Emilio de Justo entra en Sevilla

Emilio de Justo durante la faena al primer toro de su lote, en la sexta corrida de abono de la Feria de Abril de Sevilla. :: efe/
Emilio de Justo durante la faena al primer toro de su lote, en la sexta corrida de abono de la Feria de Abril de Sevilla. :: efe

El torero cacereño se hace admirar de verdad con una faena tan rica en méritos y logros como sembrada de natural torería

BARQUERITO SEVILLA.

Doce años después de la alternativa debutó Emilio de Justo en Sevilla. El runrrún previo de la corrida iba una vez más por Victorino pero casi tanto como los toros contaba Emilio. La noticia de su talento había corrido en el boca a boca de taurinos y toreros. El aval de sus dos sonados triunfos del año pasado en Madrid no era gratuito. Su expediente en Francia, todavía menos. Por si quedaba alguna duda, con el tercer toro de la corrida, tan encastado como el que más de los seis, y uno de los dos por todo complicados, vino a revelarse a lo grande el torero cacereño y a hacerlo con una categoría y unas calidades sobresalientes. Encarecieron una cosa y otra las dificultades del toro, que lo buscó cuando la faena rompió a mayores enseguida y que vino entonces humillando pero renegando también.

Muletazos formidables

FICHA DE LA CORRIDA

uToros
Corrida bella, encastada y variada de Victorino Martín.
uToreros
Antonio Ferrera, saludos y una oreja. Manuel Escribano, aplausos tras un aviso y leve división. Emilio de Justo, gran ovación tras un aviso y saludos tras un aviso. Antonio Prieto picó muy bien al primero. Abraham Neiro hizo a Escribano un quite providencial. Fernando Sánchez prendió un soberbio par al primer toro.
uPlaza
Sevilla. 4ª de feria. Primaveral, algo ventoso. Casi lleno. 12.000 almas. Dos horas y tres cuartos de función.

La apertura de faena con seis doblones de caro dibujo -técnica y sentido también- fue tarjeta de visita que disipó cualquier posible duda. El toro se había soltado del caballo de pica, y esperado y cortado en banderillas, pero salió siendo otro de esa primera tanda de horma tan lograda, y tan celebrada, porque en el remate de tanda se dejó sentir una virtud mayor: la torería. Torería natural y no impostada, de fondo y no solo de forma, que también. Solo en la primera tanda en redondo, a pesar de habérsele quedado el toro dos veces debajo, ya cuajó tres muletazos formidables. Por el temple, el dibujo y esa solemnidad propia del toreo de altura. A esa primera tanda siguió sin demora una segunda completa, de una despaciosidad singular. Dos arrancas inciertas y dos coladas de acostón que Emilio corrigió sin descomponerse. A la segunda siguió una tercera no tan brillante porque, conducta muy de la ganadería, de pronto pareció el toro, ya gobernado, menos convencido que el torero. Rápido de ideas, Emilio se cambió de mano. Ya estaba sonando la música. No había tiempo que perder y, aunque el toro le vino andando, con la zurda mejoró todavía el nivel.

Antonio Ferrera resolvió los problemas de un primero tardo y mirón y pecó de precipitado con el gran cuarto

Una primera tanda ligada a cámara lenta, de cuatro rematados por abajo, y otra al rato todavía mejor. No hubo apenas embestidas sencillas, pero antes de cuadrar, en señal de dominio, todavía Emilio remató con toreo frontal con la izquierda, rematado en la cadera, perfecta la composición. El delirio fue indescriptible. Iba a ser de dos orejas la cosa. Pero no entró la espada entera hasta el tercer intento, sonó un aviso y, arrastrado el toro, Emilio renunció a dar la vuelta al ruedo que no habría estado de más.

Luego de eso, se estuvo esperando la salida del sexto toro con impaciencia. Entre otras razones porque la segunda mitad de corrida estaba saliendo mucho más propicia que la primera. El cuarto, astifino y remangado, geniudo de partida, rompió en son excelente después de banderillas; muy noble y repetidor el quinto, que no terminó de humillar; y, en fin, el sexto, que, casi 600 kilos, cincuenta por encima del promedio de los cinco primeros, hondo, largo y rematado como con cincel, fue sencillamente espectacular. En el recibo de horma Emilio lanceó genuflexo ganando terreno poco a poco con llamativa calma. Ocho lances y dos medias. Se vino la plaza abajo. Todo el mundo haciéndose lenguas. Hasta que empezaron a torcerse las cosas. En su empeño por lidiar antes de varas Emilio sufrió un desarme muy deslucido, dos duros puyazos demasiado traseros quebraron en exceso al toro que se paró en banderillas y amagó con pararse. Y se paró a las primeras de cambio. Apoyado en las manos, apalancado, reservón, reculaba el toro, que apretaba en los viajes para dentro y solo con tenazas había que sacarle el billete de ida, no en el de vuelta.

Parecía echada la suerte, pero todavía antes de cobrar la estocada que habría sido rúbrica perfecta de la primera faena, volvió a empeñarse el torero cacereño con la mano izquierda, y en paralelo a tablas, y en ese terreno, sacó una tanda que se antojaba imposible. Por todo eso, que fue tanto, podría bien decirse de Emilio lo que procede en estos casos: que entró en Sevilla.

Zorro viejo

Ferrera resolvió como zorro viejo los problemas de un primero tardo y mirón, que punteó por arriba y por abajo, y pecó de precipitado con el gran cuarto. Solo la última tanda con la izquierda llevó el sello de sus otras tardes memorables con victorino en Sevilla. Escribano, a porta gayola en los dos turnos, pecó de moroso morosísimo. Según costumbre propia. Bien con el capote de salida -lances de rico vuelo-, afanoso en banderillas, libró pelea con un segundo agresivo y listo que no paró de pegar cornadas al aire y lo mató de notable estocada al segundo empeño, y no acabó de entenderse ni acoplarse con el noble quinto. Muchos se pusieron de parte del toro. Con razón o sin ella.