Al natural, espléndido Álvaro Lorenzo

Momento en el que su segundo toro coge al malagueño Saúl Jiménez Fortes. :: efe/
Momento en el que su segundo toro coge al malagueño Saúl Jiménez Fortes. :: efe

Con el mejor lote de una variadísima corrida de Victorino, el toledano firma con un triunfo su debut en Bilbao y con la ganadería. Dos faenas de temple nada común

BARQUERITO BILBAO.

La corrida de Victorino fue una especie de catálogo de la ganadería. No el catálogo completo. Por larga y abierta, la muestra completa no cabria en una corrida de seis toros. Faltó, por ejemplo, el toro predador o alimaña, pero el cuarto, que había tomado de partida el capote de Manuel Escribano por los vuelos y con bravo son, se puso pendenciero en la muleta, tuvo al torero de Gerena atrapado entre las manos después de haberlo medido, cazado y derribado, le pegó una seria paliza y acabó soltando gañafones de áspero genio.

Sin ser propiamente una alimaña, sí fue de carácter mutante y, por eso, toro de mucha emoción. Metió en la corrida a la gente. Llevaba la cal de las rayas en el hocico. Antes de banderillas, había descolgado y humillado. Se había pegado dos trompazos contra tablas, y entregado en el manojo de preciosas verónicas con que Escribano lo dejó fijado antes de varas. Quiso sin romper en un apurado quite por chicuelinas de costado de Saúl Fortes en el mismo platillo. Un tercio de banderillas morosísimo, un tercer par de Escribano de violenta reunión y salida embrollada, y el toro tomó la muleta apretando y protestando. No lo había hecho hasta entonces. Ni ese toro ni tampoco ninguno de los tres primeros.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Victorino Martín.
uToreros
Manuel Escribano, saludos y vuelta. Saúl Fortes, saludos en los dos. Álvaro Lorenzo, oreja tras un aviso y ovación tras un aviso. Excelente Sergio Aguilar en brega y banderillas. Pares notables al segundo de Raúl Ruiz. Lidia competente de El Puchi con el sexto.
uPlaza
Bilbao. Segunda de las Corridas Generales. 3.500 almas. Veraniego, luminoso, ligera brisa. Dos horas y cuarenta minutos de función.

Alto, flaco y cabezón, el primer victorino -¡arriba el telón!- lo tuvo todo para ser toro de nota: prontitud, fijeza, nobleza, codicia, instinto repetidor. Todo menos poder, motor y resistencia. Un estrellón de salida contra las tablas dejaría secuelas y el toro, derrengado, se fue de manos unas cuantas veces. Parecía de porcelana sin serlo.

Reclamó la gente

El segundo, cornipaso y veleto, el único entrepelado de un envío de cárdenos en la pinta clásica de la casa, fue aplaudido de salida. Toro con muchos pies. Cuello y morrillo imponentes. Se revolvió no poco, desarmó a Fortes tras pisarle la muleta, no se entregó por la mano izquierda, pero tuvo por la derecha fijeza. Embestida al ralentí y una segunda mitad de faena de Fortes a cámara lenta, de muletazos embraguetados, traídos por delante con clásico rigor, vertical la compostura. Faena en un palmo de terreno. Señal de buen gobierno. En la suerte contraria, Fortes cobró una estocada atravesada y soltando el engaño. Quiso dar la vuelta al ruedo, no le dejaron.

Los músicos, callados

El tercero fue, con el sexto, el mejor rematado de la corrida. Los dos de mejores hechuras, en el mismo lote. El de Álvaro Lorenzo. Y los dos de conducta y condición mejores. Este tercero descabalgó en la primera vara a Francisco Javier Sánchez, pero sin derribar, el caballo se espantó y, cegado por el antifaz, trotó en fuga en busca de salida. Alain Bonijol, el domador y dueño de la cuadra que pica en Bilbao, logró sujetar y calmar al caballo, pero sin haber podido impedir antes que se estampara contra la barrera. El propio Bonijol arriesgó como un monosabio valeroso.

Esa fue la primera emoción colectiva de la tarde. En silencio, Sergio Aguilar lidió con primor ese toro que, bien sangrado, tuvo en la muleta son del bueno, y el propio del toro de Victorino. En su debut en Bilbao, y por primera vez con victorinos, Álvaro Lorenzo anduvo fino, firme y sereno. Una faena de buen compasito, bien tramada, de mano baja y temple bien calibrado, excelentes remates de pecho, alguna pausa de más y mayoría de toreo con la diestra, en línea o en semicírculo. La mano izquierda del toro no la vio clara el toreo toledano hasta muy última hora. Una tanda al natural fue lo más caro de esa faena. Y lo más celebrado. Un aviso, una estocada y la primera oreja de la semana.

Bien cobrada.

Los tres victorinos de la segunda parte, los que más sobresaltos trajeron, fueron mayores que los primeros. El quinto, fuera de tipo, 600 kilos, bastante feo, descabalaba el conjunto. Fue el de peor nota. Por distraído, por salirse suelto de casi todos los lances y por apagado en apariencia. Parecía la desgana misma, hasta que en una salida de Fortes perdiéndole la cara se fue por él y por la espalda, alargó la gaita y de un simple cabeceo lo derribó e hirió. Luego, no paró de revolverse y puntear. Se puso pegajoso. Fortes lo cuadró con muletazos de pitón a pitón. Lo tumbó de estocada sin puntilla. Al caminar por el callejón hacia la enfermería fue aclamado.

El sexto galopó con alegría y aire desafiante, se estiró con chispa fiera y, sorprendido o desconcertado, Álvaro Lorenzo se vio obligado a tirar el capote y echárselo a la cara para salir del apuro de las repeticiones tan celosas del toro. Se esperaba ver torear a Álvaro a la verónica y con pureza, según suele. Rompió la baraja ese toro, que, fijo en el caballo, pero a la espera en banderillas, estaba por calar cuando Álvaro abrió faena con tres bonitos muletazos por delante. Solo tres. Y tras ellos vino una faena de muchas cosas exquisitas, pues a la pulcritud de la primera faena vino a sumarse ahora un trazo poderosísimo en el toreo al natural. Tardo, pero tan noble como tardo, el toro se prestó, dejó a Álvaro ponerse al hilo del pitón y hasta fuera de cacho, pero ahí fue donde quiso el toro y donde más cómodas parecieron las dos partes. De dos mitades fueron los muletazos: la primera al toque, sin enganchar, y una segunda fastuosa por su temple, su longitud, se gobierno y su remate. Muy despacio, muy despacito. Impecable dibujo. Con esta guinda de postre no contaba nadie. Una estocada trasera o tendida, un aviso, dos descabellos. Los dos toros de Álvaro murieron de bravo.

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