Estocadas perfectas de Javier Castaño

Javier Castaño con la única oreja que se cortó en el festejo de ayer en Pamplona./Villar López
Javier Castaño con la única oreja que se cortó en el festejo de ayer en Pamplona. / Villar López

Corrida muy dispar de José Escolar con dos toros de buena nota, un fiero primero y un quinto avieso

BARQUERITOPAMPLONA.

Dos cosas tuvieron en común los seis toros de Escolar: la pinta cárdena -solo en el sexto predominó el negro entrepelado tan propio del encaste Albaserrada- y las caras abiertas, muy abiertas. Playeros los tres primeros. Cornipaso el muy descarado quinto. De gruesas mazorcas, cornialto y ancha cuna, no tan astifino como los demás, un cuarto de destartalada traza. Y ligeramente tocado, mucho más armónico que cualquiera el toro que cerró, un sexto que fue el toro de la corrida. El de mejor nota con diferencia.

Corrida de sello propio. Pintas y cuernas aparte, se hicieron bien visibles las señas de identidad de la ganadería. Es decir, su conducta y su carácter, tan singulares, y su variedad, que se dejó sentir de un toro a otro tan llamativamente que pareció corrida de sementales distintos. Lo propio de las ganaderías largas, aunque la de Escolar no lo sea. Y, sin embargo, en esta quinta salida del ganadero en Pamplona, donde ha echado raíces, el conjunto fue menos parejo que otras veces.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de José Escolar.
uToreros
Fernando Robleño, silencio en los dos. Javier Castaño, una oreja y aplausos. Pepe Moral, saludos en los dos.
uPlaza
Pamplona. 5ª de San Fermín. Soleado, templado. Lleno. 19.700 almas. Dos horas de función.

La fiereza, condición indispensable, se hizo de partida patente en dos toros: primero y tercero. Solo que en el uno, extraordinariamente mirón, no dejó de latir hasta que no estuvo enganchado del tiro de mulillas; y en el otro se trocó, después de un largo puyazo de serio empleo, en un son muy llevadero porque, de bravo aire, descolgó, humilló y repitió. A la fiereza del primero se sumaron, además, la agilidad, la listeza, la viveza y la manera de fijar la mirada no en el engaño sino en quien lo blandía, el cuerpo ofrecido sin taparse de Fernando Robleño. Muy dura la prueba, obligado el toreo movido cuando las embestidas fueron de arreón. No hubo en toda la corrida toro con el que más tocara tragar. Tragar esperas recelosas y miradas inquietantes, y viajes revueltos. Eso hizo Robleño con admirable entereza. Y matar, al segundo intento, de excelente estocada.

La fiereza del tercero fue falsa alarma pasajera. Salida de locomotora antes de tomar capa de Pepe Moral por lo vuelos, seria conducta en el caballo y, aunque a punto de venirse abajo en banderillas, remontó en la muleta. Nada que ver con el primero. Dispuesto y decidido, Moral se estuvo en calma en tres primeras tandas de una faena que, ni corta ni larga, airosos los remates de pecho, perdió de pronto el hilo. La mano izquierda del toro se quedó sin ver. Una estocada en el segundo asalto tumbó sin puntilla al toro, aplaudido en el arrastre.

Lo del quinto de corrida no fue fiereza, sino sentido avieso de toro pregonado. Peligrosamente incierto y artero, falto de fijeza, pegajoso las raras veces en que pareció tomar engaño, el toro, cornipaso de generosas espabiladeras, se movía sesgado en señal de cobardonería, de pretender huirse. Javier Castaño tuvo que esgrimir tres o cuatro ataques directamente al cuerpo y lo hizo doblar de una estocada de insuperable dominio técnico, digna de estudio.

De otra estocada de impecable ejecución tumbó sin puntilla al segundo de la tarde, lucido en bellas verónicas, banderilleado muy a lo grande por Joao Ferreira y Fernando Sánchez, y traído con paciencia y asiento en una faena de muleta de son creciente, con dos tandas últimas muy bien rimadas. El toro vino al vuelo y a toques. Antes de la igualada descolgó con gesto casi afligido.

600 kilos dio en básculas un altísimo, badanudo y flacote cuarto que montaba por encima de sus cinco hermanos y casi del propio Robleño. Distraído, boyancón, noblote, la cara suelta por encima del estaquillador, y, sin embargo, Robleño le dio trato de bravo, casi lo convence y sujeta, se puso y no se quitó y hasta fue milagro firmar algún lindo muletazo suelto. Una estocada caída puso fin a la obra cuando ya el toro había renunciado.

Y el postre, que dejó muy buen sabor de boca: un sexto de corrida que cobró de salida un estrellón, atacó con ganas, pidió guerra y peleó en el caballo como los buenos, medio galopó en banderillas y sacó en la muleta prontitud y entrega. Embestidas de rico compás y una faena de Pepe Moral, cautelosa primero pero convencida después, y desigual no solo por eso. Sin el acierto preciso con la espada. También para ese sexto toro hubo en el arrastre aplausos. Se llamaba Salado.