Espléndida corrida de Victoriano del Río

José María Manzanares se dobla con el segundo del su lote de Victoriano del Río, ayer en Bilbao. :: efe/
José María Manzanares se dobla con el segundo del su lote de Victoriano del Río, ayer en Bilbao. :: efe

Vuelta al ruedo para un sexto sobresaliente que acompañó a tres más de categoría

BARQUERITO

A partir del tercer toro la corrida de Victoriano del Río tomó velocidad de crucero y no paró de embestir. No es que no hubieran tenido su interés los dos previos. Codicioso y pronto el primero, que no llegó a verse en más distancia que la corta, porque no otra propuso Ferrera. Y noble pero frágil el segundo, que acabó en tablas, y con él firmó El Juli un trabajito airoso, de técnica sobrada, rematado con un alarde de muletazos sin rectificar y encadenados a mano cambiada. Uno por aquí y el siguiente por allá, y otro, y otro más. Hasta que no queda espacio. Y menos en tablas, donde Julián cobró al segundo intento una estocada trasera. Y dos descabellos.

La cosa se embaló después. Entraron en el sorteo dos de Toros de Cortés, el segundo hierro de Victoriano del Río, y dos del hierro Ybarra. Los cuatro se abrieron en distintas gamas de calidad y bravura. El tercero, de Cortés, pareció candidato a toro de la corrida. Picado corrido, se pegó un volatín completo a cámara lenta. No lo quebrantó la voltereta, sino que vino a ser un castigo pendiente en varas. Como si lo hubiera engrasado.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Victoriano del Río. El sexto, Ruiseñor, número 42, premiado con la vuelta en el arrastre.
uToreros
Antonio Ferrera, silencio y silencio tras un aviso. El Juli, saludos y una oreja. Manzanares, una oreja en cada toro.
uPlaza
5ª de las Corridas Generales de Bilbao.

El son del toro fue en la muleta de una regularidad llamativa. No es común ver casi cuarenta embestidas de ritmo tan parejo. Manzanares le pegó muchos pases a muleta desplegada y sin vuelo, toreo apantallado, de encaje firme pero rígido, sin abusar del rehilamiento que hace las veces del toreo ligado, rematando tandas con el falso de pecho o cambiado. Muchas pausas, tiempos muertos. Y, recibiendo, en corto y por derecho, y en la suerte contraria, una estocada muy celebrada. Para el toro sonaron en el arrastre muchas palmas.

Habrían sido relevantes, pero es que palmas todavía más sonoras y hasta ovaciones cerradas subrayaron el arrastre de los tres siguientes. De un cuarto que fue bravo como un tejón, según vieja expresión campera, y de tanto carbón que parecía despedir humo por los ollares y los ojos. Un toro de fuego, temperamental, indómito. Le costó a Ferrera estar con él, incluso cuando le cerró de rayas adentro, donde el toro no apretaba tanto.

Todavía más fuerte en el arrastre fue la ovación para el quinto, el otro del hierro de Cortés, que hizo de salida cosas de corrido en exceso en el campo. Dentro de una corrida muy afilada, este quinto fue más astifino que los demás. Y, de partida, el de conducta más impropia. De todo se soltaba, del caballo se escupió. No buscaba salida como hace el manso que pretende escapar, sin embargo. A capote puesto se encelaba, pero lo hacía con aire pegajoso. No solo no se iba. Es que hasta metía la cara.

Un lidiador de la categoría de El Juli, que suele dejar fijado el toro que sea en un plisplás, tuvo que emplearse a fondo, pero sin llegar a tomar el control de la pelea. Solo se veía toro. Un toro de querencia desconocida o por averiguar. Lo pasaron mal los dos rehileteros porque el toro atacó en arreón. Y entonces llegó la sorpresa de la tarde. El Juli se plantó sin más en los medios y ahí vino a trajinar con rara autoridad y temple más que sustantivo. Al cabo de diez muletazos el toro endemoniado estaba sedado y tenido a raya. Menos lobos, por tanto.

Alguna distracción inesperada, pero desde la primera vez que El Juli ligó dos de pecho abrochando tanda ya fue suyo el toro. El segundo de los dos, a suerte cargada y toro encelado y casi en la mano. Despacioso y ajustado con la izquierda, en muletazos cadenciosos, ligados en el sitio. A placer con la diestra. El ajuste fue, tanto como la inteligencia o la firmeza, la nota que definió la faena, una de las dos más completas de Julián en Bilbao en los últimos cinco años.

Los cambios de mano surgieron al acortar terrenos en finales de tanda. Un farol de verdad, suelto y solo, del repertorio primitivo, fue punto de fantasía. El farol de verdad. Se tomó su tiempo faena de tanto saber y poder, y querer. Antes de que desmayara nadie, El Juli remató con una última tanda picante remata con el molinete legítimo cosido con el de pecho. Y una estocada arriba de la que tuvo que salir por pies porque el toro arreó al sentir el acero. Un gran espectáculo.

Estaba por salir todavía el toro de la corrida. De muy bellas capa y traza. Negro carbonero, capirote y botinero. Hechuras sobresalientes. Lo tenía todo para embestir: el cuello, que descolgó en cuanto tomó engaño por primera vez, y no dejó de hacerlo nunca; la elasticidad para moverse sin revolverse al atacar y una forma de repetir que no solo lo que los toreros llaman calidad sino algo más: la bravura en su máximo grado consentido de nobleza.

A la fotogenia -el toro le entró por los ojos a la gente nada más aparecer- se sumaron la fijeza, la entrega y una inagotable combatividad. De modo que fue el soñado toro para todos. Para la gente, que, consciente o no, subrayó con oles las embestidas. Para el torero, que no llegó a hilvanar una faena de orden sino a dividirla en tramos y a espaciarla demasiado, tanto que la música le dio dos vueltas al Dauder, de Lope. Y sin duda para el ganadero, porque a borbotones ya le habían embestido hirviendo dos toros, pero este último lo hizo con un brío insuperable. La gente estuvo con Manzanares y su ambición -ocasión única- sin condiciones, lo aupó y jaleó. Después de una estocada trasera, el toro se resistió en tablas a doblar minuto y medio o más. La muerte de bravo fue una conmoción colectiva. La vuelta en el arrastre, más que merecida.