Emilio de Justo y Victorino emocionan en Vistalegre

Emilio de Justo muestra las dos orejas que cortó a su tercer toro de la tarde. :: tauroemoción/
Emilio de Justo muestra las dos orejas que cortó a su tercer toro de la tarde. :: tauroemoción

El torero extremeño cortó dos orejas y salió a hombros; el ganadero lidió un gran toro, que le correspondió a El Cid

ANDRÉS AMORÓS

Comenzó ayer la llamada «Feria de invierno» en el Palacio Vistalegre, con un interesante mano a mano. Emilio de Justo cortó dos orejas a un buen Parladé pero hace lo de más mérito con un difícil Victorino, al que pinchó. El ganadero lidió otro toro extraordinario, merecedor de la vuelta al ruedo.

El cartel era atractivo, el nuevo Vistalegre es muy cómodo. Quisiera yo que Vistalegre volviera a ser un segundo coso madrileño, con oportunidades razonables para los novilleros y los diestros que no toreen en Las Ventas. Yo acudí con ilusión, recordando muchas tardes gloriosas, en la vieja 'Chata' de Carabanchel: aquella en la que Luis Miguel regaló un sobrero y realizó su ideal de la lidia completa, sin dejar que nadie más interviniera, con capote, pica, banderillas, muleta y estoque. También, el debut de un joven llamado Curro Vázquez; una gran faena de Antonio Bienvenida.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Dos de Puerto de San Lorenzo, en los primeros lugares, bien presentados y bajos de raza; dos de Victorino Martín (3o y 4o), de finas hechuras, con calidad y profundidad uno y exigente y complejo el otro; y dos de Parladé (5o y 6o), los de más volumen y cuajo, uno sin clase y el último justo de fuerzas pero con larga nobleza en la embestida.
uToreros. El Cid
estocada desprendida perpendicular (silencio); estocada desprendida contraria y descabello (ovación tras petición de oreja y aviso); estocada tendida desprendida (ovación). Emilio de Justo: pinchazo hondo y descabello (ovación); cuatro pinchazos y descabello (ovación tras aviso); gran estocada (dos orejas). Salió a hombros por la puerta grande.
uPlaza
Se cubrió algo menos de la mitad del aforo de la cubierta de Vistalegre (5.000 espectadores).

Como dice Jorge Manrique, «volvamos a lo de ayer». Inició su última temporada en activo El Cid, un diestro clásico, triunfador tantas veces en Las Ventas (a pesar de la espada). El primero, del Puerto, muy huido, metió bien la cabeza, le permitió veroniquear con gusto y lucir su estilo en algún natural pero el toro se raja por completo y todo se diluye. El tercero, de Victorino, recibido con aplausos, empujó bien en el caballo: ¡la emoción de la casta! Brindó a Santiago Abascal, que asistió con Morante. El toro humilló, repitió, como una maquinita de embestir. En otra etapa de su carrera, El Cid lo hubiera cuajado. Gran ovación al bravo toro, que merecía la vuelta al ruedo. El quinto, de Parladé, de bella estampa, vino de largo y con nobleza. Manuel lo brindó al público, lo intentó pero el trasteo no cuajó. El público osciló entre el respeto cariñoso, por su historia, y la impaciencia. «El tiempo, que ni vuelve ni tropieza», sentenció Quevedo. Se tapa matando.

Un noble Parladé

Una de las grandes revelaciones de la pasada temporada fue Emilio de Justo, que abrió la Puerta Grande de Las Ventas y fue proclamado triunfador en Francia. Empezó haciendo un gesto magnífico: renunció al bombo madrileño y elegió, directamente, las ganaderías de Victorino y Baltasar Ibán. Este año debe consolidar su posición. En el segundo, un grandón de 600 kilos, del Puerto, se lució con el capote, rodilla en tierra. Saludó Morenito de Arles, por dos grandes pares. Emilio se mostró muy firme, aguantó parones pero el toro embistió a regañadientes. Un pinchazo hondo es suficiente. El cuarto, de Victorino, se enceló en el burladero, fue fuerte dos veces al caballo. Apretó en banderillas; en la muleta, sacó dificultades. El diestro no se achantó, se la jugó y le sacó muletazos de mucho mérito, hasta que llegó la voltereta. Una faena emocionante, de torero macho, pero la espada frustró un triunfo rotundo. El último fue un noble Parladé, justo de fuerzas, al que cuidaron, en el caballo; cuando hincó los pitones, se derrumbó, pero embistió con gran nobleza. Emilio lo aprovechó con muletazos templados, demostrando que, además de gladiador, sabe torear con gusto, si el toro lo permite. Esta vez sí se volcó, con la espada (lástima que no lo hiciera con el otro toro): cortó dos orejas y salió a hombros.

Acabó felizmente una tarde variada. Me quedo con dos cosas: la muy meritoria lidia de Emilio de Justo al difícil Victorino y la emoción de ver un toro tan bravo como ese 'Morisco', digno de ser cantado en un romance morisco, tan noble como ese morisco Ricote que cautiva al lector del 'Quijote'. El éxito debe animar a la empresa: durante el invierno.