El cartel joven da la sorpresa

El diestro Luis David Adame tras cortar una oreja. :: efe/
El diestro Luis David Adame tras cortar una oreja. :: efe

Una corrida de Torrestrella menos guerrera que las de los últimos años. Román recupera su sitio y su estilo. Luis David Adame se entrega

BARQUERITOBILBAO.

Tuvieron trato cuatro de los seis toros de Torrestrella. Se esperaba una corrida pendenciera como las dos de los dos últimos años, notables por su agresividad y no solo por eso. De vuelta a viejas costumbres de la casa, esta salió muy variada de pintas. Una mayoría de negros, porque negro es el pelaje predominante en todas las camadas y en todas las ganaderías sucesivamente derivadas de ella menos una: Cebada Gago.

Tres negros: un segundo carbonero, un quinto listón y un sexto salpicado o burraco. Partió plaza un colorado regordío que, muy llamativo el cuajo, fue aplaudido de salida. Cárdenos de ricos matices tercero y cuarto. Ensabanados los lomos del cuarto, muy ventrudo. El tercero, capirote en cárdeno, muy bello, fue el mejor hecho de la corrida.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Seis toros de Torrestrella (Herederos de Álvaro Domecq y Díez)
Toreros
Román, saludos y vuelta. Álvaro Lorenzo, silencio en los dos. Luis David Adame, una oreja en cada toro. La pericia a caballo de Óscar Bernal. Pares notables de Sergio Aguilar, Alberto Zayas y Miguel Martín.
Plaza
Bilbao. 3ª de las Corridas Generales. Cubierto y fresco. 4.000 almas. Dos horas y media de función.

¿Hechuras? Muy discutibles las de toro carbonero, escurrido y probablemente enfermo. O que tal vez había perdido demasiado peso en los corrales de Vista Alegre. Se quedó de sobrero un castaño de casi 600 kilos, probablemente dejado aparte por exceso de peso, y la paleta de colores se quedó a falta de uno de los más llamativos.

El toro sacudido entró en lote con el único cinqueño del envío, un quinto que llevaba la edad puesta en la expresión, cuello formidable y que, brusco estilo, no descolgó, cabeceó y acabó moviéndose a reñidos golpes, las manos por delante. Fue el toro más pegado en varas de los seis.

Por una y otra razón esos dos toros, el lote de Álvaro Lorenzo, fueron los garbanzos negros de la corrida. El uno, porque no podía con el rabo. El otro, por su espinosa resistencia. Álvaro, que hace un año toreó al natural un toro de Victorino con rara perfección, abrevió con uno y se empeñó sin causa en el otro.

Los cuatro toros restantes salieron de otra manera. Para el hermoso tercero, muy bien medido en dos varas por Óscar Bernal y de notoria entrega, se llegó a pedir la vuelta en el arrastre, que se subrayó con una rendida ovación. El más codicioso de la corrida, el de mejor galopar, el más noble y pronto. De los de satisfacer a todas las partes: al matador y su notable cuadrilla, al público en general y, con toda seguridad, al ganadero.

Todas esas bondades. Pero en el último momento, por si quedaba alguna duda y para no confundir la cosa con el meloso querer sin más, el toro pegó un feroz arreón al sentir la punta de la espada de un pinchazo que Luis David Adame cobró a favor de querencia en la suerte de recibir pero perdiendo el engaño en la reunión. Atropellado y desarmado, el torero de Aguascalientes salió del trance corriendo por delante. Encelado con él, lo persiguió el toro con casi tantos pies como los del matador. Una anónima punta de capote fue salvadora. El quite de la tarde.

En tablas y en terreno opuesto al del percance, la escena concluyó con una estocada entera y certera. Sin réplica del toro que, pese a algún acostón inicial, quiso bien por las dos manos, más tranquilo al venir con cierta distancia, no tanto al sentir a Luis David encima o demasiado cerca.

De parte de Luis David estuvo el azar, porque el sexto de sorteo, acodado y algo montado, fue toro de buena condición. Encajado y firme, la mano baja, se acopló el torero mexicano en tandas seguras y poderosas con la diestra con su punto de velocidad. De frente, el medio pecho y a pies juntos, naturales bien logrados. Una estocada defectuosa pero inapelable. Fue tarde de las de pisar fuerte.

Con todo, lo que más vino a celebrarse en esta tarde tan de Bilbao fue la manera de estar de Román. No solo las dos estocadas sin miedo con que tumbó los dos toros de lote. El fantasma de la terrible cornada de mayo en Madrid parecía seguir todavía revoloteando. Se esfumó en Bilbao, donde Román recuperó su ser: la soltura, la alegría, el desparpajo, una rara seguridad para pisar terrenos resbaladizos, un temple que no es nuevo en él y una privativa espontaneidad que hace buena la célebre sentencia de Belmonte. «Se torea como se es».

De las dos faenas, más cumplida fue la del toro casi blanco, con el que cobró muletazos muy despaciosos y al que consintió de todo. Podría haber sido más breve. Pero no todos los días se recupera de golpe y a las primeras de cambio el sitio perdido.