Diego Urdiales, botín y toro de bandera

Urdiales sale a hombros de la plaza de Vistalegre. :: efe/
Urdiales sale a hombros de la plaza de Vistalegre. :: efe

Trago amargo para El Juli, desafortunado en el sorteo, pero vibrante y entregado con un peligroso sobrero en faena de alta tensión

BARQUERITO BILBAO.

Tardó un poquito en salir el toro de la feria. El mejor de la semana, el que pusiera a todos de acuerdo. Pero salió a última hora, cumplidas ya dos horas y media de función, casi de noche y a la luz de los focos de Vista Alegre. El sexto de sorteo de una corrida de Alcurrucén más desigual y tropezada de lo previsto. Ese sexto, un Gaiterito de la familia tan célebre de los músicos, fue el octavo en aparecer. Lo precedieron cinco hermanos de sangre y no camada, pues el quinto, pobre de cara, pero grandullón, de hechuras impropias, fue el único cinqueño del envío y el de peor nota de los vistos hasta entonces.

El reparto de sorteo fue, como es obligado, puro azar. Para Ponce los dos toros de más sencillo manejo. Urdiales se llevó el lote. El Juli bailó con la más fea. Le tocó vivir una aventura inesperada. El cinqueño grandón, que no había hecho más que frenarse, perdió un pitón al pelear o protestar en el peto con genio violento. Fue devuelto, De Alcurrucén eran los dos sobreros, que no entraron en sorteo. El primero de los dos, bizco, astifino y cornialto, bajo de agujas, salió acalambrado pero con pies, pareció derrengado antes de acudir al caballo, echó entonces la cara arriba y salió de una vara renegada partido en dos. Al corral.

FICHA DE LA CORRIDA

uToros
Seis toros de Alcurrucén (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano). El quinto tris, sobrero.
uToreros
Ponce, silencio tras un aviso y saludos tras un aviso. El Juli, silencio y saludos tras un aviso. Diego Urdiales, oreja tras un aviso y dos orejas tras un aviso.
uPlaza
Bilbao. 8ª de las Corridas Generales. 11.800 almas. Nubes y claros, templado. Dos horas y cincuenta minutos de función.

El segundo sobrero fue un galán de espectacular pinta: castaño berrendo y cinchado, lucero y calcetero, muy fondón y cargado de culata, alto de cruz. Ni feo ni bonito sino todo lo contrario. Las manos por delante de salida, listeza muy evidente, suelto y sin fijeza, rompió la baraja. Se escupió del caballo de pica dos veces y El Juli, que pidió el cambio tras un mero segundo picotazo, se encontró en la muleta el toro crudo, avisado, muy pegajoso y revoltoso, de pegar cabezazos descompuestos, de tirar cornadas al aire, y de ir ganado en bronquedad y aspereza cuando tuvo al matador a tiro.

Tensión nada común

La faena fue de tensión nada común. Hacía tiempo que no se veía a El Juli tener que hacer frente a una papeleta de ese calibre. El empeño fue de gran emoción cada vez que Julián pudo pegar un primer muletazo de poder y por abajo, y ligarlo con otro, y el obligado de pecho con el toro, punteante, subido a la parra y buscando camorra. Al cumplir faena, entera en los medios, el toro pegó una coz al aire. Después de dos pinchazos, una estocada caída y un aviso, se puso a barbear las tablas desde el burladero opuesto a toriles hasta la puerta de arrastre. Una agonía de dos minutos y una muerte resistidísima.

Así que el argumento de la corrida se había ido al traste después de esos tres episodios tan singulares, Ponce había estado machacón y reiterativo con sus dos toros, y a los dos los mató sin fe ni acierto. Urdiales, en ambiente incondicional, del todo volcado con él, le hizo al tercero una faena de más espuma que cuerpo o peso, repensada y no fluida. Una estocada excelente. Y un aviso. Dos, una por toro, se llevó Ponce. ¡Ese reloj! Un quite de Diego a la verónica al segundo de la tarde había sido la tarjeta de visita. Un quite precioso que no tuvo réplica de El Juli, que luego muleteó con carácter. Hasta que se le fue a las tablas el toro.

A Diego le tenía el destino preparado al cabo de tanto zipizape ese último toro tan bravo. Tan bravo pero solo la electricidad precisa, y con él a vivir en Bilbao por tercera vez en los últimos tres años una apoteosis. Las tres, con toros de Alcurrucén. El toro se había soltado del caballo de pica, pero ya galopó antes de banderillas y no fue preciso ni probar. En la apertura, Diego se dejó ir en tres trincherillas intercaladas con tres por la diestra en la suerte natural, y abrochó con rancio molinete. Fueron joyas de la faena. Y de ahí, al tercio y los medios, donde, abierto en solemnes pausas y con aire metódico y muy premioso, vino a ser una faena no redonda pero sí bien dicha cuando tocó entonarse.

Entonarse en tandas cortas y en distancias muy calibradas, sin excesos. Los muletazos templados parecían planchados. Y el encaje, impecable. La tanda mejor, que estaba pendiente, fue una con la izquierda sin perder pasos sino ligando en el sitio y cuando el recuento de tandas se había ido larguito. Por exceso de pausas, por la voluntad de Diego de torear en la media altura. La gente toda celebró la fiesta sin entrar en detalles. Una estocada, un aviso, dos orejas. Un botín.

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