Morante, protagonista de un festejo menor

El diestro Morante de la Puebla durante la faena con la muleta a su segundo toro. :: efe/
El diestro Morante de la Puebla durante la faena con la muleta a su segundo toro. :: efe

Buen toreo de capa, una faena distinta a un sobrero bien toreado y alguna excentricidad de más. Urdiales torea con son a uno de los tres toros buenos de Juan Pedro Domecq

BARQUERITO SEVILLA.

Como si fuera solo cosa suya, Morante pareció empeñado en protagonizar la corrida, que fue de las de casi tres horas. Casi. El segundo del lote de Morante, despedido suavemente en los lances de recibo, se tambaleó y claudicó después de picado y fue devuelto. Antes de saltar ese cuarto de sorteo Morante había pedido que se regara la plaza. El piso parecía en perfecto estado de revista y se tomó la petición de Morante por un capricho.

La Maestranza se riega con manga antigua, la toma de agua está enterrada en el platillo y resulta tan enojoso sacarla como recogerla. A los ya inevitables tiempos muertos de cualquier corrida vinieron a sumarse los diez minutos de riego y la relativa torpeza de los bueyes para encelar al toro devuelto camino de corrales.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Juan Pedro Domecq. El cuarto bis, sobrero.
Toreros
Morante, silencio y saludos tras un aviso. Diego Urdiales, vuelta y silencio tras un aviso. Manzanares, silencio y saludos.
Cuadrilla
Pedro Chocolate le pegó al sexto dos espléndidos puyazos. Víctor Hugo y Daniel Duarte saludaron en banderillas por pares de mérito.
Plaza
Sevilla. 6ª de feria. Estival. No hay billetes. 12.500 almas. Tres horas menos diez minutos de función.

La corrida venía más cuesta abajo que otra cosa. Un primer toro de Juan Pedro extraordinariamente abanto y falto de celo, escarbador y buscador de tablas; un segundo justo de poder que embistió al ralentí; y un tercero de natural apagado que se fue desinflando poco a poco.

Morante había cumplido con su papel de capotero mayor. Sin el brillo tan deslumbrante del pasado jueves, pero distinguido y distinto en una serie de seis verónicas escalonadas de dos en dos y tiradas en línea. El remate, de dos medias también, fue lo mejor de ese saludo, que llegó tras paciente espera porque el toro se soltaba hasta de su sombra y, luego, cabeceó en el caballo y acusó un exceso de lances de brega, de Morante y de Carretero.

En el arranque de una faena fría Morante se dejó sentir en pases de la firma y en muletazos sueltos de toreo por alto a suerte cargada.

Los siete lances con que Diego Urdiales fijó de salida al segundo se celebraron a modo. Por la manera de marcarlos abajo, por su calmoso dibujo y por su encaje impecable. Un vientecillo levantado de improviso que lo descubría -capote pequeño sin apresto- no dejó a Diego abrochar un quite por el mismo palo clásico.

De los siete toros de Juan Pedro Domecq que se acabaron jugando este segundo, trompicado de partida y claudicante cuando iba demasiado obligado, fue el más pajuno son y, con los finales del cuarto bis y el son del sexto, uno de los tres convertidos en fiel de la balanza.

Diego lo toreó con buen compás por las dos manos, pero sin ligar propiamente tandas, media docena por una y otra mano, sino dibujando el uno a uno y nunca más de dos. El final de frente tuvo categoría. Un torero de tan buena caligrafía dejó su sello en dos trincherillas de remate o en un molinete. El tercero, que cogió en banderillas a Suso González pero no lo hirió, se vino abajo enseguida y Manzanares, muy a la voz, no pudo hacer más que un esfuerzo y para general sorpresa pinchar hasta tres veces antes de enterrar una entera soltando el engaño.

Morante tomó el mando de la corrida con el sobrero, abanto de salida pero no tanto como el primero. Un toro muy bien hecho -la corrida toda, dispar, estaba rematada- que salió de varas tan quebrado que parecía condenado a pararse o afligirse. Ni una cosa ni otra. Morante lo había toreado de capa con ricos lances genuflexos pero el toro perdió las manos en el remate. Y entonces se temió lo peor.

Y no: el toro remontó y en el terreno donde Morante dispuso -las tablas entre los músicos y chiqueros, la zona donde no se había regado- acabó tomando engaño con recorrido y entrega, solo que desigual ritmo. La forma de prender Morante el toro fue exquisita. El compás de muchos muletazos, también, Pese a ser laberíntica, fue faena de unidad. Y de soberbio buen pulso. Y de ganar pasitos y no perderlos. Al sentirse tan a tono, Morante reclamó a la banda que se animara. Pero la música no es la manga de riego y no hubo forma. Lo cual enfadó a la gente mucho.

Morante cuadró el toro en las tablas apuestas a las de la faena, sonó un primer aviso antes de la igualada y el descabello tras dos pinchazos y entera libró al torero de la Puebla de un segundo. Pero para entonces ya era Morante, con su aparente medio gas, el actor principal de la película. Cuando la música volvió a sonar en el arrastre del toro, los indignados pitaron, Y lo volvieron a hacer cuando, muy a la ligera, la banda decidió subrayar antes de lo debido la faena de Manzanares al sexto, un toro muy astifino, de porte soberbio. Una faena con muletazos sueltos logrados pero de calado menor y más al aire del toro que de toreo por los vuelos como pedía el toro, menos fiero de lo pintado. También el quinto, de grupa o caderas altísimas, fue un hermoso galán, muy talludo y de finísimos cabos, engatillado, astifino. La cara alta por sistema, y por hechuras también, enganchó engaño demasiadas veces y Urdiales no se animó no a provocarlo ni a forzarlo.