Gonzalo Caballero, herido grave en Las Ventas

El diestro Gonzalo Caballero sufrió una cogida al entrar a matar su primer toro.:: EFE/
El diestro Gonzalo Caballero sufrió una cogida al entrar a matar su primer toro.:: EFE

Una cornada en el muslo al entrar a matar el tercero de El Pilar. Corrida de imponente cuajo y variada condición

BARQUERITO

La primera mitad de corrida fue una accidentada cadena de sobresaltos. Los ataques en tromba y casi descompuestos por la mano derecha del primero tuvieron en jaque constante a Juan del Álamo, pero fue en un cite por la izquierda cuando, descubierto por el viento, salió Juan volteado muy feamente. No hubo cornada. La caída a plomo dejó al torero de Ciudad Rodrigo maltrecho. Se recompuso de la paliza en la boca del burladero.

Iba a tener que matar cuatro toros. Los dos de lote y los dos del de Gonzalo Caballero, herido tras cobrar con el tercero un pinchazo comprometido y sin salida. A ese primero, que se volvía a la velocidad del rayo, lo tumbó de estocada soltando el engaño. El arreón del toro al sentir la espada fue temible. Juan había tardado en cogerle el aire y en asentarse. Después de la cogida, en reacción muy de torero, cuajó la mejor tanda de una faena rematada con sedicentes manoletinas.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile).
Toreros
Juan del Álamo, vuelta tras aviso y silencio en su lote. Mató el toro que hirió a Caballero en la reunión con la espada y también el sexto de corrida, silenciado entonces. José Garrido, silencio tras aviso en los dos. Gonzalo Caballero, herido grave.
Plaza
Madrid. 8ª de San Isidro. Primaveral, revuelto, ventoso. 14.666 almas. Dos horas y cuarto de función. Herido de gravedad Gonzalo Caballero por el tercero. Cornada de 25 cms. en el muslo izquierdo -tercio medio, cara externa- con destrozos en tensor, vasto externo e isquiotibiales y contusión del nervio ciático. Operado en la enfermería de la plaza.

Aplaudieron en el arrastre al toro, que abrió el desfile de los cuatro cinqueños negros que se jugaron por delante. El segundo, muy suelto de partida, falto de fijeza, se cruzó con José Garrido antes de varas, lo encunó y arrolló con la violencia del toro crudo. Se tuvo entonces la sensación de que iban a pintar bastos. La inquietante movilidad del primero, su fondo pendenciero y su agilidad no fueron casuales. El son incierto del segundo, tardo pero de ataques fieros cuando se arrancaba, confirmó la impresión. Solo se había visto toro, mucho toro, hasta entonces. Cuatro toros rondando los 600 kilos, y los cuatro, de cuajo severo y con muchísima plaza.

Cambió el signo con el tercero, muy astifino, dos dagas, y descolgado con suave son a las primeras de cambio. Se picó corrido -señal de desconfianza- y, después de picado, tardó en fijarse. No mucho.

El toro de la corrida

Fue el toro de la corrida: calidad, entrega, nobleza, recorrido. Caballero, gracioso pero despegado en el saludo de capa a pies juntos, se hizo querer en cuanto abrió faena: tres estatuaros y, en gavilla, cinco cosidos del desdén, un natural y dos de pecho. Y a los medios, donde fue una faena de emoción, de ganar y perder pasos, de abusar de los muletazos recortados, de arriesgar en los cites que abrieron tanda, de firmeza y corazón, de echarse también el toro más de una vez. Y desplantes de toda gama. Una tanda de temerarias bernadinas antes de la igualada. Al borde la segunda raya, Gonzalo se tiró a ciegas con la espada. Salió brutalmente corneado en el muslo.

Los tres percances, el cruento y los otros dos, pesaron después. El cuarto fue, como el tercero, toro de bonanza después de un primer tercio sin definirse. A Del Álamo se le hizo cuesta arriba el empeño, incluso cuando el toro descolgó con son. Faena trabajosa. Luego, saltaron los dos colorados del envío. Un quinto que con sus 520 kilos pareció peso ligero pero fue toro de mucho trapío; y un sexto monumental, altísimo y descarado, aplaudido de salida. El quinto, de rico galope inicial, bien tomado de capa por Garrido, desarrolló en la muleta listeza y, celosísimo, muy pegajoso, algo mirón también, no dejó de revolverse. El más difícil de los seis. El gigantesco sexto, en cambio, con sus afiladas puntas blancas, resultó el más pastueño de todos. De una reata, la de los Guajiros, ilustre en la ganadería. Del Álamo lo toreó despacio a la verónica y pareció venirse arriba cuando sintió que el toro tomaba engaño con claridad y repetía. Contaría el viento, pero después de abrir faena, dio el torero síntomas de agotamiento.