Gravemente herido Rafaelillo

Rafaelillo, tras ser cogido por su primer toro. :: efe/
Rafaelillo, tras ser cogido por su primer toro. :: efe

El cuarto de Miura lo estrelló contra tablas al abrir faena, lo corneó en el hemotórax y le fracturó varias costillas. Corrida dispar con un precioso tercero de buena nota

BARQUERITOPAMPLONA.

Todo lo contado y visto de la corrida de Miura antes del sorteo se ajustó al guion casi prescrito. Los tres toros de más arboladura se abrieron en lotes distintos. Un colorado primero descarado y astifino, y tan alto que montaba por encima de la barrera al rematar de salida. Zurrado a modo en el caballo -certero Juan José Esquivel-, esperó y cortó en banderillas y tuvo fijeza en la muleta, pero embistió a trompicones. Cuando se revolvió, asomó el genio.

El tercero, cárdeno cinchado y calcetero, fue el cromo de colección de la corrida. Tan bello como serio y astifino. Con el punto reservón inherente al miura refrescado, fue el más noble de los seis y el único que, pronto a engaño, descolgó con elasticidad. Como un bólido acudió al caballo y peleó de verdad. El segundo puyazo fue tan trasero como la inmensa mayoría de los que se cobran en Pamplona en las corridas de aliento. Al cabo de cuatro tandas, hizo amago de rajarse. Simplemente se soltó. Para ese tercero sonaron en el arrastre las palmas. La gente había visto el toro y disfrutado con él.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Miura.
uToreros
Rafaelillo, saludos en el primero. Cogido por el cuarto al abrir faena. Cornada envainada en el hemotórax, múltiples fracturas costales. Operado en la enfermería de la plaza. Pronóstico grave. Octavio Chacón, que mató tres toros por el percance de Rafaelillo, silencio tras aviso en segundo y cuarto, y silencio en el sexto, que se jugó a turno corrido. Juan Leal, vuelta tras un aviso y silencio tras un aviso. Esquivel picó a modo el primero. Un par de gran mérito de Pepe Mora al cuarto y dos de Marco Leal al tercero. Un quite oportuno de Juan José Trujillo.
uPlaza
Pamplona. 10ª de San Fermín. Muy caluroso. Casi lleno. 18.000 almas. Dos horas y cuarto de función.

El jugado de sexto, único negro de un envío de pintas cárdenas sin contar el monumental primero, degollado y agalgado, fino de cabos, sacudido, fue toro de buen aire dentro de su género. No tanto como la joya de la corrida, el tercero, que fue uno de los solo dos cuatreños de la corrida. La de mayor promedio de edad de cuantas lleva Miura lidiando últimamente en sanfermines.

Los tres toros restantes no fueron bombones precisamente. Pero el segundo, zancudo y más bajo de agujas que los demás, muy astifino, no fue de cofia tan aparatosa como los otros. Corto y relleno, muchas carnes a la vista, el cuarto compensó el aparato y el volumen del cuarto. Y, en fin, el sexto de sorteo y quinto en juego, alzado y escurrido, bastante feo, hizo lo propio con el soberbio tercero: compensar el lote.

Fiel al patrón de Miura, la corrida apretó de bravo en el caballo. También fue el tercero el que mejor y más se empleó. Cuarto y quinto, recostado el uno y protestante el otro, no cumplieron tanto como los otros cuatro. Solo que, ponderando el grado de bravura en varas de los cuarenta y dos toros jugados por delante en la feria, la de Miura contó entre las tres mejores. Naturalmente, no fue sencilla ni de tirar cohetes o soltar globos de colores.

De mitad de corrida en adelante, el festejo quedó marcado por la brutal cogida de Rafaelillo cuando, cerrado en tablas, abrió con el cuarto faena de rodillas y dándole la salida lógica. Las afueras. La voltereta, mayúscula, sobrevino antes de tomar el toro siquiera engaño. Casi antes de que Rafael pudiera poner pie a tierra, el toro volvió a prenderlo y a lanzarlo contra las tablas. Terrible de ver.

La impresión primera no fue de cornada -Rafael ganó la tronera por su pie- pero al ver al torero retorcerse de dolor y ahogarse casi desvanecido, se pensó que llevaría huesos rotos. La cogida trastornó la tarde. La última corrida de San Fermín es una fiesta en gradas y andanadas, y en los tendidos también, y la cogída fue un jarro de agua fría para todos.

Octavio Chacón y Juan Leal

Para los propios matadores, por ejemplo. Octavio Chacón firme pero apurado en sus tres turnos, los tres de faenas justificatorias, repetitivas e inacabables. Juan Leal optó por el repertorio de temeridades supuestamente infalibles en Pamplona: la larga cambiada a porta gayola, y tuvo que tirarse en plancha para no ser atropellado, otra larga en tablas, un quite por sedicentes saltilleras, una apertura de rodillas con cambiado por la espalda y tanda gateada en redondo desigual e impropia, desplantes y péndulos buscando acortar distancias, desplantes frontales de rodillas.

La emoción primera se fue diluyendo. Dos vueltas al pasodoble, muy largo. Manoletinas también. Su sello vertical y distinguido de torero valeroso de verdad, pero la cosa terminó con un bajonazo y dos descabellos. Con el quinto, que no paró de apoyarse en las manos o de topar, el torero de Arles intentó sin éxito una faena secante y asfixiante. Un arrimón muy deslucido. La estocada en la barriga fue terrible borrón. La fórmula para matar miuras por arriba y en reuniones a dos tiempos solo la conoce Rafaelillo, que tumbó de estocada hasta la mano el gigantesco toro que abrió la función, Con él se prodigó en temeridades. Entre ellas, la de desplantarse de frente y asirse del pitón derecho del toro en prueba de gobierno.