Ferrera pleno, Urdiales exquisito

Antonio Ferrera en su faena con la muleta a uno de sus astados. :: efe/
Antonio Ferrera en su faena con la muleta a uno de sus astados. :: efe

La segunda de las dos corridas de Alcurrucén de San Isidro repartió a uno y otro sendos toros de buen fondo. Con ellos, dos faenas muy distintas, pero de mucho color

BARQUERITOMADRID.

Era la segunda de las dos corridas de Alcurrucén anunciadas en la feria y se hicieron obligadas las comparaciones. Sentencia exprés: fue bastante mejor la del 31 de mayo. Los dedos se hacen huéspedes siempre que un ganadero se atreve en Madrid con dos corridas casi seguidas y con carteles de distinto nivel. La apuesta segura sostenía que la segunda iba a ganar el contraste con ventaja. Los hechos llevaron la contraria a los vaticinios.

Dispar de hechuras fue la primera, pero también esta segunda. Hubo que abrir en lotes dos toros cinqueños -tercero y quinto de sorteo- y emparejarlos, por cierto, con fino criterio: el quinto, el de mejores hechuras de los del hierro de Alcurrucén, con un segundo de pobre remate; el tercero, de hermosa lámina pero justo de cara, con el más ofensivo de todos, un sexto de aire incierto.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Cinco toros de Alcurrucén y uno de El Cortijillo -4º-, que completaba corrida (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano).
uToreros
Antonio Ferrera, saludos y silencio. Diego Urdiales, silencio y saludos tras dos avisos. Ginés Marín, silencio en los dos.
uPlaza
Madrid. 25ª de San Isidro. Primaveral. 22.400 almas. Dos horas de función.

El otro lote se haría por compensación y sobrantes. No sin su secreto: el único toro de la familia de los músicos, un Zambombo que partió plaza, tendría que honrar una histórica reata, y lo hizo: fue, al cabo, el toro de más entrega. El que más embistió. Con más electricidad que música, pero sin negarse una sola vez. Fue, por cierto, el único de los seis aplaudidos en el arrastre. Y su pareja: el cuarto, con el hierro de El Cortijillo -los mismos ganaderos, la misma estirpe de Alcurrucén-, completó ese lote de compensación. Un toro de espléndido porte, negro girón, lustroso, largo, con mucha plaza. Se llamaba igual que el menguadito segundo: Socarrón. Ningún parecido entre ellos.

El cartel -Ferrera, Urdiales y Ginés Marín- parecía tener más tirón que el del 31 de mayo: David Mora, Ureña y Álvaro Lorenzo. En eso marró la apuesta. Quinientas gentes más hace una semana. ¿Porque era la tercera tarde de Ferrera en solo siete días de junio? ¿Por ser la segunda de Marín en solo tres? ¿Por ser Urdiales más torero de culto que de arrastrar?

El ambiente de la plaza de Madrid va por días. En esta fecha, tarde de primavera sin viento, estaba mucha gente del revés. Se protestó la presencia de los tres primeros toros y se pidió con gresca la devolución del tercero, que, muy alto de caderas, arrastró cuartos traseros. Sin dejar de meter la cara y darse, por cierto. Se vivió con más calma la segunda mitad de corrida, porque en ella asomaron los tres toros de más plaza. Sin la prontitud y la alegría, pero con mucha nobleza y un punto remolón, el quinto fue toro de buen son.

No fue tarde feliz de los picadores. El toro de El Cortijillo, cuarto de la partida, salió tronchado de un primer puyazo muy lesivo, cobró todavía dos varas más, y aunque antes de banderillas se encampanó como los alcurrucenes buenos, llegó a la muleta tan asustado que acabó reculando cuando sentía a Ferrera acercarse. El sexto, que fue de un caballo a otro por su cuenta y sin fijarse nunca, cobró también puyazos muy traseros. Ninguno de los dos primeros se empleó en varas y los dos se salieron sueltos.

Del gusto de los toreros fueron el primero, faena trepidante de Ferrera, y el quinto, caligráfica faena de Diego Urdiales, de cordial asiento y relevante estilo, encaje impecable, el toreo posado por los vuelos y bien fraseado. Ni el espléndido cuarto ni el chato segundo, que se apoyaba en las manos, dejaron ni a Ferrera ni a Urdiales pretender cosas mayores. Ginés se encontró de perfil a la mayoría: las protestas por la supuesta invalidez del tercero acabaron enseguida rebotando sobre él. Muchos enganchones en el momento en que la faena pudo haber cambiado de signo. Las huidas del sexto no dejaron al torero de Olivenza ni engarzar dos muletazos seguidos.

La faena de Urdiales fue rica en cadencias, seguida sin pausas apenas, tramada y ligada con la derecha, no tanto con la siniestra aunque fuera una de naturales la tanda de mayor calado y tuvo, entre otros méritos, la virtud de ir sacando del toro su fondo mejor. Solo que, larga la faena, se vino a aplomar el toro. Una estocada a paso de banderillas y trasera fue de las de muerte lenta, un tercero y puntillero tan notable como Juan Carlos Tirado levantó al toro y, caprichos del reloj, llegó a sonar un segundo aviso justo al morir el toro del último cachete.

El primero salió frío de verdad y tanto que Ferrera no pudo lucir como suele sus talentos de lidiador hasta la salida del primer puyazo, cuando el toro empezó a despabilarse. La faena fue de formidable determinación. Resuelta y abierta enseguida -al grano sin paja ni demora- y planteada en un rarísimo terreno: entre rayas y tablas de toriles, donde quisieron los dos: torero y toro, que en viajes a querencia no fue tan claro como en los despejados. Llena de cosas en cúmulo, la faena tuvo por cumbre unos cuantos muletazos con la zurda enroscados y a cámara lenta. Y el refrendo de una estocada hasta el puño cobrada al encuentro. No es que Ginés fuera el convidado de piedra. Pero le pesó la tarde. O la mala fortuna.