Faena discreta de La Palmosilla

Javier Marín se cubre la cabeza al ser atacado por uno de los sobreros. :: efe/
Javier Marín se cubre la cabeza al ser atacado por uno de los sobreros. :: efe

Debut sin brillo en sanfermines de la ganadería gaditana. Pobre entrega. Un sexto violentísimo con el que Javier Marín vivió un auténtico quinario

BARQUERITO

Pamplona. Tres debutantes: la ganadería de La Palmosilla y dos matadores de toros, Luis David Adame y Javier Marín. Los dos habían toreado de novilleros en el prólogo de los sanfermines. Los seis toros de La Palmosilla corrieron el encierro a velocidad de vértigo. Menos arropados que otros días por el cabestraje, dejaron a los corredores expertos saborear la gloria en ese punto tan difícil que es, al final de la calle Estafeta, la bajada del callejón. La corrida, cuatro cinqueños en el sorteo, cumplió con los mínimos obligados de Pamplona. Caras muy serias aunque dispares. Todavía más dispares las carnes y el remate.

Los pesos de báscula se abrieron en una horquilla de más de cien kilos. Fue el caso del tercero bis y un sexto de imponente cuajo. Los dos toros del estreno, los dos primeros, se quedaron en los 500. Los dos de mejores hechuras, el tercero de sorteo y el cuarto, estuvieron en lo que podría ser el tipo de la ganadería si estuviera definido el tipo de la ganadería, una de las más modernas del tronco Domecq.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de La Palmosilla (José Núñez Cervera). El tercero bis, sobrero.
uToreros
José Garrido, silencio tras aviso y palmas. Luis David Adame, una oreja y silencio. Javier Marín, silencio tras aviso en los dos. Santiago Chocolate se agarró con el sobrero en dos puyazos.
uPlaza
Pamplona. 9ª de San Fermín. Lleno. 19.800 almas.

La Palmosilla derivó en su día de lo de Núñez del Cuvillo, con un ingrediente posterior de Juan Pedro Domecq. Solo que el parecido entre los seis toros de Cuvillo jugados el viernes y cualquiera de los siete de esta baza de estreno fue mera coincidencia. No solo la planta y las formas, sino, sobre todo, la conducta y la condición. El toro que al rematar estrellado de salida contra un burladero se tronchó el pitón derecho, y fue devuelto por eso, apuntó muy buen estilo. Javier Marín no se percató de que en el palco asomaba el pañuelo verde -los clarines para el cambio no pudieron abrirse hueco entre el estruendo formidable de las peñas- y le pegó al toro, una tras otra, hasta cinco largas afaroladas de rodillas. El toro atacó con ganas y repitió. Camino de vuelta a corrales, se dejó sentir a su manera un son sencillo. Magro consuelo. El cuarto, muy astifino, chorreado en verdugo, fue un toro con todos los atributos y, al cabo, el de mejor aire en la muleta. A pesar de ser cuarto de sorteo, cuando la pantagruélica merienda de todas las tardes, fue aplaudido en el arrastre.

El primero metió a modo los riñones en un primer puyazo, pero se abrió a querencia de corrales y, muy a su aire, se movió sin entrega. Por la mano izquierda echó la cara arriba. La mayoría de los toros salió pegajosa. No el segundo, que galopó de salida como si estuviera todavía corriendo el encierro y tuvo en la muleta trato de fiar, y repitió sin más celo que el preciso. Fueron bastante tormentosos el sobrero -la cara arriba y regañados viajes cortos-, el altísimo quinto, que hizo amago de saltar al callejón y recortó revoltoso, y un sexto que, violento y descompuesto, desarrolló sentido después de herido, y más cuando la serie de pinchazos llegó al décimo intento. Para entonces ya se había puesto el toro por delante, esperó a Marín sin dejarle pasar y se estuvo mascando la tragedia. El toro le había pegado al torero de Cintruénigo una voltereta cuando le estaba todavía andando por la cara. En la caída a merced del toro, Marín aguando impávido en el suelo. Sangre fría. El quite, anónimo, fue el detalle más caro del festejo.

Molinetes y desplantes

Un festejo interminable de dos horas y media, y todo ese tiempo y espacio invadidos hasta sofocantes niveles por un bochorno que presagiaba lluvia y la más escandalosa murga de toda la semana. Un infernal ruido de fondo. Como la amenaza de lluvia era más que posible, el ruedo estuvo seco en el primer toro, que, con el enredo del viento, se jugó tras una cortina de polvo. Seis operarios regaron diligentes la arena. El piso quedó como una mullida alfombra.

Los trasteos de Garrido, Luis David Adame y el propio Marín en su primer turno fueron monocordes y repetitivos, y sembrados de pausas y tiempos muertos pero sin escatimar lo que no pocos toreros tienen por infalible repertorio: molinetes de rodillas en cadena, desplantes, aparato para las peñas, que ni caso. Garrido se encontró encima el toro primero siempre.

Luis David supo abrir el segundo y manejarlo, y lo mató de estocada mortífera al encuentro. Javier Marín anduvo con el sobrero entonado y sereno, a pesar de saberse condenado a vérselas con dos pavos de 625 kilos. En el cuarto Garrido firmó sus mejores logros pero de escaso eco. Luis David salió airoso de la pelea con el difícil quinto. Y luego pasó lo que pasó: que el sexto, pendenciero, pareció decidido a amargarle a Javier Marín la tarde y la vida.