Cayetano, una apoteosis

Cayetano sale a hombros de la plaza de toros de Pamplona. :: efe/
Cayetano sale a hombros de la plaza de toros de Pamplona. :: efe

Un festín a plaza rendida. Dos estocadas de mérito mayor, una faena de corazón y torería con un toro descaradísimo. Cuatro orejas. Muy distinguido Perera. Cuatro toros buenos de Cuvillo

BARQUERITO

pamplona. La corrida de Cuvillo arrancó con el pie cambiado: un primer toro cinqueño de pobre porte y tan afligido que a la media docena de viajes metió la cara entre las manos y pidió la cuenta. Ferrera lo mató a la última. Tres pinchazos, una entera escupida y cuatro descabellos. A renglón seguido cambió radicalmente el panorama. Un segundo de amplia cuna, en la infalible línea Osborne de la ganadería -agujas bajas, tronco cilíndrico-, que dio muy buen juego y, picante por la mano izquierda y pastueño por la derecha, consintió a Perera el toreo en distancia, los muletazos templados de largo trazo y todo el ajuste posible.

Tanto que al llegarse a la cuarta tanda, Perera llevaba manchas de sangre del toro en un elegantísimo terno de seda blanca con golpes de plata y de oro. El torero mejor vestido de la feria. Perera no quiso abundar por la mano díscola del toro, que se le venció encima en el único intento en serio y tuvo por eso que perderle pasos. Faena cortada a tiempo y ambiente a favor. Una estocada caída fue un jarro de agua fría.

FICHA DEL FESTEJO

uToros
Seis toros de Núñez del Cuvillo.
uToreros
Antonio Ferrera, que sustituyó a Roca Rey, silencio y una oreja. Miguel Ángel Perera, silencio y una oreja. Cayetano, dos orejas en cada toro, paseado a hombros.
uPlaza
Pamplona. 8ª de San Fermín Estival. No hay billetes. 19.800 almas. Dos horas y diez minutos de función.

Y luego vino la revolución: Cayetano. La baja forzosa de Roca Rey en el cartel original hizo a los escépticos presagiar alguna devolución de entradas, arañazos en el 'No hay billetes' cantado de antemano. Cayetano cargó a solas en taquilla con el peso de la corrida. Lleno reventón, y la reventa merodeando desde el mediodía por la recién remozada y enlucida portada de la plaza de toros, que ha recobrado su fisonomía original, la del estreno de 1922.

Por si quedaba alguna duda de las pasiones que sin distingos ni reservas lleva levantadas Cayetano en Pamplona desde el mismo día de su tardío debut en sanfermines hace ahora dos años, esta muestra de entrega sin condiciones de la inmensa mayoría. Desde las incontinentes andanadas de sol, donde retumbaban bombos y tambores cuando iba a soltarse el tercer cuvillo, hasta los más comedidos tendidos bajos de sombra. Todos, pendientes tanto del personaje como del torero, que debió de sentirse en loor de multitud desde que salió sin miedo a fijar en el recibo ese toro, el más descarado de los seis. Casi un metro de cuerda de un pitón a otro, cornipaso y no solo playero, muy astifino. Corto de manos también, cara de embestir y tanta bravura como nobleza.

Artillería disuasoria. No importó. Desde los medios brindó Cayetano al público con gesto sencillo y solemne. Desde el brindis mismo no dejó de rodar la cosa. En tablas primero, en las rayas y el tercio después, de largo -distancia pedía el toro- y acoplado, encajado, acompañando el viaje sin un solo enganchón, tocando a tiempo, componiendo la figura sin forzarla, soltando los brazos, rematando las tandas cortas con largos pases de pecho en línea y a suerte cargada, soltándose con la mano izquierda con desenfado, cambiándose de mano, ayudándose, improvisando la trinchera y desplantándose cuando mejor convino y cuando la plaza botaba de júbilo porque lo que acaba de pasar es lo que todo el mundo había venido a ver.

Cuando Cayetano montó la espada y se perfiló entre las dos ganzúas sin temblor, se hizo un silencio reverencial. Una estocada hasta la bola ligeramente trasera, una reunión modélica. De ella salió Cayetano con el engaño en la mano, detalle mayor. Cuando el toro dobló, ardió Troya. Dos orejas. La vuelta al ruedo fue apoteósica.

Ya embalada la fiesta, Ferrera se encontró con un cuarto apagado y aplomado pero de carril, todo a la vez. Un ensayo de toreo de salón sin particular relevancia porque Ferrera torea mejor sin red que con ella. El toro rodó sin puntilla. Y en seguida volvió a encenderse el espectáculo porque Perera estaba inspirado y se le traslucía la fiebre. Remató de salida el quinto, jabonero de hermoso remate, enmorrillado, las palas blancas abiertas, bizquito. Muy buen toro, de darse sin recelos.

Órdago de Perera, que abrió de rodillas de largo y en los medios, se pegó una fiesta entonces y ya no paró salvo para tomarse pausas de respiro que de paso aliviaron al toro. Tandas cadenciosas por las dos manos antes de rematar faena, que fue larga, con un ejercicio de auténtico virtuosismo: rizos, ochos, dobles rizos, roscas por las dos manos, una firmeza conmovedora, un verdadero derroche. Un pinchazo en la suerte contraria y una estocada defectuosa que se llevó por delante una de las dos orejas cantadas, y ganadas por toreo de tanta perfección formal y tanto rigor.

La segunda salida de Cayetano a escena no tuvo el clamor de la primera. Estarían saciados los de las peñas. Pero no. El sexto fue, junto con el jabonero, el toro mejor cortado de la corrida. El que la desigualaba por peso. 560 kilos, cuando el promedio de los otros cinco apenas había superado los 500. Toro de excelente estilo, frío de partida pero enseguida descolgado. En un exceso Cayetano corrió con el peso de la lidia. El toro, bien picado por Pedro Geniz, romaneó en la primera vara, atacó en banderillas y rompió en la muleta a las primeras de cambio. Por abajo y por derecho, con buenos finales, repetidor. El rigor de esta segunda faena de Cayetano no fue el mismo de la primera. El aliento volcado de la gente, sí, muy parecido si no mayor. Aunque ligero, fue trasteo fluido y candoroso. Una tanda despegada mirando al tendido hizo furor. Y, sobre todo, una estocada de tirarse con todo. Fe y arrojo. Para redondear como fuera esta tarde tan feliz. Los máximos trofeos, dicen los clásicos.