Mayaldes de lujo, sorprende Fernando Plaza

Fernando Plaza da un pase a a su astado en la primera novillada de la Feria de San Isidro. :: efe/
Fernando Plaza da un pase a a su astado en la primera novillada de la Feria de San Isidro. :: efe

Novillada exquisita con tres toros sobresalientes. Ninguno de ellos entra en el lote de Plaza, que, con fino sentido del toreo, se despacha con antológicos naturales a cámara lenta

BARQUERITO MADRID.

Primero, cuarto y segundo fueron los novillos de mejor nota de la corrida de Mayalde. De esos tres, el primero fue el de más cumplido remate -un dije- y el de más bravo aire: por su fijeza, por la manera de encampanarse ligeramente, por la manera de repetir. Dechado de calidad y entrega. Sobresaliente. El de más romana: 535 kilos. El de más alzada también. De pinta castaña y muy fino de cabos, armónica y astifina cuerna. Hechuras impecables, que en lo de Mayalde no falla.

Bien hechos pero no tanto los otros dos. Un segundo negro gacho y ancho, bravo en el caballo, de ritmo muy regular; y un cuarto abierto de cuna de llamativa elasticidad. Se entregaron a modo. La galopada de salida del cuarto fue un espectáculo. Su forma de descolgar en cuanto tomó engaño, también.

FICHA DEL FESTEJO

uNovillos
Seis novillos del Conde de Mayalde.
uNovilleros
Rafael González, saludos y una oreja. Marcos Pérez 'Marcos', silencio y palmas tras dos avisos. Fernando Plaza, silencio tras un aviso y saludos.
uCuadrilla
Notables en brega y banderillas Roberto Jarocho y Miguel Martín, que prendió al quinto el par de la corrida.
uPlaza
Madrid. 6ª de San Isidro. Primaveral. 16.800 almas. Dos horas y cuarto de función. Un minuto de silencio en duelo por la muerte de Fernando Domecq.

Los otros tres novillos salieron de otra manera. Casi playero un tercero bravucón que se resistió a pasar y, desganado, punteó o se quedó debajo, y murió de manso. Playero fue también el quinto, que empujó en serio en dos varas, enterró pitones en el remate de un lance de Fernando Plaza, y, de más a menos, acabó paradito. Se paró también un sexto de particular nobleza que, sin fondo mayor, vino a ser lucido, mostrado y lindamente manejado por Fernando Plaza, que fue el torero de la corrida. Solo que, tercero de terna, no se vio favorecido por el sorteo.

Ninguno de los tres de nota en su lote, sino los dos que no. El dolido tercero, el noble sexto de justo motor. Lo difícil fue brillar con ese lote y hacerlo, además, con auténtica categoría: suficiencia, seguridad, juncal firmeza, cadencia, temple, cabal encaje, brazos. Apuntes relevantes de todo eso con el tercero de la tarde, que oliscó, y en una faena severa y sencilla abierta con una espléndida tanda de estatuarios cosidos con una madeja de naturales y de pecho a pies juntos. Cuando el toro renunció, perseveró Plaza.

Lo notable vino luego, a las nueve de la noche, y vino en el arranque de faena -de rodillas, a suerte cargada, y cosiendo el alarde con el natural y el de pecho, como en la apertura del tercero- y en un final de gran calidad con la mano izquierda, de aguante, pulso y despaciosidad espectaculares. La muleta arrastrada, mayúscula firmeza. Semejanzas más que patentes con el toreo de Talavante. La música de Galapagar. La sorpresa fue encontrarse un torero tan cuajado. Que sabe torear.

Los afanes de Rafael González y Marcos se dejaron sentir, pero en otra onda. Rafael, con el espejo de El Juli en la cabeza -las banderas al paso, los cites frontales despatarrados, el grave desenfado- se acopló a las caras embestidas de su lote, que fue un regalo, pero pecó de acortar distancias antes de tiempo con los dos. O de conformarse con tandas cortas formales. Un alarde por manoletinas de última hora y una estocada sin puntilla le pusieron en la mano una de las dos orejas del cuarto. La primera de novillero en San Isidro.

Asentado, calmoso, frío también, Marcos acreditó sus progresos: el llamado toreo de muñecas, por ejemplo la desenvoltura, la verticalidad, el sitio. Pero al hilo del pitón y, puesto encima antes de tiempo, se enfadó tarde con el quinto, con el que supo entenderse, y se pasó de faena con el segundo. En tardes de muchos quites -consintieron los novillos- no hubo ninguno de calado.