, con el segundo de su lote, al que dio una estocada de cortar la respitración y cortó una oreja de ley. :: efe/
Chacón, con el segundo de su lote, al que dio una estocada de cortar la respitración y cortó una oreja de ley. :: efe

Una de Miura con dos sobreros y una segunda parte de angustia por un cuarto muy violento y un fiero e intratable sexto

BARQUERITO BILBAO.

Ni el primero ni el segundo de los seis toros de Miura, muy bien hechos los dos, sacaron pinturas de guerra. Tardo, apacible y apagadito, el primero solo a última hora, revuelto, pidió la cuenta. Octavio Chacón lo lidió con empeño y primor muy particulares, y con serenidad llamativa y en un solo terreno fue dueño de la pelea, que no fue tal. Alguna tarascada por falta de fuerzas. Seguro, en aire clásico, Chacón resolvió como si tal cosa. Una buena estocada. La mejor de la corrida, pero no la de mayores méritos.

El segundo, cárdeno como el primero, musculado, salió con alegría, remató y estuvo a punto de soltarse tras la larga cambiada de rodillas con que Pepe Moral lo saludó en tablas, pero enseguida tomó el capote por los vuelos, Cinco verónicas de amplio espectro y bien tiradas, la media de broche y un galleo por lances de costado muy celebrado, Muy vistosa la revolera genuflexa con que dejó Moral en suerte al toro, que en varas no tuvo para nada el son de salida. Cabeceó en la primera, protestó mucho en la segunda y, atento con todo y con nada y por eso incierto, estaba de pronto sangrando hasta la pezuña. Se enteró incluso al apagarse, adelantó por las dos manos, echó la cara arriba, terminó por quedarse debajo. No pasó apuros el torero de Los Palacios, ducho en la ganadería y en el oficio. Ha matado miuras de colmillo retorcido, unos cuantos, y con este no sudó ni gota. Una estocada atravesada, rueda de peones, se echó el toro.

FICHA DE LA CORRIDA

Toros
Cinco toros de Miura -el sexto, primer sobrero- y un segundo sobrero de Toros de Salvador Domecq, que hizo quinto bis.
Toreros
Octavio Chacón, saludos, una oreja y silencio en el que mató por cogida de Leal. Pepe Moral, saludos y vuelta. Juan Leal, oreja. Herido en el muslo derecho. Cornada de dos trayectorias de pronóstico grave.
Plaza
Bilbao. 9ª de las Corridas Generales. 5.500 almas. Soleado, ligero fresco. Dos horas y cuarenta minutos de función.

Enseguida dio comienzo otra corrida. De Miura -inconfundibles las hechuras, el aire, la rareza de carácter- pero nada que ver con ese prólogo sin mayores problemas. Prólogo, por cierto, demasiado largo. En un libro no escrito, simple tradición oral, se viene recomendado hace muchos años la brevedad con el toro de Miura. Sea como sea. Acodado y muy alto de agujas, el tercero quiso de partida encaramarse en el burladero de capotes. El intento se resolvió con un sonoro estrellón. Tras el trastazo, el toro echó las manos por delante, arrastró cuartos traseros y claudicó. Se reclamó la devolución, aunque el toro se durmió fijo en el caballo de Germán González, un excelente picador. Ni el puyazo dormido ni un segundo muy seguido libraron al toro del pañuelo verde. Hizo correr turno el francés Juan Leal, que se había ganado la repetición en Bilbao tras su notable prestación de hace un año, aquí mismo y con una poderosa miurada.

Había en toriles todavía cuatro miuras. Los cuatro, marca de la casa. El toro del correturno, sexto de sorteo, salió doliéndose de la divisa, tuvo la prontitud tan privativa de su sangre y se empleó en dos varas. La primera de ellas lo dejó parecía que para el tinte. Solo lo parecía. Chacón quitó el toro del caballo con bellos lances de pulso. Pronto también en banderillas, pero aquerenciado en el burladero opuesto a toriles, donde había sido picado, tardó en atender un cite muy temerario de Juan Leal, hincado de rodillas en la boca de riego, pero, cuando lo hizo, vino con todo. Dos muletazos librados a modo. En el tercero el toro hizo presa, prendió a Juan por la chaquetilla y le sacó el chaleco por la cabeza sin que se entienda cómo. Tampoco se entendió que el torero de Arles saliera ileso.

El público pasó miedo

Ileso y crecido, puesto sin miedo, la adrenalina descargada toda en la cogida sin cornada, y, sin temblor de ánimo ni de piernas, volvió al toro como si tal, encajado y vertical, al hilo, la muleta al hocico, muletazos muy despaciosos, un cambiado por la espalda de los de Roca Rey intercalado, una brava pelea. Entonces empezó a pasar miedo la gente. Mas que el torero, que aguantó dos quedadas debajo sin inmutarse y atacó con la espada en la suerte natural y atracándose tanto que salió prendido y, ahora sí, herido en el muslo derecha. Una cornada grave. Y con ella una oreja de su precio.

Desde el día del desembarco de la corrida en los corrales, uno de los miuras se había hecho famoso. Por haber arrancado de cuajo uno de los portones de maniobra y por haberse liado a golpes con los que ya estaban bajados del camión. Un toro loco, decían. Fue el cuarto de sorteo. 630 kilos, tantos como el devuelto, y el primero, y el sobrero. Para sorpresa de todos, no fue la fiera corrupia que se anunciaba. No paró de bramar, se repuchó de bravucón en el caballo, se enteró de todo y más, tiró trallazos y más trallazos a la cabeza y no repitió ni un solo viaje.

Y, sin embargo, Chacón, admirable entereza, todavía más sereno que la primera baza, le ganó la partida. En los ataques más descompuestos los libró con obligados de pecho que la gente subrayó con olés cerrados, le supo andar por delante, perderle pasos, engañarlo y hasta desplantarse dos veces porque se sintió así se seguro y torero. La lidia de salida había sido de nuevo precisa y severa. Y la estocada, complicadísima, porque el toro medía tanto como él, fue de cortar la respiración. Por el derrote del toro al sentir el hierro. Y por el detalle tan riguroso de salir de la suerte sin soltar el engaño que el toro le había tratado de arrancar de las manos más de una vez. No hubo petición mayoritaria, pero el presidente tuvo la sensibilidad de recompensar a Chacón con una oreja de ley.

El más miura de todos

Al quinto miura lo esperó Moral de rodillas en tablas no para una larga cambiado sino para dos. No fue brillante la idea, porque el toro, frío o acalambrado, acusó el castigo y más todavía el de un duro puyazo del que salió con ganas de soltarse. Fue devuelto. El segundo sobrero, de Salador Domecq, cinqueño pasado, aire de toro viejo, llevaba en los corrales desde el pasado domingo y había sido enchiquerado varias veces. No lo acusó. Fue de ir y venir, y sencilla pero un punto laboriosa una faena de Pepe Moral de desiguales logros y sin remate con la espada.

El miura que estaba por salir, el primer sobrero, el toro que se había dejado Juan Leal, fue el más miura de todos: muy abierto de cuerna, zurció a cornadas un burladero, regateó antes de varas, esperó, cortó e hizo hilo en banderillas y a los cinco viajes, ni uno más, ya había desarrollado sentido de toro predador, violento, listísimo, de verlo todo y anticiparse antes de que Chacón pudiera ni tocar ni protegerse. Hubo dos desarmes. La pelea fue de sufrir. Y la espada entró por el único hueco posible. El último toro de la semana fue con diferencia el peor de todos. Intratable.

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