Notable corrida de Valdellán

El diestro Fernando Robleño a un pase a uno de sus astados. :: efe/
El diestro Fernando Robleño a un pase a uno de sus astados. :: efe

Representación de los santacolomas de Salamanca, la ganadería leonesa, debutante en San Isidro, sirve un toro extraordinario y un conjunto de interés

BARQUERITOMADRID.

No la única, pero la virtud mayor de la corrida de Valdellán fue la de ser distinta a cualquiera de las veintiuna jugadas por delante en la feria. Lo fue para bien. Distinta a las cuatro de común estirpe -la de La Quinta y las tres de identidad Albaserrada- y muy diferente de las de sangres Domecq, Núñez o Atanasio. La referencia de los santacolomas de Salamanca es en San Isidro historia pasada y perdida, y no olvidada pero casi. La corrida de Valdellán la devolvió al que fue su escenario habitual en los años 50 y 60, y no tanto a partir de entonces.

Seis toros, a su vez, bastante diferentes entre sí. Las hechuras, el volumen, el cuajo, el remate, las caras. Generoso escaparate. Un primero negro berrendo y calcetero; dos cárdenos oscuros y no claros, tercero y cuarto; dos negros bragados; y un quinto entrepelado, que fue pinta distintiva del encaste y ya no. Tres toros cinqueños, que se abrieron en lotes, y cuatreños los otros tres, que dieron más promedio de pesos que sus mayores.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Valdellán (Fernando Álvarez).
Toreros
Fernando Robleño, palmas en los dos. Iván Vicente, silencio en los dos. Cristian Escribano, pitos tras dos avisos y palmas.
Cuadrilla
Francisco Navarrete y Adríán Navarrete, padre e hijo, picaron a modo a tercero y sexto. Brega competente de Joselito Rus y José Chacón. Raúl Cervantes prendió al sexto dos pares soberbios.
Plaza
Madrid. 29ª de San Isidro. Soleado, fresco, muy ventoso. 13.988 almas. Dos horas y siete minutos de función.

La palma en la báscula se la llevó un sexto de 656 kilos, que, todo nobleza y en un primer choquetazo brutal, puso a prueba el corazón del único tordo de la cuadra de caballos de José García y el del picador que lo montaba, Adrián Navarrete, que debutaba en San Isidro. Lo mismo que el ganadero, Fernando Álvarez, criador por amor al arte de criar reses bravas. Su fama bien ganada en el circuito de la Francia torista propició el debut de hierro, ganado y ganadero en Madrid el pasado septiembre. Fue la sorpresa del calendario de desafíos ganaderos, antes llamadas corridas de encastes minoritarios. Con las bendiciones del sector torista de las Ventas, Valdellán se ganó el derecho a debutar en San Isidro. Sin contar a un ganadero de la categoría del mexicano Alberto Bailleres con el hierro de Zalduendo, que es otra historia, quien en rigor se estrenaba era Fernando Álvarez.

La corrida se vivió en ambiente torista y con los jacobinos a favor de obra. Al ambiente y las expectativas respondió la corrida, no toda entera, pero con la balanza a favor. Solo hubo un inconveniente muy grave: una tarde de viento enredadísimo, que hizo estragos y no dejó sin barrer ni un solo rincón del ruedo. El viento condicionó la lidia de cuatro de los seis toros -solo tercero y sexto se libraron algo de la maldición- y, con matadores y cuadrillas tantas veces al descubierto, el juego se vio muy trampeado.

Hubo en la muleta, y antes en el caballo pero no tanto, un tercer toro extraordinario, el más en el tipo fijado en la ganadería de procedencia -Pilar Población-, que, puro carbón, hizo al embestir el surco con son de auténtico vértigo, irrefrenable codicia, repeticiones de escándalo y, solo al tomar engaño, una fijeza sobresaliente. Cuando no embestía tan en torrente, entre pausas parecía distraerse a capricho. Veintitantas embestidas de antología, que no le vinieron ni grandes ni pequeñas a un matador debutante también en San Isidro, Cristián Escribano, solo que en un momento dado le tocó vivir el vuelco de la gente sin condiciones a favor del toro. Indeciso con la espada, sufrió la afrenta de los dos avisos y casi tres.

No fue el único toro de nota. La bondad y el tranco a compás del sexto y el temple de un quinto tan playero que costaba ajustarlo en la muleta -y el viento por medio- llamaron la atención. El bravo cuarto fue toro demasiado celoso y de cortar, por tanto, viaje. Los dos primeros no corrieron la misma fortuna. El primero se soltó muchísimo, pero metió la cara por el pitón derecho con buen aire. Se acabó largando por su cuenta. El segundo fue con diferencia el de peor nota en todo: caballo, banderillas y más después.

Robleño, recibido con una ovación, manejó la cosa con fino instinto de digamos perro viejo. Habilidoso, le ganó por la mano al primero, que lo miró mucho, y resolvió la papeleta del pegajoso cuarto sin sufrir. A los dos los tumbó de notables estocadas. Iván Vicente fue el más castigado por el viento, que hizo imposible la pelea con el agrio segundo y lo puso dificilísimo con el playero quinto, y más cuando se dejó sentir la toma de partida por el toro. Cristián Escribano anduvo sereno y calmoso, sin aflicciones ni dudas, con el monumental sexto. Tres toreros de la provincia de Madrid. Una mera coincidencia.