Juan Claudio de Ramón recorre la modernidad de Canadá

Vista de la ciudad canadiense de Halifax. /AP
Vista de la ciudad canadiense de Halifax. / AP

El diplomático español analiza «el país de las segundas oportunidades» en el libro 'Canadiana'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Todos los países del mundo querrían ser Canadá: una nación que ha sabido aprovechar las ventajas de la globalización sin sufrir su lado oscuro, los populismos; un lugar joven, guapo y moderno, como su primer ministro, Justin Trudeau, capaz de hacer política hasta con sus floridos calcetines; y un territorio acogedor con la diferencia. El diplomático español Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982) fue destinado a Ottawa en 2008 y allí se adentró en un país que para millones de personas ha significado «una segunda oportunidad». De Ramón ha contado su experiencia en el libro 'Canadiana' (Debate).

«Se suele decir de Canadá que es un país con más geografía que historia», asegura De Ramón. Entre Estados Unidos y el Polo Norte, con las Montañas Rocosas, bosques enormes, ríos caudalosos... Las barreras naturales defienden al segundo país más extenso del mundo, que ha hecho bandera de la socialdemocracia y de la integración de los inmigrantes. «Es la sociedad multicultural mejor avenida del mundo. En ciudades punteras como Toronto, más de la mitad de la población ha nacido fuera del país», subraya el diplomático, actualmente destinado en Italia.

Juan Claudio de Ramón, durante una intervención.
Juan Claudio de Ramón, durante una intervención. / Captura de YouTube

«Millones de personas llegadas de todo el mundo a las que en cualquier otro lugar les ha ido mal han encontrado allí su segunda oportunidad. En los años 60 iniciaron una revolución en la política de inmigración, con puntuación, y ahora la población se renueva a un ritmo del 1% anual», insiste el autor, que este año ha publicado otros dos libros de plena actualidad: 'Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña: Breviario de tópicos, recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana' y 'La España de Abel: 40 jóvenes españoles contra el cainismo en el 40 aniversario de la Constitución Española', que ha coordinado.

Y sin embargo, en la fría Canadá, a la que sólo le faltarían el sol y las playas para ser el paraíso, también tienen problemas. «Como otras naciones maduras, sufren la desindustrialización, los ciclos económicos, la criminalidad... Y Quebec», apunta De Ramón, aunque Canadá parece haber encauzado su conflicto territorial más grave con una receta que ha combinado «gestión federal de las lenguas y paso del tiempo». «Quebec nos sirve como ejemplo de que las tensiones secesionistas no abocan a los países a la desintegración. Con tiempo puede arreglarse», apunta De Ramón, en una referencia a la situación de Cataluña.

El trato a los aborígenes y las políticas de asimilación forzosa son otros lunares del país, «pero en comparación con Estados Unidos o Europa, sus pecados son menores», dice De Ramón. «En sus 150 años de historia, no han sufrido guerras ni invasiones coloniales, no han tenido gobiernos fascistas», reitera.

 

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