Miurada sofocante, serio y capaz Octavio Chacón

El diestro Octavio Chacón en la faena al segundo de su lote. :: EFE/
El diestro Octavio Chacón en la faena al segundo de su lote. :: EFE

En tarde de calor abrasador, Castella no pudo redondear su compromiso de matar miuras en Sevilla. El torero de Prado del Rey firmó las cosas de mayor mérito

BARQUERITO SEVILLA.

Se jugaron siete toros y no seis de Miura. El último de la feria, único colorado de un envío con mayoría de negros entrepelados, arrastró cuartos traseros de salida. No era el calambre propio del resabio de chiqueros, sino una invalidez patente. A eso se le llama entre profesionales «no poder con el rabo». Se encrespó mucha gente pidiendo la devolución, palmas de tango, Pepe Moral hizo lo que pudo por echarlo al suelo, la presidencia aguantó hasta después del segundo puyazo, le hicieron señas a Pepe para que lo moviera y, cuando la cosa devino en motín, asomó el pañuelo verde.

La parada de bueyes no acertó a envolver al toro, que había dejado de caerse y de emplearse. Decidió el corralero no arrear a los mansos, sólo les hacía señas conminatorias y la escena resultó tan agotadora como casi la corrida entera. Pese a no estar en turno de lidia, Octavio Chacón tuvo la feliz idea de correrlo desde el callejón y provocar la carrera del toro rumbo a toriles. Aupado sobre el portón de salida y desde el callejón, Pascual Mellinas consiguió al segundo intento y a punta de capote convencer al toro. En ese instante respiró la mayoría.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Miura. El sexto bis, sobrero.
Toreros
Sebastián Castella, silencio en los dos. Octavio Chacón, saludos tras dos avisos y saludos. Pepe Moral, silencio tras un aviso y silencio. José Francisco Peña y Manuel Jesús Ruiz se agarraron bien con el segundo y el quinto.
Plaza
Sevilla. 12ª de feria. Calor sofocante, 36 grados a la sombra. 8.000 almas. Dos horas y media de función.

Al romperse filas rompió una discreta ovación reclamando la salida al tercio de Castella, que mataba por primera vez una de Miura en Sevilla. Se tenía por una gesta. No hubo opción de culminar el propósito. El primero de la tarde, tardo y frenado, la cara arriba, no se empleó salvo en dos arreones, como suelen los toros tardos. Suficiente y terco el trajín del torero de Béziers, que agarró media estocada cuando el toro empezaba a defenderse. El cuarto, cinqueño, muy ofensivo, 670 kilos en báscula, fue el de más peso de la feria y de una corrida que, sin demasiadas carnes, dio 630 de promedio. No peleó en el caballo, pero a su alzada monumental y a su tranco agónico -propio del miura que cabalga sin galopar- se acopló con riesgo y sabiduría de torero bueno José Chacón. Dos pares de banderillas extraordinarios. Castella abrió por arriba asido a la barrera y remató la tanda de cinco con un hermoso natural. En rayas no quiso el toro, justo de fuerzas, incapaz de embestir dos veces seguidas, y Castella, tan firme como si la apuesta no contara, cortó a tiempo. La estocada, caída, fue con vómito.

Lo mejor de la tarde corrió a cargo de Octavio Chacón. Su maestría de lidiador en los dos toros de lote -recibió al segundo con larga cambiada de rodillas en tablas en alarde raro en él-, no perdonó un solo quite ni una sola réplica y a la verónica supo templarse poderoso. Las medias de remate, muy brillantes, se jalearon. Lances que el torero de Prado del Rey ha hecho personales, de firma propia. Se aplomó el segundo de corrida, muy sangrado en tres varas, y se acabó resolviendo en solo medias embestidas. Chacón toreó en un solo terreno, señal siempre de buen gobierno. El toro pegó cabezazos, pero Octavio se empeñó. Estaría convencido de que antes o después romperìa por derecho. Mirón, fue toro muy remolón. Un pase de las flores de recurso, un desplante frontal y genuflexo, y una tanda última e inesperada de naturales fueron los mejores detalles de una faena laboriosa. De un primer pinchazo salió el toro atacando fiero. No de una estocada excelente de ejecución pero algo trasera. El toro no descubría y, cuando al cuarto intento con el descabello acertó Octavio, sonó un segundo aviso justiciero. Lo sacaron a saludar.

El quinto miura, acodado y abierto de cuna, se llevó de salida siete lances de lindo trazo y, antes de varas, cuatro de brega notables. El toro apretó en un primer puyazo duro y se apalancó. También guerreó en la segunda vara. A partir de entonces, no dejó de bramar. Rebrincado y revoltoso, incierto, gazapón y artero, fue deslucido. Chacón le había pegado al segundo dos o tres soberbios de pecho. Y a este también. Cuando el toro dio en pegar topetazos, Chacón cuadró y en cortó cobró una buena estocada. De la reunión salió el toro arreando tanto como el segundo. La porfía satisfizo a los paisanos. La gente de los pueblos blancos de Cádiz, cocida al sol, reclamó música. No estaba la banda para trotes.

El tercero, el más noble

El tercero fue el más noble de los seis miuras y, dentro de lo que es el género, el más previsible y de fiar. Fijo y pronto en el engaño, son aceptable. Corta la faena de Pepe Moral, cauteloso porque sentiría que el toro tenía poca fuerza. El sol había hecho estragos y el espectáculo se había desplomado cuando asomó el sobrero, que el torero de Los Palacios recibió con lances de arrebato. Ese último toro de la feria recortó, cabeceó y se apoyó en las manos. Y cayó el telón.