Una faena soberbia de El Juli

Corrida distinguida de Garcigrande, con tres toros diferentes, pero de muy buena nota

BARQUERITO

san sebastián. El toro que partió plaza, de Garcigrande, fue un dije. Un taco, dicen los toreros. Un tacazo. Las hechuras del toro del peluche, pero la expresión de la bravura decantada: el galope a compás, la prontitud, su empleo siempre a punto, lo regular de las embestidas, que parecían al calco unas de otras. La nobleza, la elasticidad. De la rama dorada de sangre Juan Pedro Domecq. Para la antología tan abundante de toros de nota de la Semana Grande. Dos toros rubios y cuatro negros en este envío de garcigrandes. El que desnivelaba la balanza por arriba -traza muy voluminosa- fue un cuarto del hierro de Domingo Hernández, que es el otro hierro de la casa. No se sabe si el segundo o el primero.

Pero por Domingo y sus toros talludos empezó la aventura de los nuevos garcigrandes. Los predilectos, por ejemplo, de El Juli, que ejerce como torero de la casa, según vieja expresión campera. A manos de El Juli no vino a parar el dije que abrió el desfile. Tampoco el sexto que cerró fiesta y feria, y fue el otro toro rubio -colorado- del reparto. Casi tan bueno como el primero, todavía más corto de manos que aquel, de tranco golosísimo y una chispa más que el gran caramelo con que se abrió boca.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Justo Hernández. Todos, con el hierro de Garcigrande, salvo segundo y tercero, con el de Domingo Hernández.
Toreros
Padilla, ovación tras un aviso y silencio. El Juli, oreja y oreja tras un aviso. Manzanares, saludos y silencio tras un aviso.
Plaza
San Sebastián. 5ª de la Semana Grande. 8.200 almas.

Ni Padilla, recibido con cariñoso clamor en su despedida de San Sebastián, ni Manzanares les hicieron los honores a esos dos toros de regalo. Padilla, por precipitado, por nervioso, por sentir visiblemente que el toro se le estaba yendo crudo y sabiendo que esa clase de toros no salen a diario. Manzanares, por casi las mismas razones: inseguridad mal disimulada, fluido cortado por sistema, asiento irregular, demasiados tirones, pobre estrategia que dejó al toro ir a su aire y recorrer plaza a capricho. Muchas voces pegaron Padilla y Manzanares, como si la prueba fuera de aliento.

No es que El Juli saliera perjudicado del sorteo. Su lote fue, al cabo, el más compensado: la calidad franciscana del quinto y la nobleza de un segundo que escarbó demasiado. Y, encima, pasó lo de tantas otras veces: en manos de Julián lucieron esos dos toros como embaucados, traídos y llevados con exquisito mimo, tratados de muy deliciosa manera. Habrían lucido igual los dos de premio. Pero estos otros dos, los únicos que se pudieron propiamente ver y disfrutar, tuvieron encanto propio.

El quinto, negro tizón, aterciopelado y rizoso el cuello, barría la arena con las borlas del rabo y, si llega a consentir El Juli, hace el surco. El gobierno del toro en la media altura no fue aplastante, porque no se trataba de eso, sino mera seducción. Parecía que Julián estaba en un tentadero, ajeno a todo lo que no fuera atender al toro, y por eso, por ensimismamiento, la faena fue pródiga y prolija, mutante, variada, improvisada, Ya había brindado El Juli el primer toro de lote, del que dio cuenta cumplida en faena de otro calado -de recursos antes que de inspiración-, pero se tomó la licencia de brindar también al público la muerte del quinto. Porque lo que se brinda es la muerte de un toro, aunque no lo parezca. Menos aún en este caso porque, a un lado la frescura de estar toreando como si tentara, El Juli estuvo jugando con el toro. En el arranque de faena, El Juli toreó por banderas sin rectificar y cargando la suerte. Fueron cinco las banderas, sacadas del repertorio del toreo de ida y vuelta -que fue a México a fines del XIX y de México volvió a España hace un siglo-, cosidas las cinco con un natural, una trinchera, el de la firma y el de pecho. Con eso entró en faena la gente en tromba. Y mucho más que eso: el guante de seda en todos los lances de juego, la colocación precisa, el toque cuando se hizo imprescindible y, si no, los vuelos solos, que definen el toreo de calidad.

La ligazón, incluso cuando parecía cantado que por falta de espacio habría que rehilar los pases en carruselito, como es moda corriente. Las apreturas justas, cero violencia, la muleta arrastrada en el único momento en que hubo que forzar la máquina y, si no, la mano baja y la media altura, que fue lo que convino al toro. Ni un pie se le fue a El Juli ni una sola vez.

El sello raro y original de la faena lo puso una especie de homenaje que El Juli rindió a Paco Ojeda en una suerte de imitación de su tauromaquia de cercanías. En una reciente y larga conversación con Álvaro Acevedo en el trimestral Cuadernos de Tauromaquia, El Juli confesaba su admiración profunda por Ojeda y, mirando hacia atrás en su carrera de veinte años de alternativa, dijo que lo único lamentaba de toda esa época todavía viva era no haber podido alternar con Ojeda de luces. El homenaje fue extraordinario: trenzas, ochos, cambios de mano, las zapatillas enterradas, las soluciones en circular hasta que ya sin espacio para las dos partes -toro y torero- tocó abrochar con el de pecho. El clima fue de apoteosis. Como si se hubiera adelantado de hora los fuegos de artificio de las once de la noche en La Concha. Una estocada trasera, y de ella acabó rodando sin puntilla el toro. Solo que el puntillero levantó al toro tras la estocada. Había sonado un aviso antes de la igualada -por olvidarse Julián del reloj- y a eso se acogería el palco para negar una segunda oreja que se reclamó muy ruidosamente. De todo ese primor tan peculiar no hubo noticia ni en la faena a la defensiva de Padilla con el cuarto ni en el trabajo impreciso de Manzanares con un tercero andarín y algo pegajoso al que no supo cómo quitarse de encima. El Juli, por lo demás, también toreó a la voz a su primer toro, a la voz que lo empezaba a gobernar antes de hacerlo brazos, cintura, palmas de la mano y, en fin, la cabeza, que es la que manda.

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