«Hay que llegar al final de la vida con el cuerpo lleno de ‘cicatrices’»

José María R. Olaizola./Henar Sastre
José María R. Olaizola. / Henar Sastre

El sociólogo jesuita Olaizola presenta en Valladolid ‘Bailando con la soledad’, una reflexión que huye de lo sombrío y reclama «tomar las riendas»

Antonio Corbillón
ANTONIO CORBILLÓN

La soledad como una compañera con la que, tarde o temprano, tropezamos. Hoy plaga endémica hasta el punto de que Gran Bretaña prepara un Ministerio de la Soledad. El sociólogo y consejero delegado del Grupo Loyola y delegado de comunicación de la Compañía de Jesús, José María Rodríguez Olaizola, regresa a las estanterías con ‘Bailar con la soledad’ (Ed. SalTerrae). Más allá de lo religioso, trata de «ayudar a dotarnos de herramientas» para «llevar las riendas». En la sociedad hiperconectada domar a la soledad es hoy un reto mayor.

-¿Como decía Tolstoi de la desgracia, no hay dos soledades iguales?

Cada uno es solitario a su manera. Y al mismo tiempo todos tenemos posibilidades de encontrarnos. El equilibrio entre la soledad y el encuentro es parte de todas las vidas.

-Depresión y soledad son los males del siglo XXI. Van de la mano ¿existe uno sin el otro?

-Con el lanzamiento de este libro insisto mucho en que no se confundan. Hay muchas formas de soledad que no son depresivas. Se puede estar solo y bien. O estar solo sintiéndote solo y no querer estarlo y tampoco hay por qué estar deprimido. Intento separarlos radicalmente.

-¿Cómo se explica todo esto en la sociedad de la hiperconectividad permanente y al instante?

Es una mezcla. Este mundo ‘hiper’ tiene un punto adictivo y de inmediatez que te permite no tener que buscar alternativas y vivir conectado. Es el camino fácil pero los vínculos que genera son muy débiles.

-Dice que todos interpretamos una música mental. ¿No está fallando la orquesta que deberíamos ser? ¿Faltan directores con la batuta?

La importante es buscar armonías y cuándo converger con los demás y hacer ‘música’ juntos. Música y baile reflejan bien la manera de pasar por el mundo.

-Vivimos hiperestimulados para tener muchos horizontes a la vez, que es como no tener ninguno.

Todo más complicado pero también se ofrecen más posibilidades. Hay cada vez más gente con criterio, cabeza... de esto se trata, de llevar las riendas. El mundo ni es un caos ni es una maravilla.

-Se percibe un enlace con su libro ‘Hoy es ahora: gente sólida para tiempos líquidos’ y el debate sobre el relativismo moral: lo que hoy es malo, mañana tal vez no.

En el fondo es responderse a la pregunta ¿en qué mundo vivo? No puede ser el mundo que me he creado para mí. Hay muchas situaciones que requieren ir más allá. Abrir los ojos, mirar a la sociedad y tratar de entenderla. Y, dentro de esto, encontrar dónde y cuándo se puede buscar los valores.

-Al final habla de las cicatrices de la vida. La vida debe mancharnos y no tomar partido para ir de perfil es la mayor prueba de soledad.

Al final de la vida hay que llegar con el cuerpo lleno de cicatrices, por fuera y por dentro. Llegar por haber vivido, haber amado, haber caído y haber dejado alma, corazón y vida, como decía el viejo bolero.

-Gran promotor del uso de las tecnologías en el mensaje religioso. ¿La ‘sociedad líquida’ puede dar paso a la ‘religión líquida’?

La ventaja de la tecnología es que ese acceso fácil nos sirva para profundizar. Si las cosas se quedan en la superficie, da igual que hablemos de política, deporte o religión. La clave es la hondura, la capacidad de relacionar todas estas cosas de una manera más auténtica con la vida, con nuestro tiempo... es decir, la búsqueda de la verdad. Una aplicación de internet no te va a responde a esto. Pero, como punto de partida, claro que ayuda.

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