Épica de Octavio Chacón

Instante en el que Octavio Chacón es cogido por el primer toro de su lote. :: EFE/
Instante en el que Octavio Chacón es cogido por el primer toro de su lote. :: EFE

El de Prado del Rey cobra una estocada extraordinaria, se sobreponea una cogida espeluznante, cae herido y recibe honores de héroe

BARQUERITO VALENCIA.

La corrida de Victorino, que llevaba siete años sin lidiar en Valencia, fue toda cinqueña y, muy diversa de hechuras, de condición dispar. Duros de manos con la excepción del último, cumplieron a su manera en el caballo. Dos terribles lanzazos traseros dejaron para el tinte a ese último. Los del lote de Rafaelillo, los mejor rematados del sexteto, fueron aplaudidos de salida. Relleno y elástico, abanto de partida, el primero fue el de mejor trato. Por su fijeza, y nobleza también. El cuarto, el único que galopó con ganas al aparecer, pegó no pocos cabezazos. También el sexto de sorteo, quinto en juego, fue recibido con sonoros plácemes.

Para el segundo, por sacudido de carnes, hubo un amago de bronca -coro de palmas de tango-, hasta que Chacón, lidiador cabal y capaz, cambió el signo del ambiente con apenas media docena de lances -las bambas al hocico, capote muy replisado- para salirse con el toro hasta casi los medios.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Victorino Martín.
Toreros
Rafael Rubio 'Rafaelillo', palmas tras un aviso y saludos. Octavio Chacón, una oreja y ovación. Varea, que sustituyó a Saúl Fortes, silencio tras aviso en los dos.
Plaza
Valencia, 2ª de abono. Primaveral. 8.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Se intercambió el turno de salida de los dos últimos. Octavio Chacón, cogido por el segundo, sufrió una herida de 5 centímetros en el escroto y varetazos en la fosa iliaca. Atendido en la enfermería, y pendiente de pronóstico, salió por propia voluntad a matar el sexto de corrida, quinto de sorteo.

De ahí en adelante pareció el toro otro, y tan otro que, celoso, pegajoso, listo y tobillero, terminó desarrollando esa violencia tan particular del toro de sangre Saltillo enterado y revuelto. El más difícil de la corrida, el que dejó huella en ella, fue justamente ese toro tan nervioso y escurrido, y tan astifino, que estuvo a punto de desagraciar en serio a Chacón pues, después de encañonarlo, lo prendió en el inicio de un pase cambiado, tal vez de pecho, le metió el pitón por la zona de testículos y, con el pitón enterrado, tuvo al torero de Prado del Rey a su santa merced, y lo zarandeó con el genio furioso del que pretende quitarse de encima lo que le perturba o nubla la vista. La escena fue tremenda.

Su mucha experiencia como torero campero libró a Chacón de consecuencias más graves si no fatales. Hasta para agarrarse del cuerno que se siente ya dentro del cuerpo como una punta de navaja, hasta para eso es preciso ser buen torero. O muy bueno.

Parecía que iba a desmayarse -nublada la mirada, perdida la orientación en manos de las asistencia, siempre en pie- pero se resistió a irse a la enfermería. Ya habían abierto el portón de barrera. No hubo manera. Volvió al toro, que lo estaba esperando, y esperando con las del beri. Pinturas de guerra. Casi una alimaña.

La gente tomaba aliento. Costó cuadrar al toro, como suele pasar en esas circunstancias, pero en el tercer intento, en el tercio, y en la suerte contraria, blandida la muleta a la altura del testuz -bien despegada del suelo, a la usanza antigua-, Chacón cruzó despacio con magistral sangre fría, enterró la espada en la cruz y salió del trance limpiamente, con la franela en la mano, seguro de que el toro, que se volvió buscándole, rodaría sin puntilla. El toro rodó a los pies de Chacón. La estocada de la feria, que acababa de empezar. Un clamor.

Y a la enfermería, de donde salió justo antes de soltarse el segundo de su lote, recibido por protestas por lo amantes de las carnes y a pesar de que, bizco del derecho, el toro lucía un pitón izquierdo como una ganzúa. Molido en el caballo, aire cobardón y apagado, ese toro de inesperado postre dejó sin más estar. Pero sin emoción. Mermado de facultades, Chacón salió del paso dignamente. El reconocimiento de la gesta primera valió por todo el espectáculo.

Dentro de toda la fiesta llamó la atención una vez más el talento de Varea con su repertorio de capa clásica, la verónica vieja de brazos, amplia capa sin apresto, el lance dibujado por delante, encajada y algo forzada la figura. No es sencillo torear de capote al toro de Victorino, y eso hizo mayores los méritos. Solo que el buen aire de capotero de Varea no tuvo continuidad: dos faenas reiterativas, sin criterio visible, salpicadas las dos de algunos muletazos de categoría. Se vino abajo el quinto de la tarde. Salió apagadote el tercero. En los dos toros Varea se vio desarmado alguna vez. Con la espada apuntó a los bajos.

Veterano de tantas batallas, Rafaelillo, herido de gravedad el pasado julio aquí mismo, fue recibido con especial cariño. Luego, vinieron dos trabajos desiguales. Exceso de toreo por fuera en el primer turno; un cuerpo a cuerpo visceral en el segundo.

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