Houellebecq, el profeta del malestar, está de vuelta

Michel Houellebecq. /Alberto Estévez (Efe)
Michel Houellebecq. / Alberto Estévez (Efe)

Con 'Serotonina' su bisturí penetra en la Europa del 'brexit' y el populismo y en la Francia cabreada de los chalecos amarillos

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Michel Houellebecq (La Reunión, 1958) confirma con su nueva novela que sigue siendo el incómodo profeta del malestar. Un título que se ganó con su corrosiva irrupción literaria hace dos décadas. El controvertido narrador francés regresa con 'Serotonina' (Anagrama), su aterrador diagnóstico del malestar imperante en la Europa del 'brexit' y la escalada populista y en la beligerante e indignada Francia de los chalecos amarillos. Desvelando el envés mas sórdida y pesimista de la realidad, este Camus de la era digital narra en primera persona la autodestrucción de un hombre sin futuro en la que simboliza la caída de una civilización asqueada de sí misma.

'Serotonina' aparece en Francia el 4 de enero con una tirada de 320.000 ejemplares. Cinco días después se publica en España, Italia y Alemania de forma simultánea. El bisturí de Houellebecq disecciona las miserias sociales, morales y sexuales de la «humanidad media» europea, frustrada, barbarizada y aplastada por una competitividad extrema.

Houellebecq, que pone en dedo en la llaga con cada novela, es de nuevo el infalible y lúcido sabueso de los males que nos aquejan. 'Plataforma', aparecida un mes antes del 11-S y premio Goncourt, fue por desgracia profética narrando un atentado en Tailandia contra los turistas-depredadores europeos un año antes de que los islamistas volaran una discoteca en Bali.

Despachó luego un millón de ejemplares de 'Sumisión', donde imaginó como el primer presidente musulmán de la Francia laica imponía la 'sharía'. Apareció en enero de 2015, el mismo día del salvaje atentado en París contra el semanario satírico Charlie Hebdo, en cuya última portada Houellebecq fue caricaturizado por 'Charb', Stephane Charbonnier, uno de los asesinados.

Ahora que los indignados con chalecos amarillos invaden las autovías francesa y el corazón parisino de la República, Houellebecq describe en una escena crucial de 'Serotonina como los agricultores cabreados con el Elíseo bloquean la autopista A13 y se enfrentan a los gendarmes en una batalla que deja doce muertos. El protagonista de 'Serotonina' se refiere a la Unión Europea como una «gran puta» y habla de una Francia olvidada «desertificada y descristianizada».

Refiere el descontento de los nuevos pobres y denuncia el cinismo social y de unos políticos incomodados por «un malestar muy inhabitual en ellos», ya que «hasta cierto punto» comprenden «la desesperanza y la cólera de los agricultores» mientras «condenan la violencia y deploran la tragedia y el extremismo de ciertos agitadores».

Muerto en vida

Quien habla es Florent-Claude Labrouste, exfuncionario del ministerio de Agricultura, como Houellebecq, que con 46 años se siente solo, desgraciado y acabado. Un ser derrotado que detesta su nombre y «busca un refugio para acabar su vida» como «el animal envejecido, herido de muerte y mortalmente golpeado». Para soportarse, se medica con 'Captorix', antidepresivo que libera serotonina, «la hormona ligada a la autoestima, al reconocimiento dentro del grupo», precisa Labrouste, pero que mata la libido y causa impotencia.

Ambientada en la crispada Francia de Macron, 'Serotonina' mezcla el pasado de Labrouste -a través de su relación con una actriz y una veterinaria-, con su descenso a los infiernos cuando abandona su trabajo, su casa y a su novia japonesa para encerrarse en un hotel barato, y su fase terminal. Un desolador periplo por hoteluchos, carreteras secundarias y desangelados centros comerciales salpicado con escatológicas escenas tan propias del provocador Houellebecq, que no renuncia a la zoofilia o la pedofilia.

El narrador es abiertamente xenófobo, clasista, reaccionaro, infeliz y decadente, y de nuevo se verá en él a un trasunto de Houellebecq que simboliza en el derrumbe de su personaje la liquidación de una civilización «que muere por cansancio, por asco de sí misma», según resumió el escritor en un artículo en defensa de Donald Trump.

Los lectores españoles se sentirán aludidos en los pasajes iniciales de 'Serotonina' en los que el protagonista elogia a Franco. El narrador deja un complejo naturista de Almería lleno de jubilados europeos, «derrotados» como él. De vuela a París, hace noche en el parador de Chinchón y en una charla define a Franco como «el verdadero inventor a nivel mundial», del turismo «con encanto y masivo». «¡Piensen en Benidorm! ¡Piensen en Torremolinos!», escribe. Para el narrador, Franco fue «un auténtico gigante del turismo» y cree que «se le acabará revaluando», bajo esa luz. «De hecho, ya empezaba a serlo en algunas escuelas de hostelería suizas y más generalmente, en el plano económico, el franquismo había sido objeto recientemente de trabajos interesantes en Harvard y en Yale», aventura.

Provocador errante

Michel Thomas es el nombre real del escritor, que tomó el apellido Houellebecq de su abuela. Nacido el 26 de febrero de 1958 en La Reunión, isla francesa del Índico, vivió hasta los 5 años en Argelia y quedó después a cargo de sus abuelos. «La imagen del bien, para mí, eran ellos», ha dicho el siempre polémico y provocador escritor y poeta, a quien su difunta madre, Lucie Ceccaldi, definió como «un cabrón con pintas». Fue después de que él la retratara como una ninfómana y un buscona callejera en una de sus novelas.

Interesado por los astros y las historietas, en la adolescencia se acercó a las matemáticas, la biología y la química. Leyó poco a los clásicos, cursó estudios de agronomía y obtuvo su título de ingeniero en 1980. Trabajó como informático en el ministerio de Agricultura y en la Asamblea Nacional francesa. Se casó, tuvo un hijo, y se divorció poco después. En septiembre contrajo matrimonio civil con Qianyun Lysis Li, joven estudiosa de su obra, e invitó al enlace a Nicolas Sarkozy y Carla Bruni.

Depresivo, fumador compulsivo, crudo y errante provocador, superó varios ingresos en centros psiquiátricos hasta consagrarse como la terrible criatura de las letras francesas y el implacable narrador de la desesperanza contemporánea.

Apasionado por la ciencia ficción, en 1991 dedicó un ensayo a Lovecraft antes de publicar poemarios que elogió la crítica. Con su primera novela, 'Ampliación del campo de batalla' (1994), acumuló premios, sedujo a la crítica y se adaptó al cine. 'Las partículas elementales' (1998), un alegato contra la ideología libertaria de los 70, desencadenó una gran polémica y fue un rotundo éxito de ventas. 'Plataforma' (2001), su segundo 'superventas', se llevó el Goncourt y provocó la ira de la comunidad musulmana gala al afirmar que «la religión más idiota, sin duda, es el islam». Demandado por «injuria racial», el caso fue sobreseído. Llegaron luego 'El mapa y el territorio' y 'Sumisión'.

También crítico, cineasta, fotógrafo y cantante de rock, Houellebecq es el autor francés vivo más traducido. Pálido, triste, y casi siempre ausente, «comprendió que ese aire de pobre tipo era el mejor pasaporte hacia la gloria literaria», según Denis Demonpion autor de una biografía no autorizada.