Una buena faena de Emilio de Justo

El torero Emilio de Justo da un pase con la muleta al segundo de su lote. /Javier Lizón
El torero Emilio de Justo da un pase con la muleta al segundo de su lote. / Javier Lizón

Una estocada defectuosa y seis golpes de verduguillo dejan sin premio al de Torrejoncillo

BARQUERITOPAMPLONA.

Poco después de las seis ya estaban las peñas de sol en su inmenso escaparate y sin dejarse en el tintero nada. La voz humana pudo con el fondo de las charangas, que estaban en minoría y parecieron menos activas de lo habitual. El guirigay, el entusiasmo en catarata: la mecha prendida del 7 de julio en la plaza de toros.

Antes de ponerse a rodar la función, un grupo de representantes de las peñas rindió en el ruedo homenaje a La Pamplonesa, la banda municipal, el hilo musical de unas fiestas que no se entenderían sin su música. Y sin sus toros.

FICHA DEL FESTEJO

Toros
Cuatro toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile) y dos -4ºy 5º- de La Ventana del Puerto (José Juan Fraile).
Toreros
Emilio de Justo, silencio y silencio tras un aviso. López Simón, silencio tras un aviso y vuelta. Ginés Marín, silencio y silencio tras un aviso.
Plaza
Pamplona. 3ª de San Fermín. Estival. No hay billetes. 19.800 almas. Dos horas y cuarto de función.

A las seis y media llegó el momento del plebiscito. Presidía la corrida el nuevo alcalde de Pamplona, Enrique Maya. De siempre, el plebiscito popular y a pelo del 7 de julio es implacable. Ganó el alcalde Maya por sensible mayoría y cuando ya no cabía en la plaza un alfiler. Se desplegaron en sol dos pancartas reclamando el acercamiento de presos. Una de ellas, recogida antes de soltarse el primer toro; la otra, después de arrastrado. No se detectó mayor tensión. En dos andanadas de sol se entonó el «¡Yo soy español, español, español...» y en dos tendidos bajos de sol también se coreó el «¡Upe-ene kámpora!» de castigo contra el partido del alcalde, reelegido, tras un paréntesis de cuatro años.

Como todo se somete en Pamplona al rigor de los relojes, a las siete menos veinticinco ya estaba en la arena correteando, suelto y apretando para adentros el primer toro de la feria. Un formidable zambombo del Puerto de San Lorenzo. Uno de los tres que pasaron de los 600 kilos del ala. El más ofensivo de los seis. Empujó bravucón en el caballo, cobró mucho y muy trasero -santo y seña de la corrida-, tardeó y esperó en banderillas, y se apalancó después. Viajes rácanos, pero nunca dos seguidos. Unos cuantos trallazos. Sin arredrarse, le anduvo sereno y compuesto Emilio de Justo, que cobró a tiempo una excelente estocada. De la estocada salió el toro en arreón. Durante la lidia, y al cabo de una década, el coro solanero entonó una versión del Te Deum de Charpentier, que fue en su día el himno de apertura de todas las tardes.

La corrida fue de los dos hierros de Lorenzo Fraile: cuatro del Puerto -encaste Atanasio Fernández- y dos de La Ventana del Puerto, donde conviven una rama de Aldeanueva y otra de El Torreón. Los dos toros de La Ventana -el quinto, de formidable arboladura, muy badanudo, largo como ninguno- tuvieron mucho mejor trato que los compañeros de viaje: sin fuerza y venido abajo, remoloneó y echó la cara arriba el segundo; aunque descolgó, el tercero, brusco al atacar, se vino al bulto por la mano derecha. López Simón y Ginés Marín pasaron página no sin dejar caer algún guiño populista.

La faena de la tarde, por su armazón y seriedad, fue la de Emilio de Justo al cuarto toro, de La Ventana, que compensaba en traza los rigores del tremendo primero de lote. El toro se blandeó escupido del caballo de pica, pero tuvo en la muleta son y prontitud. Fue toro bien gobernado y toreado. Encajado, templado salvo cuando soltó el toro algún cabezazo a final de viaje, el torero de Torrejoncillo acertó con medida, distancia y tiempos, y en eso dejó marcada sensible diferencia.

La primera merendola del cuarto toro no perdonó y la faena no se atendió como merecía. La Pamplonesa la supo subrayar con el 'Tío Canillita', un clásico. Una estocada perpendicular y contraria podría haber bastado. Se empeñó la cuadrilla en tocar los costados al toro y, en vez de hacerlo doblar, lo mantuvieron en pie. Error caro. El toro se fue a tablas, no descubrió y a Emilio se le atascó el verduguillo. Seis descabellos, un aviso. Pero contaron las calidades.

El otro toro de La Ventana, el monumento, único colorado del sorteo, salió noble, humilló y quiso, se acabó fundiendo y hasta echando antes de que López Simón pensara ni en montar la espada al cabo de una faena de mucha matraca pero sin mayor relieve. La estocada fue notable, y celebrada, y el torero de Barajas se tomó por eso la licencia de pegarse una vuelta al ruedo del todo gratuita. El sexto del Puerto fue el más atanasio de los cuatro de su hierro. Se abrió mucho, vino a engaño, pareció toro a más, pero al menor tirón claudicaba o patinaba. Sería una lesión de encierro. Nada nuevo. Muy afanoso, en trasteo interminable -¡un aviso cuando iba a atacar con la espada!-, Ginés lo intentó.