La perdurable magia del teatro (romano) de Mérida

El 'Tito Andrónico' de José Vicente Moirón es de lo mejor que uno ha visto este año en el festival emeritense. Volvió el escalofrío cuando se hizo el silencio y la oscuridad se adueñó de un espacio de 2.000 años de antigüedad

LUIS ÁNGEL RUIZ DE GOPEGUIPeriodista

Ni ha llovido lo suficiente ni a gusto de todos, ni el calor sofoca el sentimiento. Vuelve a producirse el escalofrío cuando se hace el silencio y la oscuridad se adueña de un espacio romano de 2.000 años de antigüedad, restaurado (y un poco reconstruido) hacia la década de los años 20 del siglo pasado. A continuación, la iluminación tenue del amplio y largo escenario, según la obra a representar, te predispone para el milagro teatral.

Mi primer bautismo, mi primera inmersión en el mundo mágico de este marco incomparable (perdón por acudir a lo que ya es un tópico) ocurrió en 1967 (viejo que es uno) con el inolvidable José Tamayo que dirigió una obra del entonces muy vigente autor Alejandro Casona: 'Retablo jovial'. Luego, hemos visto varias Antígonas, Medeas, Troyanas, Orestiadas, con diferentes actores y directores. El invento de lo grecolatino, funcionaba. Había que buscar una singularidad para el Festival, aunque allá por entonces, cuando los romanos sin disfraz se solazaban en la Emerita Augusta, lo más que pudieron contemplar los habitantes de aquella urbe fue a Plauto, incluso se duda que alguna de sus obras viese a la luz de la luna sus escaramuzas dialécticas, porque lo que abundaba era lo que hoy llamaríamos la revista, con hombres y mujeres desfilando en paños menores ante el entusiasmo y alegría del respetable. Pan y circo. Mas los tiempos actuales, desde Margarita Xirgu, Unamuno, Pemán, Mediero, Murillo, etc., han visto como las principales figuras de la escena española pisaban la arena (simbólica) romana de dos mil años. Sin desmerecer a nadie, ¿cómo no recordar a Paco Rabal, José María Rodero, José Luis Gómez, Nuria Espert, Montserrat Caballé, José Carreras, Plácido Domingo, Rostropovich y muchos más, hasta este año con Josep María Pou y Lluís Homar, con sus Edipos, Medeas y Calígulas y la extensa nómina de obras de origen preferentemente griego?

Hubo cambios que provocaron cierta polémica, cuando empezaron a utilizarse micrófonos para que el dramático texto llegara audible a todos los espectadores. O, antes, cuando los textos (sagrados) de los clásicos sufrieron diferentes versiones, algunas en plan comedia, farsa, y musicales. Danza, ópera (desde los comienzos) se alternaban con Sófocles, Esquilo, Eurípides, Plauto, Aristófanes… Vimos compañías griegas, francesas, portuguesas, el festival se había internacionalizado y Monleón soñó con el teatro del Mediterráneo desde Mérida. Se rasgaron pequeñas túnicas y, al final, triunfó el espectáculo. Frente a los 600 espectadores de alguna función representada en griego (y sin subtítulos), hubo llenos totales, como en esta edición, que satisficieron, por lo general, al público.

Ya no hay polémica entre lo purista, lo clásico, las versiones más o menos libres, los montajes rompedores, la iconoclastia que debe producir, en general, el teatro y el pan para todos, esta vez sin circo. Y también la gozosa incorporación en la nómina del teatro extremeño o representado por extremeños. Y a este éxito popular –de público– un año más, de lo mejor que un servidor ha visto (las cuatro últimas obras representadas), ha sido el Tito Andrónico de José Vicente Moirón, Carmen Mayordomo, Guillermo Serrano y cía. Volvió el escalofrío, se vislumbró la antigüedad. La eterna, perenne, solemne magia del teatro romano de Mérida.