Ginés Marín, en alas de la fortuna

El diestro da un paso a su segundo astado./Efe
El diestro da un paso a su segundo astado. / Efe

El oliventino cortó una oreja al primero de su lote de Garcigrande y dio dos vueltas al ruedo en su segundo tras un pinchazo

BARQUERITO

Completada con un primer toro de Buenavista cinqueño y destartalado, negro jirón y coletero, de mucho tonelaje y venido abajo a las primeras de cambio, la corrida de garcigrandes trajo, dentro de un paquete de solo cinco, dos toros de muy notable empeño: un tercero de carril, con el hierro de Domingo Hernández, y un sexto de darse y querer, y no de carril sino de embestida más vivas.

La de Garcigrande, siempre disputada, fue una de las nueve ganaderías que entraron en el bombo de San Isidro antes de montarse la feria. En el bombo de matadores, los tres espadas de esta baza: Castella, Álvaro Lorenzo y Ginés Marín. Entrar el bombo daba derecho a tres tardes de feria. Álvaro, beneficiado en el sorteo con los garcigrandes, toreaba el último de sus tres contratos de San Isidro. Castella, el segundo de otros tres en vísperas de su mano a mano del domingo con Roca Rey en Nimes.

También el segundo de tres Ginés Marín, de cuyo lado vino a caer el capricho del azar: los dos toros de la corrida. El de carril, colorado ojo de perdiz, acapachadito, las hechuras redondas del juampedro de peluche, y el sexto, negro zaíno, rabón, finas cañas, apaisado de cuerna pero sin exageraciones y tronco cilíndrico. Como el uno dio en báscula 520 kilos, se encontró de partida con algunas reticencias. El otro, 570 del ala, puso en su punto más interesante una corrida de dispar sentido.

Dato a dato

Plaza
Madrid. 23ª de San Isidro. Primaveral. 21.790 almas. Dos horas y diez minutos de función. En meseta de toriles y acompañado de la infanta Elena, el Rey Juan Carlos recibió brindis calurosamente subrayados de los tres espadas.
Toros
Cuatro toros de Garcigrande (Justo Hernández), uno -3º- de Domingo Hernández y otro -1º- de Buenavista (Clotilde Calvo), que completaban corrida.
Toreros
 Sebastián Castella, silencio en los dos. Álvaro Lorenzo, silencio tras aviso y silencio. Ginés Marín, una oreja y vuelta.
Pares de mérito de José Chacón y Rafael González.

Un segundo de mucha fijeza y cierto misterio, un cuarto sin entrega ni ganas y un quinto colorado melocotón de discutibles hechuras que tomó algo tarde la ruta de las tablas. En tarde obtusa y ajena, Castella cumplió más el contrato que el compromiso. Al cuarto le pegó un bajonazo impropio. Álvaro Lorenzo no dio lo que entre taurinos se llama «el pasito», que no es uno solo sino dos o tres o más para ganar, en caso de necesidad, el pitón contrario, donde en teoría se rinden obligados muchos toros, no todos. Desarmado por su primero de lote cuando la faena parecía cobrar vuelo, al hilo del pitón por la mano izquierda, deshilvanadas las tandas: una falta notoria de resolución. Al brusco son del quinto correspondió con bruscos toques. Y pareció que le pesaba su tercera tarde de feria más que la segunda y más que la primera.

No fue el caso de Ginés Marín, dispuesto, confiado y seguro, listo para subirse a lomos de la fortuna y enredarse para bien con el tercero de corrida, para hacerse querer en el recibo de capa a la verónica -lances bien marcados, media y un desplante de cara gracia- y, en la apertura de faena, con una tanda que tuvo por cuerpo mayor tres trincherillas, una tras otra, como si fuera toreo ligado, y el de pecho, que es, dentro de su repertorio habitual, logro siempre mayor: por la amplitud y el dibujo.

En solo esa tanda primera se dejó ver transparente el son del toro. La tanda fue el prólogo de una faena abundante, de hasta siete, todas de no menos de cinco muletazos cosidos o ligados, con su punto de velocidad, y espaciadas por pausas y paseos que fueron respiro para las dos partes. La faena caló enseguida y, por si se había desinflado -discretito y corto el empeño con la mano izquierda-, la tanda de broche, con su ligera impostura -el desdén, el guiño al tendido-, avivó el fuego. Una estocada a ley pero trasera y de efecto retardado. La muerte lenta del toro provocó un pequeño clamor.

El recibo del sexto por delantales fue precipitado -el toro pesó entonces no poco- y, después de un duro puyazo de los de meter los riñones, Ginés apostó por amarrar y asegurar la embestida con sutiles capotazos de brega. Tendría claro el toro cuando abrió faena de largo y con la zurda en un prometedor alarde. Vino el toro no en tromba pero con quilates y Ginés aguantó. Lo mismo en una segunda tanda. Entonces no vino tan toreado el toro, que salió más despedido que templado. Al cambiarse de mano Ginés, la faena perdió gas y, de vuelta a la izquierda, ligazón, no descaro ni ganas. Tampoco el recurrir al toreo de muleta dejada y puesta, que no fue idea del todo feliz. Una tanda de sedicentes bernadinas puso a hervir a la mayoría. Un pinchazo y una estocada soltando el engaño. Y el palco dijo no.