Una corrida sin alma de Zalduendo

Antonio Ferrera trata de torear al natural al primero de su lote de Zalduendo ayer en Valencia. :: efe/
Antonio Ferrera trata de torear al natural al primero de su lote de Zalduendo ayer en Valencia. :: efe

Tres toros nobles pero inocuos, un tercero de interés y dos más de pobre nota

BARQUERITO .

Con la excepción de un tercer toro cinqueño, sacudido y de aire felino, la corrida de Zalduendo salió fondona, muy atacada. El promedio de los cinco más llenos fue de 540 kilos. Con los kilos pudieron sin duelo. Excepción a esa regla fue el toro que partió plaza, negro salpicado, gargantillo y meano, distinto a todos no solo por la pinta sino por unas cuantas cositas más: escarbó, lo que no hizo ningún otro, claudicó no poco y se rebrincó por falta de celo y fuerza. «¡Un inválido!».

Ferrera lo sometió de salida a trato severo: una generosa gavilla de verónicas cortas de manos altas enlazadas sin tregua. El empeño nada nuevo de Ferrera por lidiar sin ahorrar detalle. Tres lances largos y media antes de dejar al toro en suerte para la primera vara y, tras ella, un intento de quite por las afueras del repertorio mexicano que, por lo feble del toro, no procedía. El toro se fue al suelo en el primer capotazo del quite -la capa a la espalda y jugada en bucle por encima de la cabeza como un falso farol- y tambaleándose se dejó pegar tres lances más. Ferrera ha pasado en México gran parte del invierno y habrá venido con la lección aprendida del toreo mexicano de capa, tan florido.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Zalduendo (Alberto Baillères).
Toreros
Antonio Ferrera, saludos y silencio tras un aviso. El Fandi, saludos tras un aviso y oreja tras un aviso. López Simón, una oreja en cada toro, salió a hombros.
Plaza
Valencia. 6ª de abono. Soleado, fresquito. 4.500 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función.

El toro burraco de la apertura perdió la manos bajo el peto en una segunda vara apenas sangrada y El Fandi, que tiro de él en un largo capotazo por delante al quitarlo del caballo se animó a quitar al cabo por navarras, dos, y una serpentina de remate. Esa fue toda la rivalidad en quites de la tarde. Muy poquito. Ni siquiera dio para evocar aquellas dos temporadas de hace tanto tiempo -principios de siglo- en que Ferrera y El Fandi se midieron y retaron más como banderilleros que como capoteros hasta que la gente de El Fandi decidió no jugar a la guerra. Hace dos años que Ferrera dejó de banderillear, pero todavía son muchos los que saben que lo hacía todas las tardes, y se lo reclamaron.

Ni caso Ferrera, a cuyas manos vino a parar el lote menos agradecido de la corrida. El toro tullido, de embestida borreguera pero punteando por flojo, ni contó, a pesar de lo cual Ferrera insistió sin desmayo. El cuarto de corrida, fijo en el caballo, pero sin poder con él, se llevó también la firma de Ferrera en un capeo muy suelto de recibo, un galleo antes de la primera vara y, tras ella, un quite de faroles inversos más aparatoso que logrado. La lidia en banderillas, que Ferrera siguió desde la boca del burladero, fue morosísima. El toro, tardo, con solo una repetición cuando se venía, acabó parándose y encogiéndose también. Erre que erre, Ferrera trató de meterlo en vereda. Faena trabajosa, como suele ocurrir con los toros marmolillos. En la cara del toro se estuvo Ferrera tan guapamente, pero sin que se conmoviera nadie. La espada entró por donde pudo al cuarto viaje. Un aviso.

Un aviso en cada toro escuchó El Fandi, embarcado en otros tantos trabajos maratonianos de acento popular: de rodillas con el noble segundo, por aquí y por allá, recorriendo plaza en busca del público de sol, que tanto agradece casi todo. Desplantes de hinojos con balanceo de espaldas. Pero el exceso agota y, como la estocada vino precedida de pinchazo y aviso, no hubo recompensa. Quedaron en el olvido las dos largas cambiadas de rodillas en tablas del recibo y tres pares de banderillas, dos en cuarteos tras soberbias carreras, un tercero a violín. Ese toro segundo barría la arena con las borlas del rabo. El quinto, cabezón, frentudo y chato, fue particularmente bondadoso e inocuo. Larga cambiada en el recibo, una versión discretita del quite de El Zapopán, cuatro pares y no tres de banderillas, con alardes mayores en cruces, cites y reuniones, y una faena de las de nunca acabar, casi por entregas y fascículos, sin un solo enganchón, sin sombra de misterio. De conducta distinta -elasticidad, ganitas, prontitud-, el tercero fue el único toro de interés. Puso en apuros a los banderilleros y descolgó en la muleta, buen tranco largo. En la apertura de faena -tres banderas, cambiado por la espalda y el de pecho- se retrató el toro con el que López Simón, descalzo casi de principio a fin, se puso no sin descaro, firme, muy aprovechón, servido de una muleta de gran tamaño y apenas vuelo que tiende al tirón por necesidad. Igual que las dos de El Fandi, esta fue faena de las llamadas de sol -miradas al tendido, salidas aparatosas, algún pechugazo de más, final entre pitones- pero ligeramente más corta, la remató una estocada sin puntilla.

El sexto, distraído y deslumbrado, rajado a última hora sin previo aviso, apretó por los pechos del caballo en una primera vara, salió batido de la segunda y, manejable y sumiso, se prestó a un trajín muy revolucionado de López Simón, exceso de toreo rehilado para que el toro no viera más que la muleta de pantalla y una tanda y otra, y otra, casi diez minutos, cuatro vueltas le dio la banda al pasodoble -'La puerta grande' de Elvira Checa-, y una estocada certera que sirvió para que el torero de Barajas pudiera salir a hombros por esa puerta grande de Valencia, que no es, por cierto, tal.