Un Papa exigente

La Iglesia no tiene margen para evasivas morales frente a la pederastia:le urge depurar el mal causado e impedir que se reproduzca en el futuro

La cumbre sobre la pederastia en la Iglesia católica, convocada por el Papa, reúne desde ayer en el Vaticano a 190 miembros de la jerarquía para fijar «no solo simples y obvias condenas, sino todas las medidas concretas y eficaces que se requieran», en palabras de Francisco. Cientos de sacerdotes y obispos han sido denunciados por haber abusado de niños y niñas, o por haber encubierto tan depravados actos durante décadas. La revelación de tales abusos se ha vuelto en la mayoría de los casos tardía por el silencio que imperaba en las parroquias, diócesis y congregaciones religiosas; por el poder coactivo que las sotanas y los hábitos ejercían sobre las víctimas y sus familias. Una situación que las ha victimizado durante la mayor parte de su vida. Las investigaciones expertas desarrolladas dentro y fuera de la Iglesia católica, y los casos que han dado lugar a procedimientos judiciales, presentan un mismo patrón en el que la ascendencia del sacerdote o religioso sobre el niño o niña, o la confianza que estos depositaban en su tutor espiritual o profesor, les convertía en objetos de violencia sexual, sin escapatoria posible en los años de la inocencia. La cobertura que la Iglesia jerarquizada ha concedido a tales conductas invita a pensar que, junto a la impunidad corporativa, se había instalado una visión indulgente de las tentaciones a las que sucumbían personas consagradas al servicio a Dios. El hecho de que gran parte de los reunidos desde ayer en Roma no hayan adoptado iniciativa alguna al respecto en su ámbito de responsabilidad, ni siquiera en preparación del encuentro, a la espera de que el Papa Bergoglio les instruya, refleja el grado de impasibilidad que la jerarquía católica deberá sacudirse para atender las indicaciones de Francisco. Porque parece evidente que la Iglesia no podrá avanzar todo lo que debiera mientras escuche a las víctimas –tan tarde– y no las haga partícipes en la definición de las medidas a adoptar. Ni puede limitarse a reflexionar sobre las posibilidades que ofrece el Derecho Canónico sin que cada miembro consagrado asuma como deber inexcusable la denuncia inmediata ante las instancias judiciales de cualquier caso de abuso que conozca en el comportamiento de otro, inferior, igual o superior en la jerarquía eclesiástica. La Iglesia católica no tiene ni espacio ni tiempo para evasivas morales. Es lo que el papa Francisco vino a advertirles ayer a los convocados en el Vaticano al exigirles medidas concretas para depurar el mal causado e impedir que se reproduzca en el futuro.