Un espectáculo muy pobre pero largo, larguísimo

El diestro Diego Urdiales, durante su segundo de la tarde. :: EFE/
El diestro Diego Urdiales, durante su segundo de la tarde. :: EFE

Dos horas y media, la corrida de menos interés con diferencia de las cuatro vistas en la Semana Grande y apuntes canónicos de Urdiales

BARQUERITOSAN SEBASTIÁN.

Fue un espectáculo pobre, muy pobre, pero largo, larguísimo. En menos de hora y media podría haberse despachado una corrida de Zalduendo muy entrada en carnes, de bastas hechuras, peleona en el caballo, apagada en banderillas y sin celo en la muleta. No cabe hablar de nobleza si un toro carece de poder. Solo que fue ese dejarse tan mansamente lo que animaría a los tres de terna a embarcarse en faenas de apenas relieve.

En el ruedo pesado y enarenado de Illumbe perdieron las manos demasiadas veces los cuatro primeros. El quinto se tronchó la pala derecha y a punto de perder la funda y el pitón fue devuelto atendiendo a una protesta general. El sobrero, también de Zalduendo, derribó en la primera vara con la complicidad de un caballo rebelde y, de paso, la generosa monta de Pedro Iturralde para salvar al caballo caído, que echado en tierra pataleó como si estuviera herido. En una segunda vara el propio Iturralde pareció decidido a no hacer sangre.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Zalduendo (Alberto Bailleres). El quinto bis, sobrero.
uToreros
Diego Urdiales, palmas tras aviso y una oreja. Paco Ureña, saludos en los dos. Ginés Marín, saludos y silencio tras aviso.
Plaza
San Sebastián. 4ª de la Semana Grande. Veraniego. Cerrado el párpado de cubierta. 4.500 almas. Dos horas y media de función.

Visto lo visto -tres primeros toros exánimes, un cuarto que no paró de soltarse y abrirse-, le daría al toro una oportunidad, aunque fuera de mínimos. Ginés Marín, que no suele perdonar ni un quite, se salió fuera de las rayas para hacerlo. Desistió, así estaba el paisaje. Al soltarse el sobrero se tuvo por cierto que la función iba a llegar a las dos horas y media. O más. El sobrero fue el único de los zalduendos con la elasticidad que fue marca de la ganadería. A pesar de los pesares: más de seiscientos kilos del ala, una culata de casi medio tonelaje -así de cargado estaba de cuartos traseros- y muy poca cara. Ningún trapío.

Duró poquísimo ese sobrero. Ya estaba empantanada la cosa y la gente, que estuvo aplaudiéndolo todo o casi todo, dio al fin muestras de fatiga y estrago. De una cosa y otra se contagió Paco Ureña que a los quince viajes cortó por lo sano y se vino me medios a tablas a cambiar de espada. «¡Ahórranos tiempo! ¡Paco, mátalo!», sugirió una voz anónima. Y eso hizo Paco: matar. De un bajonazo irresistible.

Después de arrastrado el toro, un coro de insistentes palmeros sacó a Paco a la fuerza a saludar al tercio. Por vergüenza torera se resistió el torero de Lorca. Hasta que no hubo más remedio. También Diego Urdiales atendió al reclamo tras tumbar el primero y pese a haber escuchado un aviso. Mucho bramó ese toro en el caballo, lo volvió dos veces y ahí se dejó el alma y no la vida. Frágil y escarbador, acabó en las tablas. Ya lo había anunciado. Por la manera de tardear y remolonear. Urdiales le había pegado en el saludo fuera de las rayas tres canónicas verónicas. De la media de remate salió el toro fundido por primera vez. Parsimonioso hasta la teatralidad, hizo callar a los músicos cuando pretendieron meter baza en la faena. Los cites encajados dando el medio pecho habrían cobrado sentido con un toro de otra clase.

Bien y apenas picado por Óscar Bernal, el cuarto, el más astifino de los seis, escobillado en seguida, rodó en el primer muletazos cambiado de castigo. Ya se había ido al suelo en un lance tras la primera vara de los de mentón encajado en el pecho y capa planchada y apenas mecida. La faena, de amarrar las embestidas, pecó por falta de ligazón -solo muletazos académicos sueltos- y por falta de materia prima: el toro no hizo más que abrirse a partir de una segunda tanda. Improcedente filigrana. Una estocada ladeada.

Habían venido de la Rioja dos o tres autobuses. Pidieron la oreja los pasajeros y se enterneció el palco de los reyes magos. La vuelta al ruedo fue de las interminables. Las mulillas se espantaron antes de enganchar y arrastrar el quinto. Fue un momento de locura y pánicos. Dos de los monosabios de la cuadra de El Puyero arriesgaron lo indecible para evitar una catástrofe.

Y luego fue la deriva tediosa de todas las corridas largas sin razón. Ureña, muy encima, se pasó de metraje con el segundo en plana faena. Los músicos a los que Urdiales había hecho callar le dieron a un pasodoble dos vueltas. Una estocada caída con vómito.

Y vuelta a los músicos, una excelente banda, que acompañaron la primera de las dos faenas de Ginés Marín con uno de esos pasodobles con solo de trompeta que propician triunfos.

En prueba de su dosis de nobleza, el tercero humilló y, mientras aguantó en firme, tuvo por la mano izquierda su aquel. No terminó de convencer a Marín en faena monocorde sin ajuste. Una estocada con vómito enfrió todo. Como el sexto echaba los bofes después de picado, Ginés optó por un trasteo convencional. Cuatro pinchazos, una entera trasera y tres descabellos. Y a casa.