La despedida de Juan Bautista

El diestro pacense Jose Garrido durante la faena a su primer astado en Zaragoza. / EFE / JAVIER CEBOLLADA
El diestro pacense Jose Garrido durante la faena a su primer astado en Zaragoza. / EFE / JAVIER CEBOLLADA

Una excelente estocada, la rúbrica de una carrera impecable. Lorenzo, a hombros, se templa con elmejor montalvo. Garrido le gana la pelea a un toraco

BARQUERITO ZARAGOZA.

Hace un mes, y horas antes de torear en su Arles natal la ya célebre goyesca, Juan Bautista anunció por sorpresa su retirada. Para ella abrirá un único y último hueco el año que viene en la feria del Arroz. Con el anuncio del adiós definitivo llegó también el compromiso de cumplir las fechas contratadas este año. Entre ellas, la de la corrida de Victorino en Logroño, la de Torrestrella de Las Rozas y esta última de Montalvo de Zaragoza, que fue, por cierto, una señora corrida de toros. Casualidades: divisa azul y amarilla, que son los colores de la enseña de Arles.

Hombre de palabra y de bien, Juan Bautista cumplió lo prometido y vistió casi de estreno para la ocasión. Un precioso terno blanco marfil y plata con pequeños golpes de oro. En el brazo izquierdo, un crespón de luto en memoria de su señor padre, el gran Luc Jalabert. Había en la plaza algo más de un centenar de aficionados franceses. Su peña de Arles, en pleno. Amigos y admiradores de Vic Fezensac, de Bayona, Dax, Nimes y San Vicente de Tyrosse también. Fueron ellos, pero no solo ellos, quienes después del paseo lo sacaron a saludar.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Buenos puyazos de Puchano y Óscar Bernal a cuarto y quinto. Pares notables de El Puchi, Alberto Zayas y Antonio Chacón.
uToreros
Juan Bautista, que se despidió del toreo, silencio y saludos. José Garrido, saludos tras un aviso y una oreja. Álvaro Lorenzo, dos orejas y silencio.
uPlaza
Zaragoza, 2ª de feria. 3.500 almas. Templado, casi estival, plegada la cubierta. Dos horas y media de función..

Y muchos más todavía quienes volvieron a hacerle salir del burladero antes de soltarse el cuarto montalvo, el último de su carrera taurina. Castaño lombardo y carifosco, muy bien hecho, 556 kilos, solo diez por debajo del promedio de la corrida. Juan Bautista lo recibió con larga cambiada de rodillas en tablas -dos varas empujando de costado, un gran puyazo de Puchano-, no pudo lucirse en un quite de despedida -sí había firmado con el tercero de la tarde uno sucinto y acompasadito por delantales- y tuvo el bello detalle de brindar a su cuadrilla y su gente: Puchano, que ha estado picando con él desde 1999, el año de la alternativa, Alberto Sandoval, Rafael González, César Fernández, Ismael González, su apoderado, Manuel Martínez Erice, los dos chóferes y su ayuda y, en fin, su fidelísimo mozo de espadas, Joselito de la Iglesia.

Brindis

Abrazos sentidos y sin estridencias. No fue el brindis clásico de Zaragoza, porque no era el punto y seguido de fin de temporada sino el punto final. El reconocimiento de Juan Bautista a toda su compañía fue uno más de sus generosos detalles de profesional nada común. Cuando, arrastrado el toro de la despedida, rompió una ovación que subrayaba el adiós, fueron sus propios banderilleros y picadores quienes en la boca del burladero aplaudieron al matador. Al toro del adiós lo tumbó Juan Bautista de una excelente estocada hasta la bola y tan certera que lo hizo rodar sin puntilla. Rúbrica cumplida para su leyenda bien labrada de estoqueador de muy alto nivel.

Álvaro Lorenzo le brindó la muerte del sexto montalvo, bravucón y agresivo, complicadísimo al defenderse y casi aconcharse en tablas, y de nuevo se subrayó la aparición de Juan Bautista con fuertes aplausos. Que iban tanto por él como por Álvaro, que se había templado a modo con el tercero de corrida, el toro de la tarde, y le había cortado las orejas por aclamación. Tan seria como dispar la corrida de Montalvo, que dio, además del excelente tercero -entregado pero un punto pegajoso-, un segundo con ínfulas de toro de bandera por el cuajo y el galope de salida. Solo que ese toro tan bello y boyante se lastimó tras un lance a pies juntos o en el penúltimo galope, la gente protestó sin esperar a medirlo en el caballo y fue devuelto. Para general desolación. El sobrero de Adelaida Rodríguez, corto, zancudo y cabezón, pegó muchísimos topetazos.

Juan Bautista había toreado de capa con primor de salida al primero -un toro mutante que se distrajo con todo de banderillas en adelante y no fue lo que prometió de salida ser- y Álvaro Lorenzo hizo lo propio con el tercero: lances embraguetados de manos bajas. En ellos se cantó el toro. Con él se dejó ir el torero toledano en tandas cortas, ajustadas, de perder pasos cuando sintió celosas las repeticiones, más logradas con la zurda, pero más abundantes con la diestra. Una tanda final en trenza cobrada sin espada y cambios de manos a la manera de Daniel Luque -autor del invento- fue celebradísima. Y una estocada de mucha fe y letal, también. Para el toro en el arrastre hubo también ovación de gala.

En el sorteo entró de quinto un toro de tremendo aparato, muy astifino, al borde mismo de cumplir los seis años y mole gigante de 613 kilos de báscula. Picado con categoría por Óscar Bernal, el toro hizo hilo en banderillas y tuvo de partida muy bélico aire. Firme, resuelto y paciente le acabó ganando la pelea José Garrido. Faena de aguante, poder, recursos, mérito y emoción. Péndulos finales, circulares y una estocada desprendida porque era imposible cruzar. La guinda fue una tanda con la zurda soberbia. La pelea con el sobrero de Adelaida no pasó de terco combate. Álvaro Lorenzo no perdió los papeles ni los nervios con el venenoso sexto.

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