Una distinguida faena de Roca Rey

Habitual pase por la espalda del peruano Roca Rey al primero de sus toros de ayer en Bilbao. :: efe/
Habitual pase por la espalda del peruano Roca Rey al primero de sus toros de ayer en Bilbao. :: efe

Corrida de preciosas hechuras, pero muy desventurada de Cuvillo, que llevaba cuatro años sin lidiar en Bilbao

BARQUERITO BILBAO.

Una faena distinguida y distinta de Roca Rey, otra de las cien veces vistas de Ponce y más nada o casi nada. O casi nada que no se supiera o esperara. Que el toreo a la verónica se ha convertido en una exótica rareza, y ni una sola pudo verse en siete toros, porque siete se soltaron. Que el descabello ha pasado a ser escamoteado por sistema pese a ser una de las más antiguas y legítimas suertes del toreo, y tanto Roca como Ponce se resistieron a la espera de que tercero y cuarto de corrida doblaran solos o con la ayuda de capotazos de rueda o toque. Que Manzanares se encuentra en fase irrelevante y llamativamente desanimada. Que la cuadrilla de Roca Rey precisa de urgente ajuste. Ni que el montante de tiempos muertos o perdidos en la corrida que sea, incluso en esta de toros tan sin misterio, se convierta en un cúmulo vacío que propicia enfado y tedio.

Y, en fin, lo que no se esperaba es que una corrida tan bien hecha y tan pareja, y tan a punto de caramelo como la del retorno de Núñez de Cuvillo a Bilbao, fuera a ser para mal y no para bien protagonista del primero de los cuatro festines de la semana. Una ruina apenas salvada por la nobleza del tercero de la tarde, que, tranco agónico en banderillas, derrumbado en solo el tercer muletazo, fue sostenido y en la mano tenido por Roca Rey en una faena que tuvo tanto de descaro como de equilibrio, y equilibrio de equilibrista.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Ponce, silencio y saludos tras un aviso. Manzanares, silencio en los dos. Roca Rey, saludos tras aviso y sile
uToreros
Seis toros de Núñez del Cuvillo. El 1º bis, sobrero.
uPlaza
Bilbao. 4ª de las Corridas Generales. 12.500 almas. Estival. Dos horas y veinte minutos de función.

Más enterizo, el cuarto, siendo toro de los de ir y venir, sacó la cara por la ganadería más y mejor que cualquiera de los otros. Se pegó de salida una costalada el primero de los seis, que, lesionado, quiso embestir hasta de rodillas, pero ni así. El sobrero, que, con el sexto de sorteo, desigualaba un envió tan parejo, fue el único de conducta medio seria en el caballo, pero perdió las manos tras el primer puyazo y antes de llegarse a la docena de muletazos se había sentado dos veces y finalmente se echó. Y no hubo casi ni manera de ponerlo en pie. El brazo por delante, Ponce cobró una estocada letal.

No se enmendó el negocio. Galopó el segundo con ganoso son, pero flaqueó enseguida, claudicó y, luego de un estrellón en tablas, quedó fuera de combate. Se tuvo entonces la sensación de corrida enferma o anestesiada. Sobre el piso de pedernal de Vista Alegre apenas pudieron tenerse de pie esos dos toros primeros muertos a estoque, castigados en el arrastre con bastantes pitos.

La aparición de Roca Rey fue alivio y revulsivo. En primer lugar, por salirse en el saludo hasta el platillo toreando por mandiles de manos bajas, ligados y mejor traídos que rematados. Fueron una sacudida. Como la misma presencia desenfadada del torero peruano, que se hizo sentir solo y pareció apostar muy seguro por ese tercer toro a pesar de que a su tembleque inquietante vino a sumarse un batacazo en apenas el tercer lance de una faena abierta con una bandera y un cambio por la espalda. Después, bien aquilatados los muletazos, el toro aguantó dulce y dócilmente.

Roca toreó muy despacito, compuso en la vertical siempre, soltó los brazos, se ajustó, se dejó ver por las dos manos, ligó a compás, se afirmó en graciosos péndulos y, a toro parado, se cruzó al pitón contrario antes de rematar con una trenza bien tirada. El toro lo esperó con la espada -larga la faena- y Roca pinchó antes de cobrar una estocada de muerte lenta. Aculado en tablas, el toro resistió.

No es que ese trabajo tan sencillo y logrado de Roca Rey salvara la tarde, pero fue como un oasis. El cuarto, que se picó corrido y calamocheó en la segunda vara, tuvo fijeza, no vino obligado casi nunca y, de rayas adentro o entre las dos y en paralelo con las tablas, se avino al juego de Ponce y a faena sin sobresaltos ni apreturas, de dibujo desigual, sin una tanda redonda que marcara cumbre, un par de brillantes cambios de mano cosidos al molinete de alivio y el habitual dominio de la escena. La tanda de remate, en cuclillas y en circular, se celebró como suele. Una estocada de riesgo -Ponce perdió el engaño sin querer soltarlo- pero trasera y sin muerte. Aquí llegó la tozuda resistencia a descabellar, el toro, con su fondito de casta, aguantó más lo previsto y cayó el aviso como coda inevitable. Desde la segunda raya, la ceremonia y las reverencias de rigor.

De pronto parecía otra corrida. Solo que el quinto, rebrincado y sin fuerza, no fue el toro que esperaba Manzanares, tan fiel al hierro de Cuvillo, y se aburrieron las dos partes, y el sexto, castaño y grandón, ofensivo, fue toro deambulante y sin fijeza, estuvo a punto de saltar al callejón nada más soltarse y de hacerlo por el siempre poblado burladero de capotes. No paró de corretear sin rumbo y en busca de salida, llevaba prendidas cuatro banderillas en los lomos bajos, trajo de cabeza a todos. A todos menos a Roca, que tomó la decisión de brindar al púbico. Se arrepentiría muy pronto, pues su empeño de sujetar al toro, en calmoso silencio, se estrelló con huidas ingobernables a la puerta de toriles. Tres de las mejores faenas de Roca Rey en Madrid y Sevilla han sido con toros de querencia irrenunciable a tablas. En esta ocasión no hubo manera. El final fue un bajonazo impropio de un estoqueador tan preciso como él.

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