Rey, de la enfermería a la puerta grande

El joven diestro peruano Roca Rey da un paso a uno de sus toros. :: efe/
El joven diestro peruano Roca Rey da un paso a uno de sus toros. :: efe

Una faena de rigor, valor, tensión y calidades impecables, una cornada leve, una conquista cabal del ambiente, dos orejas de un toro, puerta grande

BARQUERITO

madrid. Los dos toros de Parladé del lote de Roca Rey fueron cinqueños, como todos los de la corrida, salvo el segundo, que fue, por prontitud, entrega y galope, el más bravo y completo de los seis. Tercero de sorteo, el primero de Roca Rey, hondo y remangado, perdió las manos, se sentó antes de varas y salió mermado de un puyazo que tomó recostado. Dos patinazos, palmas de tango, fue devuelto. El sobrero, del Conde de Mayalde, era también cinqueño. A tres meses tan solo de cumplir el tope reglado de edad. Fue toro de mucho soltarse y, antes de cantar la gallina -una huida a tablas con larga faena cumplida, o sea, un rajarse sin remedio-, lo fue también de protestar, puntear y cabecear. Un toro de trágala. En su afición conocida por las temeridades, Roca, que lo paró a pies juntos, se echó el capote a la espalda tan solo en el cuarto lance y el toro, en arreón a querencia, lo prendió de lleno, le pegó una voltereta monumental y con ella una cornada de seis centímetros en el muslo derecho. La paliza fue tremenda. El pitón derecho le rasgó la taleguilla desde la banda dorada hasta los machos. Un siete que hubo de recomponerse en la boca del burladero con una segunda banda de esparadrapos. Se recompuso el propio torero. Se volcó entonces sin reservas el ambiente, de expectación y consentimiento en su mayoría, pero reticente, distante y exigente entre la afición intransigente de todos los días. Desde ahí se midió con calculadora la faena, de tragar parones y consentir, de solución difícil y resuelta con acierto hasta que sujetar al toro fue misión imposible. En corto y por derecho, en tablas de sol y en la suerte contraria, Roca cobró una estocada en los blandos con vómito inmediato y muerte súbita. El desenlace fue un desencanto. Con su sombra encima pasó Roca a la enfermería para operarse de la cornada. Ni siquiera se acercó a recoger la montera del brindis al Rey Juan Carlos.

La corrida de Parladé estaba saliendo buena y noble. El primero, salpicado, de una sumisión insuperable; el segundo, de carril. El tercero, no se supo. Y, luego, un cuarto que hizo el surco y un quinto de espectacular facha -625 kilos-, que grado docilísimo, se fue a tablas sin remedio pero en ellas embistió como un carretón de pedales. Quedaba el sexto como último cartucho de la primera de las tres tardes que Roca Rey tiene firmadas en la feria. Y fue con ese toro, muy en juampedro clásico -negro zaino, culopollo, serio por delante-. Con ese toro fue el poner de acuerdo a todos, tirios y troyanos, porque con él llegó la faena de consagración. Una faena de fantástica rotundidad por lo que tuvo de gobierno del toro desde el arranque en los medios -cite de largo, un cambiado por la espalda librado a media altura y no por arriba, y dos parecidos al instante cosidos con el natural y el de pecho- hasta la hora misma de la igualada, cuyo prólogo inmediato fueron una tanda de cinco naturales monumentales, y el d pecho, y una muy temeraria serie de bernadinas abrochadas con la trincherilla y el natural. Y, luego, la estocada hasta el puño y en la yema. Entre el arranque y la tanda de naturales, un trabajo copioso y denso, de toreo en la distancia de soberbio encaje, siempre ligado en pureza, rematado a modo, de un descaro particular. Con los galopes del toro pudo Roca a placer. Cuando tocó adornarse, lo hizo con su mejor fórmula: el cambio de mano alargado en una natural de rosca entera. De modo que el silencio o el runrún de acontecimiento fueron los de las grandes ocasiones. Cuando pasearon al torero limeño a hombros, se tuvo clara una idea: este es el que manda. Y no solo.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Cinco toros de Parladé (Juan Pedro Domecq Morenés) y un sobrero -3º bis- del Conde de Mayalde. Los toros de Parladé se soltaron con divisa negra en señal de duelo por la muerte de Fernando Domecq.
uToreros
El Cid, que se despidió de Madrid, aplausos y saludos tras un aviso. López Simón, oreja tras un aviso y saludos. Roca Rey, silencio tras un aviso y dos orejas tras un aviso, salió a hombros.
uPlaza
Madrid. 9ª de San Isidro. Primaveral. No hay billetes. 23.624 almas. Dos horas y media de función. En meseta de toriles, el Rey Juan Carlos, acompañado de la infanta Elena, recibió brindis de los tres matadores. Muy celebrados los tres brindis.

Por lo demás, en papel secundario y en su tarde de adiós a las Ventas, El Cid cumplió sin más con un lote perfecto para una despedida. López Simón se acopló con el gran segundo, pero sin tocar techo ni fondo, y le pegó al quinto en tablas no menos de docena y pico de muletazos de ida y vuelta en lo que pareció un alarde de temeridad y fue, después de todo, una prueba de recursos técnicos.